La araucana primera parte: 188

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CANTO XII
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La araucana primera parte



Yo juro al infernal poder eterno
(si la muerte en un año no me atierra)
de echar de Chile el español gobierno
y de sangre empapar toda la tierra;
ni mudanza, calor, ni crudo invierno
podrán romper el hilo de la guerra
y dentro del profundo reino escuro
no se verá español de mí seguro».

Hizo también solene juramento
de no volver jamás al nido caro
ni del agua, del sol, sereno y viento
ponerse a la defensa ni al reparo;
ni de tratar en cosas de contento
hasta que el mundo entienda de Lautaro
que cosa no emprendió dificultosa
sin darla con valor salida honrosa.

En esto le parece que aflojaba
la cuerda del dolor que a veces, tanto
con grave y dura afrenta le apretaba,
que de perder el seso estuvo a canto.
Así el feroz Lautaro caminaba
y al fin de tres jornadas, entretanto
que esperado tiempo se avecina
se aloja en una vega a la marina,

junto adonde con recio movimiento
baja de un monte Itata caudaloso,
atravesando aquel umbroso asiento
con sesgo curso, grave y espacioso,
los árboles provocan a contento,
el viento sopla allí más amoroso,
burlando con las tiernas florecillas
rojas, azules, blancas y amarillas.

Siete leguas de Penco justamente
es esta deleitosa y fértil tierra,
abundante, capaz y suficiente
para poder sufrir gente de guerra.
Tiene cerca a la banda del oriente
la grande cordillera y alta sierra,
de donde el raudo Itata apresurado
baja a dar su tributo al mar salado.



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