La araucana primera parte II(Versión para imprimir)

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CANTO IX
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La araucana primera parte



Quien en llegar es algo perezoso,
viendo levar el áncora a la nave,
no duda en arrojarse al mar furioso
teniendo aquel morir por menos grave.
Quién antes no nadaba, de medroso
las olas rompe agora y nadar sabe:
mirad, pues, el temor a qué ha llegado,
que viene a ser de miedo el hombre osado.

Los que están en la fuerza retraídos,
como buenos guerreros se defienden;
muertos quieren quedar y no vencidos
que ya sólo un honrado fin pretenden;
y con tal presupuesto embravecidos,
sin esperanza de vivir ofenden,
haciendo en los contrarios tal estrago
que la plaza de sangre era ya lago.

Lautaro, gente y armas contrastando,
en la fuerza el primero entrado había,
y muerto a dos soldados en entrando
que en suerte le cupieron aquel día.
Lincoya iba hiriendo y derribando
mas ¿quién podrá decir la bravería
de Tucapel, que el cielo acometiera
si hallara algún camino o escalera?

No entró el fuerte por puerta ni por puente,
antes con desenvuelto y diestro salto
libre el foso salvó ligeramente
y estaba en un momento en lo más alto;
no le pudo seguir por allí gente,
él solo de aquel lado dio el asalto,
mas como si de mil fuera guardado
se arroja luego en medio del cercado.

Apenas puso el pie firme en la plaza,
cuando el furioso bárbaro esgrimiendo
la ejercitada, dura y gruesa maza,
iba los enemigos esparciendo.
No vale malla fina ni coraza
y las celadas fuertes, no pudiendo
sufrir los recios golpes que bajaban,
machucando los sesos se abollaban.



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CANTO IX
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La araucana primera parte



Unos deja tullidos y contrechos,
otros para en su vida lastimados;
a quién hunde el pescuezo por los pechos,
a quién rompe los lomos y costados
cual si fueran de blanda cera hechos;
magulla, muele y deja derrengados
y en el mayor peligro osadamente
se arroja sin temor de armas y gente.

Contra Ortiz revolvió con muestra airada
que había muerto a Torquín, mozo animoso;
la maza alta y la vista en él clavada,
rompe por el tropel de armas furioso.
No sé cuál fue la espada señalada
ni aquel brazo pujante y provechoso,
que el mástil cercenó del araucano
y dos dedos con él de la una mano.

Con el encendimiento que llevaba
no sintió la herida de repente
mas, cuando el brazo y golpe descargaba,
que los dedos y maza faltar siente,
herida tigre hircana no es tan brava
ni acosado león tan impaciente
como el indio, que lleno de postema,
del cielo, infierno, tierra y mar blasfema.

Sobre las puntas de los pies estriba
y en ellas la persona más levanta
el brazo cuanto puede atrás derriba
y el trozo impele con violencia tanta
que a Ortiz, que alta la espada sobre él iba,
la celada y los cascos le quebranta,
y del grave dolor desvanecido
dio en el suelo de manos sin sentido.

El bárbaro, con esto no vengado,
viene sobre él con furia acelerada,
y con la diestra, aún no medrosa, airado,
a Ortiz arrebató la aguda espada.
Alzándole la cota por un lado,
le atravesó de la una a la otra ijada
y la alma del corpóreo alojamiento
hizo el duro y forzoso apartamiento.



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CANTO IX
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La araucana primera parte



La espada a la siniestra el indio trueca,
sintiéndose tullido de la diestra
y del golpe primero otro derrueca,
que también en herir era maestra.
Como suele segar la paja seca
el presto segador con mano diestra,
así aquel Tucapel con fuerza brava
brazos, piernas y cuello cercenaba.

Dejándose guiar por do la ira
le llevaba furioso discurriendo,
unos hiere, maltrata, otros retira,
la espesa selva de astas deshaciendo.
Acaso al Padre Lobo un golpe tira,
que contra cuatro estaba combatiendo,
el cual sin ver el fin de aquella guerra
dio el alma a Dios y el cuerpo dio a la tierra.

El grave Leucotón, no menos fuerte,
con el valor que el cielo le concede
hiere, aturde, derriba y da la muerte,
que nadie en fuerza y ánimo le excede.
No sé cómo a escribirlo todo acierte,
que mi cansada mano ya no puede
por tanta confusión llevar la pluma
y así reduce mucho a breve suma.

También Angol, soberbio y esforzado,
su corvo y gran cuchillo en torno esgrime
hiere al joven Diego Oro y del pesado
golpe en la dura tierra el cuerpo imprime;
pero en esta sazón Juan de Alvarado
la furia de una punta le reprime,
que al tiempo que el furioso alfanje alzaba
por debajo del brazo le calaba.

No halló defensa la enemiga espada,
lanzándose por parte descubierta,
derecho al corazón hizo la entrada
abriendo una sangrienta y ancha puerta.
La cara antes del joven colorada
se vio de amarillez mustia cubierta,
descoyuntóle el brazo un mortal hielo,
batiendo el cuerpo helado el duro suelo.



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CANTO IX
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La araucana primera parte



El corpulento mozo Mareguano
que airado a todas partes discurría,
llegó al tiempo que Angol por diestra mano
al riguroso hierro se rendía.
Era su íntimo amigo y primo hermano,
de estrecho trato antiguo y compañía,
«Pues fue siempre en la vida igual la suerte,
quiero, dijo, también que sea en la muerte».

Y contra el matador con repentina
rabia que el pecho y venas le abrasaba,
un macizo y fornido tronco empina,
y con fuerza sobre él lo derribaba;
mas, temiendo del golpe la ruina
Alvarado, que el ojo alerto estaba,
saca presto el caballo apercebido
y en el suelo el troncón quedó metido.

