La araucana primera parte: 217

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CANTO XIV
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La araucana primera parte



Flaqueza en Millapol no fue sentida
viéndole atravesado por la ijada
y la cabeza de un revés hendida,
ni por pasalle el pecho una lanzada;
que de espumosa sangre a la salida
vino la media lanza acompañada,
dejando aquel lugar della vacío,
aunque lleno de rabia y nuevo brío:

que a dos manos la maza aprieta fuerte
y con furia mayor la gobernaba:
bien se puede llamar de triste suerte
aquel que el fiero bárbaro alcanzaba;
con la rabia postrera de la muerte
una vez el ferrado leño alzaba,
mas faltóle la vida en aquel punto,
cayendo cuerpo y maza todo junto.

Aunque la muerte en medio del camino
le quebrantó el furor con que venía,
un valiente español a tierra vino
del peso y movimiento que traía,
mas luego puesto en pie, con desatino
hacia el lugar del dañador volvía,
y viendo el cuerpo muerto dar en tierra,
pensando que era vivo, con él cierra,

y encima del cadáver arrojado,
de dar la muerte al muerto deseoso,
recio por uno y por el otro lado
hiere y ofende el cuerpo sanguinoso,
hasta tanto que, ya desalentado,
se firma recatado y sospechoso,
y vio a aquel que aferrado así tenía
vueltos los ojos y la cara fría.

Traía la espada en esto Diego Cano
tinta de sangre, y con Picol se junta,
haciendo atrás la rigurosa mano
el pecho le barrena de una punta;
turbado de la muerte el araucano
cayó en tierra, la cara ya difunta,
bascoso, revolviéndose en el lodo
hasta que la alma despidió del todo.



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