La araucana primera parte: 233

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CANTO XV
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La araucana primera parte



No sintiendo el rumor que antes se oía,
que en torno retumbaba todo el llano
(que, como dije, ya la muerte había
puesto silencio con airada mano),
dejó aquel paredón, y a ver salía
si hallaba por allí algún araucano
a quien se encomendar que le salvase
y la sensible llaga le apretase.

Mas cuando vio la plaza cuál estaba
y en sus amigos tal carnicería
que aunque la muerte los desfiguraba,
la envidia conocidos los hacía,
con ira vergonzosa, presentaba
la espalda al corazón, y así decía:
«¡Cómo! ¿yo solo quedo por testigo
de la muerte y valor de tanto amigo?

«Cobarde corazón, por cierto indigno
de algún golpe de espada valerosa,
pues fue por eleción y no destino
perder una sazón tan venturosa;
tú me apartaste, ¡oh flaco!, del camino
de un eterno vivir y a vergonzosa
muerte he venido ya con mengua tuya,
por más que la mi diestra lo rehuya.

«Si a mi sangre con ésta del Estado
mezclarse aquí le fuere concebido,
viendo mi cuerpo entre éstos arrojado,
aunque de brazo débil ofendido,
quizá seré en el número contado
de los que así su patria han defendido;
mas, ¡ay triste de mí!, que en la herida
será mi flaca mano conocida.

¿Qué indicios bastarán, qué recompensa,
qué emienda puedo dar de parte mía,
que yo satisfacer pueda a la ofensa
hecha a mi honor y patria y compañía?
Yo turbo el claro honor y fama inmensa
de tantos, pues podrán decir que había
entre ellos quien de miedo, bajamente,
del enemigo apenas vio la frente.



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