Chilcán, Ongolmo, Cayeguán de un lado,
Lepomande y Purén en compañía,
habían así a los nuestros apretado
que ganaron gran crédito aquel día.
Tomé, Cayocupil, y el esforzado
Pillolco, Caniomangue y Lebopía,
Mareande, Elicura y Lemolemo
de su valor mostraron el estremo.

En esto un rumor súbito se siente
que los cóncavos cielos atronaba
y era que la vitoria abiertamente
por el bárbaro infiel se declaraba,
y a la española destrozada gente
el camino de Itata enderezaba
desamparando el suelo desdichado
de sangre y enemigos ocupado.

Del todo a toda furia comenzando
iban los españoles la huida,
siempre más el temor apresurando
con agudas espuelas la corrida;
sigue el alcance y valos aquejando
la bárbara canalla embravecida,
envuelta en una espesa polvoreda,
matando al que por flojo atrás se queda.



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CANTO IX
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La araucana primera parte



Alvarado con ánimo y cordura
los anima y esfuerza y no aprovecha;
que la turbada gente en tal rotura
huye la muerte y plaza tan estrecha.
Cuál encamina al monte, y cuál procura
de Mapocho la senda más derecha,
y cuál y cuál constante todavía,
animoso con Átropos porfía.

Éstos, honrosa muerte deseando,
despreciaban la vida deshonrada,
aquel forzoso punto dilatando
con raro esfuerzo y valerosa espada;
presto quedó la plaza sin un bando,
de almas vacía y de cuerpos ocupada,
que animosos los pocos que quedaban
a las armas y muerte se entregaban.

Unos por los costados caen abiertos,
otros de parte a parte atravesados,
otros, que de su sangre están cubiertos,
se rinden a la muerte desangrados;
al fin todos quedaron allí muertos,
del riguroso hierro apedazados.
Vamos tras los que aguijan los caballos,
que no haremos poco en alcanzallos.

Quién por camino incierto, quién por senda
áspera, peligrosa y desusada
bate al caballo y dale suelta rienda,
que el miedo es grande y grande la jornada;
el bárbaro escuadrón, con grita horrenda,
por sierra, monte, llano y por cañada
las espaldas los iba calentando,
hiriendo, dando muerte y derribando.

Había de la comarca concurrido
gente armada por uno y otro lado,
que a la mira imparcial había asistido
hasta ver el derecho declarado;
en esto, alzando un súbito alarido,
con el orgullo a vencedores dado,
baja las armas hasta allí neutrales
en daño de las señas imperiales.



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CANTO IX
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La araucana primera parte



Sale en el codicioso seguimiento
de la española gente que corría
con furia y ligereza más que el viento,
sin hacerse uno a otro compañía;
la mucha turbación y desatiento
que a los nuestros el miedo les ponía,
los lleva sin caminos, esparcidos
por sierras, valles, montes, por ejidos.

Los que tienen caballos más ligeros
¡oh cuán de corazón son envidiados!,
¡qué poco se conocen compañeros
de largo tiempo y amistad tratados!
No aprovechan promesas de dineros
ni de bienes allí representados.
Tanto el miedo ocupado los había
que lugar la codicia aun no tenía;

antes los intereses despreciando
se muestran allí poco codiciosos,
tras las ricas celadas arrojando
petos de fina plata embarazosos;
y así de las promesas no curando,
jugaban los talones presurosos:
sólo las alas de Ícaro quisieran,
aunque pasando el mar se derritieran.

Juan y Hernando Alvarados la jornada
con el valiente Ybarra apresuraban
animando la gente desmayada,
mas no por esto el paso moderaban;
abren por la carrera embarazada,
que ligeros caballos gobernaban
y aunque con viva espuela los batían,
alargarse de un indio no podían.

Delante largo trecho de la gente
a los tres les da caza y atormenta
un espaldudo bárbaro valiente,
Rengo llamado, mozo de gran cuenta;
éste solo los sigue osadamente
y a voces con palabras los afrenta
y los aprieta y corre a campo raso,
sin poderle ganar un solo paso.



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La araucana primera parte



«¡So! ¡So!», les va gritando: «¡Espera, espera!
(que más en castellano no sabía),
pero en su natural lengua primera
atrevidas injurias les decía.
Tres leguas los corrió desta manera,
que jamás de las colas se partía
por mucho que aguijasen los rocines,
llamándolos infames y ruines.

Llevaba una arma en alto levantada
que no hay quien su fación y forma diga.
Era una gruesa haya mal labrada
de la grandeza y peso de una viga,
de metal la cabeza barreada
y esgrímela el garzón sin más fatiga
que el presto esgrimidor suelto y liviano
juega el fácil bastón con diestra mano.

Si alguna vez con el troncón pesado
los caballos el bárbaro alcanzaba,
era de fuerza el golpe tan cargado
que casi derrengados los dejaba;
así cada caballo escarmentado
sin espuelas el curso apresuraba
que jamás fue baqueta en la corrida
como el bastón del bárbaro temida.

Aunque gran techo aquel follón se aleja
del seguro montón y amigo bando,
no por esto la dura empresa deja,
antes más los persigue y va afrentando;
con prestos pies y maza los aqueja,
la nación española profanando
en lenguaje araucano, que entendían
los tres, que a más correr dél se desvían.

Veinte veces revuelven los cristianos
dando sobre él con súbita presteza;
a todos tres les da llenas las manos
con su diabólica arma y ligereza.
Entretanto llegaban los ufanos
indios en el alcance sin pereza
y volviendo los tres a su carrera,
el bárbaro y bastón sobre ellos era.



