La araucana primera parte: 230

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CANTO XV
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La araucana primera parte



Pacheco a Norpa abrió por el costado
y a Longoval derriba tras él, muerto;
pues Juan Gómez también por aquel lado,
de fresca sangre bárbara cubierto,
había de un golpe a Colca derribado
y a Galvo el desarmado vientre abierto;
el bárbaro mortal, la color vuelta,
dio en el postrer sospiro la alma envuelta.

Gabriel de Villagrán no estaba ocioso,
que a Zinga y a Pillolco había tendido,
y andaba revolviéndose animoso
entre los hierros bárbaros metido.
El rumor de las armas sonoro,
los varios apellidos y el ruido,
a las aves confusas y turbadas
hacen estar mirándolas paradas.

Crece la rabia y el furor se enciende,
la gente por juntarse se apiñaba,
que ya ninguno más lugar pretende
del que para morir en pie bastaba.
Quién corta, quién barrena, rompe, hiende,
y era el estrecho tal y priesa brava
que, sin caer los muertos, de apretados
quedaban a los vivos arrimados.

La soberbia, furor, desdén, denuedo,
la priesa de los golpes y dureza
figurarla del todo aquí no puedo
ni la pluma llevar con tal presteza.
De la muerte ninguno tiene miedo,
antes, si vuelve el rostro, más tristeza
mostraban, porque claro conocían
que vencidos quedaban si vivían.

Mas aunque de vivir desconfiaban,
perdida de vencer ya la esperanza,
el punto de la muerte dilataban
por morir con alguna más venganza,
y no por esto el paso retiraban
ni el pecho rehusaban de la lanza,
si por mover un paso, como digo,
dejasen de ofender al enemigo.



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