La araucana primera parte: 234

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CANTO XV
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La araucana primera parte



«¿Por qué al temor doy fuerzas dilatando
con prolijas razones mi jornada?
¿Arrepentirme qué aprovecha cuando
ya el arrepentimiento vale nada?»
Aquí cerró la voz y no dudando,
entrega el cuello a la homicida espada:
corriendo con presteza el crudo filo,
sin sazón de la vida cortó el hilo.

Cese el furor del fiero Marte airado
y descansen un poco las espadas,
entretanto que vuelvo al comenzado
camino de las naves derramadas,
que contra el recio Noto porfiado,
de Neptuno las olas levantadas
proejando por fuerza iban rompiendo,
del viento y agua el ímpetu venciendo.

Por entre aquellas islas navegaron
de Sangallá, do nunca habita gente,
y las otras ignotas se dejaron
a la diestra de parte del poniente;
a Chaule a la siniestra, y arribaron
en Arica, y después difícilmente
vimos a Copiapó, valle primero
del distrito de Chile verdadero.

Allí con libertad soplan los vientos
de sus cavernas cóncavas saliendo,
y furiosos, indómitos, violentos,
todo aquel ancho mar van discurriendo,
rompiendo la prisión y mandamientos
de Eolo, su rey, el cual temiendo
que el mundo no arruinen, los encierra
echándoles encima una gran sierra.

No con esto su furia corregida,
viéndose en sus cavernas apremiados,
buscan con gran estruendo la salida
por los huecos y cóncavos cerrados;
y así la firme tierra removida
tiembla, y hay terremotos tan usados,
derribando en los pueblos y montañas
hombres, ganados, casas y cabañas.



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