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CANTO IX
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La araucana primera parte



No por áspero monte ni agria cuesta
afloja el curso y animoso brío,
antes cual correr suele sobre apuesta
tras las fieras el puelche en desafío,
los corre, aflige, aprieta y los molesta
y a diez millas de alcance, por do un río
el camino atraviesa al mar corriendo
se fue en la húmida orilla deteniendo.

El bárbaro escuadrón parado había,
sólo el contumaz Rengo porfiando
desistir de la empresa no quería,
aunque no vee persona de su bando;
los tres lasos cristianos a porfía
iban el ancho vado atravesando
cuando Rengo cargó de una pesada
piedra la presta honda dél usada.

El tronco en el suelo húmido fijado,
rodea el brazo dos veces, despidiendo
el tosco y gran guijarro así arrojado,
que el monte retumbó del sordo estruendo.
Las ninfas por lo más sesgo del vado
las cristalinas aguas revolviendo
sus doradas cabezas levantaron
y a ver el caso atentas se pararon.

El importuno bárbaro no cesa
ni afloja de la empresa que pretende,
antes con silbos, grita y piedra espesa,
en agua a más de la cinta, los ofende,
y dándoles en esto mucho priesa,
el beber los caballos les defiende
diciendo: «¡Sús, salid, salid fuera,
que yo os manterné campo en la ribera!»



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CANTO IX
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La araucana primera parte



Viendo Alvarado a Rengo así orgulloso
de la soberbia tema ya impaciente,
dice a los dos: «¡Oh caso vergonzoso,
que a tres nos siga un indio solamente,
y triunfe de nosotros vitorioso!
No es bien que de españoles tal se cuente:
volvamos y de aquí jamás pasemos
si primero morir no le hacemos».

Así dijo, y las riendas revolviendo,
segunda vez el vado atravesaban;
de morir o matarle proponiendo,
los cansados caballos aguijaban;
en esto el araucano conociendo
la cólera y furor con que tornaban,
olvidando la maza y presupuesto,
las voladoras plantas mueve presto.

Una larga carrera por la arena
los tres a toda furia le siguieron,
aunque en balde tomaron esta pena,
que el indio más corrió que ellos corrieron.
Faltos no de intención, pero de lena,
de cansados las riendas recogieron,
y en un áspero sitio y peligroso
les hizo rostro el bárbaro animoso.

Por espaldas tomó una gran quebrada
revolviendo a los tres con osadía,
y a falta de la maza acostumbrada
a menudo la honda sacudía;
de allí con mofa, silbos y pedrada,
sin poderle ofender, los ofendía,
por ser aquel lugar despeñadero
y más que ellos el bárbaro ligero.



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CANTO IX
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La araucana primera parte



Visto Alvarado serle así escusado
el fin de lo que tanto deseaba,
dejando libre al bárbaro esforzado
que bien de mala gana se quedaba,
pasa otra vez el ya seguro vado
y al usado camino enderezaba,
triste en ver que Fortuna por tal modo
se le mostraba adversa y dura en todo.

Había dejado el campo lautarino
de seguir el alcance grande rato;
iban los españoles sin camino
como ovejas que van fuera de hato.
De no seguirlos más me determino,
que por lo que adelante dellos trato,
dejarlos por agora me es forzado
donde otras veces ya los he dejado.

Con la gente araucana quiero andarme,
dichosa a la sazón y afortunada
y, como se acostumbra, desviarme
de la parte vencida y desdichada.
Por donde tantos van quiero guiarme,
siguiendo la carrera tan usada,
pues la costumbre y tiempo me convence
y todo el mundo es ya ¡viva quien vence!

¡Cuán usado es huir los abatidos
y seguir los soberbios levantados,
de la instable Fortuna favoridos,
para sólo después ser derribados!
Al cabo destos favores, reducidos
a su valor, son bienes emprestados
que habemos de pagar con siete tanto,
como claro nos muestra el nuevo canto.



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La araucana primera parte



Ufanos los araucanos de las vitorias habidas, ordenan unas
fiestas generales donde concurrieron diversas gentes, así
estranjeras como naturales, entre los cuales hubo grandes
pruebas y diferencias


Cuando la varia diosa favorece,
y las dádivas prósperas reparte,
¡cómo al ánimo flaco fortalece
que de triste mujer se vuelve un Marte
y derriba, acobarda y enflaquece
el esfuerzo viril en la otra parte,
haciendo cuesta arriba lo que es llano,
y un gran cerro la palma de la mano!

¡Quién vio los españoles colocados
sobre el más alto cuerno de la luna
de sus famosos hechos rodeados,
sin punto y muestra de mudanza alguna!;
¡quién los ve en breve tiempo derribados!;
¡quién ve en miseria vuelta su fortuna,
seguidos, no de Marte, dios sanguino,
mas del tímido Sexo femenino!.

Mirad aquí la suerte tan trocada,
pues aquellos que al cielo no temían,
las mujeres, a quien la rueca es dada,
con varonil esfuerzo los seguían;
y con la diestra a la labor usada
las atrevidas lanzas esgrimían
que por el hado próspero impelidas,
hacían crudos efetos y heridas.

Estas mujeres, digo, que estuvieron
en un monte escondidas, esperando
de la batalla el fin, y cuando vieron
que iba de rota el castellano bando,
hiriendo el cielo a gritos decendieron,
el mujeril temor de sí lanzando
y de ajeno valor y esfuerzo armadas,
toman de los ya muertos las espadas.



