La araucana primera parte: 208

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CANTO XIII
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La araucana primera parte



Pues las naves, del Austro combatidas,
las espumosas olas van cortando,
que de valientes soplos impelidas
rompen la furia en ellas, azotando
las levantadas proas guarnecidas
de planchas de metal... Pero mirando
al español del bárbaro vecino,
habré de andar más presto este camino.

Correré a Villagrán, el cual por tierra
también en su jornada se apresura,
atravesando la fragosa sierra
que iguala con las nubes su estatura;
diré lo que sucede en esta guerra
y qué rostro le muestra la ventura.
Mas, porque todo venga a ser más claro,
quiero tratar un poco de Lautaro

que estaba con su escuadra de guerreros
en el sitio que dije recogido,
y de foso, fajina y de maderos
le había en breve sazón fortalecido.
Tenía dentro soldados forasteros
que a fama de la guerra habían venido,
reparos, bastimentos y otras cosas
para el lugar y tiempo provechosas.

Sola una senda este lugar tenía
de alertas centinelas ocupada;
otra ni rastro alguno no lo había
por ser casi la tierra despoblada.
Aquella noche el bárbaro dormía
con la bella Guacolda enamorada,
a quien él de encendido amor amaba
y ella por él no menos se abrasaba.

Estaba el araucano despojado
del vestido de marte embarazoso,
que aquella sola noche el duro hado
le dio aparejo y gana de reposo.
Los ojos le cerró un sueño pesado,
del cual luego despierta congojoso,
y la bella Guacolda sin aliento
la causa le pregunta y sentimiento.



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