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CANTO X
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La araucana primera parte



Y a vueltas del estruendo y muchedumbre
también en la vitoria embebecidas,
de medrosas y blandas de costumbre
se vuelven temerarias homicidas;
no sienten ni les daba pesadumbre
los pechos al correr, ni las crecidas
barrigas de ocho meses ocupadas,
antes corren mejor las más preñadas.

Llamábase infelice la postrera
y con ruegos al cielo se volvía,
porque a tal conyuntura en la carrera
mover más presto el peso no podía.
Si las mujeres van desta manera,
la bárbara canalla ¿cuál iría?
De aquí tuvo principio en esta tierra
venir también mujeres a la guerra.

Vienen acompañando a sus maridos
y en el dudoso trance están paradas;
pero si los contrarios son vencidos
salen a perseguirlos esforzadas;
prueban la flaca fuerza en los rendidos
y si cortan en ellos sus espadas,
haciéndolos morir de mil maneras,
que la mujer cruel eslo de veras.

Así a los nuestros esta vez siguieron
hasta donde el alcance había cesado,
y desde allí la vuelta al pueblo dieron
ya de los enemigos saqueado.
Que cuando hacer más daño no pudieron,
subiendo en los caballos que en el prado
sueltos sin orden y gobierno andaban,
a sus dueños por juego remedaban.

Quién hace que combate y quién huía,
y quién tras el que huye va corriendo;
quién finge que está muerto y se tendía,
quién correr procuraba no pudiendo.
La alegre gente así se entretenía,
el trabajo importuno despidiendo,
hasta que el sol rayaba los collados,
que el General llegó y los más soldados.



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CANTO X
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La araucana primera parte



Los unos y los otros aguijaban
con gran priesa a abrazarse estrechamente
pero algunos, por más que se esforzaban,
la envidia les hacía arrugar la frente;
francos los vencedores se mostraban
repartiendo la presa entre la gente:
que aun en el pecho vil contra natura
puede tanto la próspera ventura.

Una solene fiesta en ese asiento
quiso Caupolicán que se hiciese,
donde del araucano ayuntamiento
la gente militar sola asistiese
y con alegre muestra y gran contento,
sin que la popular se entremetiese,
en juegos, pruebas, danzas y alegrías
gastaron, sin aquel, algunos días.

Los juegos y ejercicios acabados,
para el valle de Arauco caminaron,
do a las usadas fiestas los soldados
de toda la provincia convocaron;
fueron bastantes plazos señalados,
joyas de gran valor se pregonaron
de los que en ellas fuesen vencedores,
premios dignos de haber competidores.

La fama de la fiesta iba corriendo
más que los diligentes mensajeros,
en un término breve apercibiendo
naturales, vecinos y estranjeros;
gran multitud de gente concurriendo,
creció el número tanto de guerreros,
que ocupaban las tiendas forasteras,
los valles, montes, llanos y riberas.

Ya el esperado catorceno día,
que tanta gente estaba deseando,
al campo su color restituía
las importunas sombras desterrando,
cuando la bulliciosa compañía
de los briosos jóvenes, mostrando
el juvenil hervor y sangre nueva,
en campo estaban, prestos a la prueba.



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CANTO X
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La araucana primera parte



Fue con solene pompa referido
el orden de los precios y el primero
era un lustroso alfanje guarnecido
por mano artificiosa de platero:
este premio fue allí constituido
para aquel que con brazo más entero
tirase una fornida y gruesa lanza,
sobrando a los demás en la pujanza.

Y de cendrada plata una celada
cubierta de altas plumas de colores,
de un cerco de oro puro rodeada,
esmaltadas en él varias labores,
fue la preciada joya señalada
para aquel que entre diestros luchadores
en la difícil prueba se estremase
y por señor del campo en pie quedase.

Un lebrel animoso remendado
que el collar remataba una venera
de agudas puntas de metal herrado,
era el precio de aquel que en la carrera,
de todas armas y presteza armado,
arribase más presto a la bandera
que una gran milla lejos tremolaba
y el trecho señalado limitaba.

Y de niervos un arco hecho por arte
con su dorada aljaba, que pendía
de un ancho y bien labrado talabarte
con dos guesas hebillas de taujía,
éste se señaló y se puso aparte
para aquel que con flecha a puntería,
ganando por destreza el precio rico,
llevase al papagayo el corvo pico.

Un caballo morcillo rabicano
tascando el freno estaba de cabestro,
precio del que con suelta y presta mano
esgrimiese el bastón más como diestro.
Por juez se señaló a Caupolicano,
de todos ejercicios gran maestro.
Ya la trompeta con sonada nueva
llamaba opositores a la prueba.



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CANTO X
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La araucana primera parte



No bien sonó la alegre trompa, cuando
el joven Orompello, ya en el puesto,
airosamente el manto derribando
mostró el hermoso cuerpo bien dispuesto,
y en la valiente diestra blandeando
una maciza lanza. Luego en esto
se ponen asimismo Lepomande,
Crino, Pillolco, Guambo y Mareande.

Estos seis en igual hila corriendo,
las lanzas por los fieles igualadas,
a un tiempo las derechas sacudiendo,
fueron con seis gemidos arrojadas;
salen las astas con rumor crujiendo
de aquella fuerza e ímpetu llevadas,
rompen el aire, suben hasta el cielo,
bajando con la misma furia al suelo.

La de Pillolco fue la asta primera
que falta de vigor a tierra vino;
tras ella la de Guambo y la tercera
de Lepomande y cuarta la de Crino;
la quinta de Mareande, y la postrera,
haciendo por más fuerza más camino
la de Orompello fue, mozo pujante,
pasando cinco brazas adelante.

Tras éstos, otros seis lanzas tomaron,
de los que por más fuertes se estimaban
y aunque con fuerza estrema procuraron
sobrepujar el tiro, no llegaban;
otros tras éstos y otros seis probaron,
mas todos con vergüenza atrás quedaban.
Y por no detenerme en este cuento
digo que lo probaron más de ciento.

Ninguno con seis brazas llegar pudo
al tiro de Orompello señalado,
hasta que Leucotón, varón membrudo,
viendo que ya el probar había aflojado,
dijo en voz alta: «De perder no dudo
mas porque todos ya me habéis mirado,
quiero ver deste brazo lo que puede,
y a dó llegar mi estrella me concede».



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CANTO X
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Esto dicho, la lanza requerida,
en ponerse en el puesto poco tarda
y dando una ligera arremetida,
hizo muestra de sí fuerte y gallarda;
la lanza por los aires impelida
sale cual gruesa bala de bombarda,
o cual furioso trueno que corriendo
por las espesas nubes va rompiendo.

Cuatro brazas pasó con raudo vuelo
de la señal y raya delantera,
rompiendo el hierro por el duro suelo
tiembla por largo espacio la asta fuera;
alza la turba un alarido al cielo
y de tropel con súbita carrera
muchos a ver el tiro van corriendo,
la fuerza y tirador engrandeciendo.

Unos el largo trecho a pies medían
y examinan el peso de la lanza;
otros por maravilla encarecían
del esforzado brazo la pujanza;
otros van por el precio; otros hacían
al vencedor cantares de alabanza,
de Leucotón el nombre levantando
le van en alta voz solenizando.

Salta Orompello y por la turba hiende
y aquel rumor, colérico, baraja,
diciendo «Aún no he perdido, ni se entiende
de sólo el primer tiro la ventaja».
Caupolicán la vara en esto tiende
y a tiempo un encendido fuego ataja,
que Tucapel al primo había acudido
y otros con Leucotón se habían metido.

Caupolicán, que estaba por juez puesto
mostrándose imparcial, discretamente
la furia de Orompello aplaca presto
con sabrosas palabras blandamente;
y así, no se altercando más sobre esto,
conforme a la postura, justamente,
a Leucotón, por más aventajado,
le fue ceñido el corvo alfanje al lado.



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CANTO X
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Acabada con esto la porfía,
y Leucotón quedando vitorioso,
Orompello a una parte se desvía,
del caso algo corrido y vergonzoso;
mas como sabio mozo lo encubría,
de verse en ocasiones deseoso
por do con Leucotón y causa nueva
venir pudiese a más estrecha prueba.

Era Orompello mozo asaz valido,
que desde su niñez fue muy brioso,
manso, tratable, fácil, corregido,
y en ocasión metido, valeroso;
de muchos en asiento preferido
por su esfuerzo y linaje generoso,
hijo del venerable Mauropande,
primo de Tucapel y amigo grande.

Puesto nuevo silencio, y despejado
el campo do la prueba se hacía,
el diestro Cayeguán, mozo esforzado,
a mantener la lucha se metía;
no pasó mucho, cuando de otro lado
con gran disposición Torquín salía
de haber en él pujanza y ligereza,
ambos en el luchar de gran destreza.

Dada señal, con pasos ordenados,
los dos gallardos bárbaros se mueven;
ya los viérades juntos, ya apartados,
ora tienden el cuerpo, ora le embeben;
por un lado y por otro recatados
se inquieren, cercan, buscan y remueven,
tientan, vuelven, revuelven y se apuntan,
y al cabo con gran ímpetu se juntan.

Hechas las presas y ellos recogidos,
en su fuerza procuran conocerse;
pero de ardor colérico encendidos
comienzan por el campo a revolverse.
Cíñense pies con pies y entretejidos
cargan a un lado y otro, sin poderse
llevar cuanto una mínima ventaja
por más que el uno y otro se trabaja.



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CANTO X
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La araucana primera parte



Andando así, en un tiempo, cauteloso
metió la pierna diestra Cayeguano;
quiso Torquín ceñirla codicioso,
cargando con gran fuerza a aquella mano;
sácala a tiempo Cayeguán mañoso,
y el cuerpo de Torquín quedando en vano,
del mismo peso y fuerza que traía
a los pies enemigos se tendía.

Tras éste el fuerte Rengo se presenta,
el cual, lanzando fuera los vestidos
descubre la persona corpulenta,
brazos robustos, músculos fornidos;
mírale la confusa turba atenta,
que de cuatro entre todos escogidos
este valiente bárbaro era el uno,
jamás sobrepujado de ninguno.

Con gran fuerza los hombros sacudiendo
se apareja a la lucha y desafío,
y al vencedor contrario apercibiendo
le va a buscar con animoso brío;
de la otra parte Cayeguán saliendo
en medio de aquel campo a su albedrío,
vienen los dos gallardos a juntarse,
procurando en la presa aventajarse.

Un rato estuvo en confusión la gente
y anduvo en duda la vitoria incierta;
mas luego Rengo dio señal patente
con que fue su pujanza descubierta,
que entre los duros brazos reciamente
al triste Cayeguán, la boca abierta,
sin dejarle alentar le retraía
y acá y allá con él se revolvía.

Alzólo de la tierra y apretado,
en el aire gran pieza lo suspende;
Cayeguán sin color, desalentado,
abre los brazos y las piernas tiende.
Viéndolo así rendido, el esforzado
Rengo, que a la vitoria sólo atiende,
dejándole bajar, con poca pena
le estampa de gran golpe en el arena.



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CANTO X
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La araucana primera parte



Sacáronle del campo sin sentido
y a su tienda en los hombros le llevaron;
todos la fuerza grande y el partido
de Rengo en alta voz solenizaron;
pero cesando en esto aquel ruido,
a sus asientos luego se tornaron,
porque vieron que Talco aparejado
el puesto de la lucha había tomado.

Fue este Talco de pruebas gran maestro,
de recios miembros y feroz semblante,
diestro en la lucha y en las armas diestro,
ligero y esforzado aunque arrogante
y con todas las partes que aquí muestro,
era Rengo más suelto y más pujante,
usado en los robustos ejercicios,
que dello su persona daba indicios.

Talco se mueve y sale con presteza,
Rengo espaciosamente se movía;
fíase mucho el uno en la destreza,
el otro en su vigor sólo se fía.
En esto con estraña ligereza,
cuando menos cuidado en Talco había,
un gran salto dio Rengo no pensado,
cogiendo al enemigo descuidado.

De la suerte que el tigre cauteloso
viendo venir lozano al suelto pardo,
el cuello bajo, lerdo y perezoso,
con ronco són se mueve a paso tardo,
y en un instante súbito y furioso
salta sobre él con ímpetu gallardo
y echándole la garra así le aprieta
que le oprime, le rinde y le sujeta,

desta manera Rengo a Talco afierra,
y antes que a la defensa se prevenga,
tan recio le apretó contra la tierra
que, el lomo quebrantado, lo derrienga;
viéndolo pues así lo desafierra
y a su puesto esperando que otro venga,
vuelve, dejando el campo con tal hecho
de su estremada fuerza satisfecho.



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CANTO X
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La araucana primera parte



Mas no hubo en hombre allí tal osadía
que a contrastar al bárbaro se atreva
y así porque la noche ya venía,
se difirió la comenzada prueba
hasta que el carro del siguiente día
alegrase los campos con luz nueva;
sonando luego varios instrumentos,
hinchieron de las mesas los asientos.

Pues otro día, saliendo de su tienda
el hijo de Leocán acompañado,
al cercado lugar de la contienda
con altos instrumentos fue llevado;
Rengo, porque su fama más se estienda,
dando una vuelta en torno del cercado,
entró dentro con una bella muestra
y a mantener se puso la palestra.

Bien por dos horas Rengo tuvo el puesto
sin que nadie la plaza le pisase,
que no se vio soldado tan dispuesto
que, viéndole, el lugar vacío ocupase;
pero ya Leucotón mirando en esto,
que, porque su valor más se notase,
hasta ver el más fuerte había esperado,
con grave paso entró en el estacado.

Luego un rumor confuso y grande estruendo
entre el parlero vulgo se levanta
de ver estos dos juntos conociendo
en uno y otro esfuerzo y fuerza tanta.
Leucotón la persona recogiendo,
a recebir a Rengo se adelanta,
que con gallardo paso se venía
de esfuerzo acompañado y lozanía.



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CANTO X
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La araucana primera parte



Vienen al paragón dos animosos
que en esfuerzo y pujanza par no tienen;
unas veces aguijan presurosos,
otras frenan el paso y lo detienen.
Andan en torno y miran cautelosos,
y a todos los engaños se previenen;
pero no tardó mucho que cerraron
y con estrechos ñudos se abrazaron.

Juntándose los dos, pechos con pechos,
van las últimas fuerzas apurando;
ya se afirman y tienden muy estrechos,
ya se arrojan en torno volteando,
ya los izquierdos, ya los pies derechos
se enclavijan y enredan, no bastando
cuanta fuerza se pone, estudio y arte
a poder mejorarse alguna parte.

Acá y allá furiosos se rodean,
la fuerza uno del otro resistiendo;
tanto forcejan, gimen, ijadean
que los miembros se van entorpeciendo;
tiemblan de la fatiga y titubean
las cansadas rodillas, no pudiendo
comportar el tesón y furia insana
que al fin eran de hueso y carne humana.

De sudor grueso y engrosado aliento
cubiertos los dos bárbaros andaban
y del fogoso y recio movimiento
roncos los pechos dentro resonaban.
Ellos siempre con más encendimiento,
sacando nuevas fuerzas procuraban
llegar la empresa al cabo comenzada
por ganar el honor y la celada.



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CANTO X
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La araucana primera parte



Pero ventaja entre ellos conocida
no se vio allí ni de flaqueza indicio;
ambos jóvenes son de edad florida,
iguales en la fuerza y ejercicio.
Mas la suerte de Rengo enflaquecida
y el hado, que hasta allí le fue propicio,
hicieron que perdiese a su despecho
del precio y del honor todo el derecho.

Había en la plaza un hoyo hacia el un lado,
engaste de un guijarro y nuevamente
estaba de su encaje levantado
por el concurso y huella de la gente;
desto el cansado Rengo no avisado,
metió el pie dentro, y desgraciadamente
cual cae de la segur herido el pino
con no menos estruendo a tierra vino.

No la pelota con tan presto salto
resurte arriba del macizo suelo,
ni la águila, que al robo cala de alto,
sube en el aire con tan recio vuelo,
como de corrimiento el seso falto,
Rengo rabioso, amenazando el cielo,
se puso en pie, que aun bien no tocó en tierra,
y contra Leucotón furioso cierra.

Como en la fiera lucha Anteo temido
por el furioso Alcides derribado,
que de la tierra madre recogido
cobraba fuerza y ánimo doblado,
así el airado Rengo embravecido,
que apenas en la arena había tocado,
sobre el contrario arriba de tal suerte
que al estremo llegó de honrado y fuerte.

Tanto dolor del grave caso siente
el público lugar considerando,
que abrasado de fuego y rabia ardiente,
se le fueron las fuerzas aumentando;
y furioso, colérico, impaciente,
de suerte a Leucotón va retirando
que apenas le resiste y el suceso
oiréis en el siguiente canto expreso.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Canto onceno en el cual se acaban las fiestas y diferencias, y
caminando Lautaro sobre la ciudad de santiago, antes de llegar a
ella hace un fuerte, en el cual metido, vienen los españoles sobre
él, donde tuvieron una recia batalla


Cuando los corazones nunca usados,
a dar señal y muestra de flaqueza
se ven en lugar público afrentados,
entonces manifiestan su grandeza,
fortalecen los miembros fatigados,
despiden el cansancio y la torpeza,
y salen fácilmente con las cosas
que eran antes, Señor, dificultosas.

Así le avino a Rengo, que, en cayendo,
tanto esfuerzo le puso el corrimiento,
que lleno de furor y en ira ardiendo,
se le dobló la fuerza y el aliento;
y al enemigo fuerte no pudiendo
ganarle antes un paso, agora ciento
alzado de la tierra lo llevaba,
que aun afirmar los pies no le dejaba.

Adelante la cólera pasara
y hubiera alguna brega en aquel llano,
si receloso desto no bajara
presto de arriba el hijo de Pillano
que de Caupolicán traía la vara
y él propio los aparta de su mano;
que no fue poco, en tanto encendimiento
tenerle este respeto y miramiento.

Siendo desta manera sin ruido
despartida la lucha ya enconada,
le fue a Rengo su honor restituido
mas quedó sin derecho a la celada.
Aun no estaba del todo difinido
ni la plaza de gente despejada,
cuando el mozo Orompello dijo presto:
«Mi vez ahora me toca, mío es el puesto».



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Que bramando entre sí se deshacía
esperando aquel tiempo deseado,
viendo que Leucotón ya mantenía,
del tiro de la lanza no olvidado;
con gran desenvoltura y gallardía
salta el palenque y entra el estacado
y en medio de la plaza, como digo,
llamaba cuerpo a cuerpo al enemigo.

La trápala y murmurio en el momento
creció, porque parando el pueblo en ello,
conoce por allí cuán descontento
del fuerte Leucotón está Orompello;
témese que vendrán a rompimiento
mas nadie se atraviesa a defendello,
antes la plaza libre los dejaron
y los vacíos lugares ocuparon.

El pueblo, de la lucha deseoso,
la más parte a Orompello se inclinaba;
mira los bellos miembros y el airoso
cuerpo que a la sazón se desnudaba,
la gracia, el pelo crespo y el hermoso
rostro, donde su poca edad mostraba,
que veinte años cumplidos no tenía
y a Leucotón a fuerzas desafía.

Juzgan ser desconformes los presentes
las fuerzas destos dos por la aparencia,
viendo del uno el talle, y los valientes
niervos, edad perfeta y esperiencia,
y del otro los miembros diferentes,
la tierna edad y grata adolescencia,
aunque a tal opinión contradecía
la muestra de Orompello y osadía,

que puesto en su lugar, ufano espera
el són de la trompeta, como cuando
el fogoso caballo en la carrera
la seña del partir está aguardando.
Y cual halcón que en la húmida ribera
ve la garza de lejos blanqueando,
que se alegra y se pule ya lozano
y está para arrojarse de la mano,



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CANTO XI
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La araucana primera parte



el gallardo Orompello así esperaba
aquel alegre són para moverse
que de ver la tardanza, imaginaba
que habían impedimentos de ofrecerse.
Visto que tanto ya se dilataba,
queriendo a su sabor satisfacerse,
derecho a Leucotón sale animoso,
que no fue en recebirle perezoso.

En gran silencio vuelto el rumor vano,
quedando mudos todos los presentes,
en medio de la plaza mano a mano
salen a se probar los dos valientes.
Como cuando el lebrel y fiero alano,
mostrándose con ronco són los dientes,
yertos los cerros y ojos encendidos
se vienen a morder embravecidos,

de tal modo los dos amordazados,
sin esperar trompeta ni padrino,
de coraje y rencor estimulados,
de medio a medio parten el camino;
y en un instante iguales, aferrados
con estremada fuerza y diestro tino,
se ciñeron los brazos poderosos,
echándose a los pies lazos ñudosos.

Las desconformes fuerzas, aunque iguales,
los lleva, arroja y vuelve a todos lados;
viéranlos sin mudarse a veces tales
que parecen en tierra estar clavados;
donde ponen los pies dejan señales,
cavan el duro suelo y apretados,
juntándose rodillas con rodillas,
hacen crujir los huesos y costillas.

Cada cual del valor, destreza y maña
usaba que en tal tiempo usar podía,
viendo el duro tesón y fuerza estraña
que en su recio adversario conocía;
revuélvense los dos por la campaña
sin conocerse en nadie mejoría,
pero tanto de acá y de allá anduvieron
que ambos juntos a un tiempo en tierra dieron.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Fue tan presto el caer y en el momento
tan presto el levantarse, por manera
que se puede decir que el más atento
a mover la pestaña no lo viera.
Ventaja ni señal de vencimiento
juzgarse por entonces no pudiera,
que Leucotón arrodilló en el llano
y Orompello tocó sola una mano.

En esto los padrinos se metieron
y a cada lado el suyo retirando,
en disputa la lucha resumieron
sus puntos y razones alegando.
De entrambas partes gentes acudieron
la porfía y rumor multiplicando;
quién daba al uno el precio, honor y gloria,
quién cantaba del otro la vitoria.

Tucapelo, que estaba en un asiento
a la diestra del hijo de Pillano,
visto lo que pasaba, en el momento
salta en la plaza, la ferrada en mano,
y con aquel usado atrevimiento
dice: «El precio ganó mi primo hermano
y si alguno esta causa me defiende,
haréle yo entender que no lo entiende.

La joya es de Orompello y quien bastante
se halle a reprobar el voto mío,
en campo estamos: hágase adelante
que, en suma, le desmiento y desafío».
Leucotón con un término arrogante
dice: «Yo amansaré tu loco brío
y el vano orgullo y necio devaneo
que mucho tiempo ha ya que lo deseo».

Comigo lo has de haber, que comenzado
juego tenemos ya», dijo Orompello.
Responde Leucotón fiero y airado:
«Contigo y con tu primo quiero habello».
Caupolicán en esto era llegado,
que del supremo asiento viendo aquello
había bajado a la sazón confuso
y allí su autoridad toda interpuso.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Leucotón y Orompello, conociendo
que el gran Caupolicán allí venía,
las enconosas voces reprimiendo
cada cual por su parte se desvía;
mas Tucapel la maza revolviendo,
que otro acuerdo y concierto no quería,
lleno de ira diabólica no calla,
llamando a todo el mundo a la batalla.

Ruego y medios con él no valen nada
del hijo de Leocán ni de otra gente,
diciendo que a Orompello la celada
le den por vencedor y más valiente;
después, que en plaza franca y estacada
con Leucotón le dejen libremente,
donde aquella disputa se dicida,
perdiendo de los dos uno la vida.

Puesto Caupolicán en este aprieto,
lleno de rabia y de furor movido,
le dice: «Haré que guardes el respeto
que a mi persona y cargo le es debido».
Tucapel le responde: «Yo prometo
que por temor no baje del partido
y aquel que en lo que digo no viniere,
haga a su voluntad lo que pudiere.

Guardaréte respeto, si derecho
en lo que justo pido me guardares,
y mientras que con recto y sano pecho
la causa sin pasión desto mirares.
Mas si contra razón, sólo de hecho,
torciendo la justicia lo llevares,
por ti y tu cargo y todo el mundo junto
no perderé de mi derecho un punto».

Caupolicán, perdida la paciencia,
se mueve a Tucapel determinado
mas Colocolo, viejo de esperiencia,
que con temor le andaba siempre al lado,
le hizo una acatada resistencia
diciendo: «¿Estás, señor, tan olvidado
de ti y tu autoridad y salud nuestra
que lo pongas en sólo alzar la diestra?



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Mira, señor, que todo se aventura,
mira que están los más ya diferentes;
de Tucapel conoces la locura
y la fuerza que tiene de parientes;
lo que emendar se puede con cordura,
no lo emiendes con sangre de inocentes.
Dale a Orompello el contendido precio
y otro al competidor, de igual aprecio.

Si por rigor y término sangriento
quieres poner en riesgo lo que queda,
puesto que sobre fijo fundamento
Fortuna a tu sabor mueva la rueda
y el juvenil furor y atrevimiento
castigar a tu salvo te conceda,
queda tu fuerza más disminuida
y al fin tu autoridad menos temida.

Pierdes dos hombres, pierdes dos espadas
que el límite araucano han estendido,
y en las fieras naciones apartadas
hacen que sea tu nombre tan temido;
si agora han sido aquí desacatada,
mira lo que otras veces han servido
en trances peligrosos, derramando
la sangre propia y del contrario bando».

Imprimieron así en Caupolicano
las razones y celo de aquel viejo
que, frenando el furor, dijo: «En tu mano
lo dejo todo y tomo ese consejo».
Con tal resolución, el sabio anciano
viendo abierto camino y aparejo,
habló con Leucotón que vino en todo
y a los primos después del mismo modo.

Y así el viejo eficaz los persuadiera;
que en tal discordia y caso tan diviso,
lo que el mundo universo no pudiera,
pudo su discreción y buen aviso.
Fuelos, pues, reduciendo de manera
que vinieron a todo lo que quiso
pero con condición que la celada
por precio al Orompello fuese dada.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Pues la rica celada allí traída
al ufano Orompello le fue puesta,
y una cuera de malla guarnecida
de fino oro a la par vino con ésta
y al mismo tiempo a Leucotón vestida.
Todos conformes, en alegre fiesta
a las copiosas mesas se sentaron
donde más la amistad confederaron.

Acabado el comer, lo que del día
les quedaba, las mesas levantadas,
se pasó en regocijo y alegría
tejiendo en corros danzas siempre usadas
donde un número grande intervenía
de mozos y mujeres festejadas,
que las pruebas cesaron y ocasiones
atento a no mover nuevas quistiones.

Cuando la noche el horizonte cierra
y con la negra sombra el mundo abraza,
los principales hombres de la tierra
se juntaron en una antigua plaza
a tratar de las cosas de la guerra
y en el discurso dellas dar la traza,
diciendo que el subsidio padecido
había de ser con sangre redemido.

Salieron con que al hijo de Pillano
se cometiese el cargo deseado,
y el número de gente por su mano
fuese absolutamente señalado;
tal era la opinión del araucano
y tal crédito y fama había alcanzado,
que si asolar el cielo prometiera,
crédito a la promesa se le diera.

Y entre la gente joven más granada
fueron por él quinientos escogidos,
mozos gallardos, de la vida airada
por más bravos que pláticos tenidos;
y hubo de otros, por ir esta jornada,
tantos ruegos, protestos y partidos,
que escusa no bastó ni impedimento
a no exceder la copia en otros ciento.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Los que Lautaro escoge son soldados
amigos de inquietud, facinerosos,
en el duro trabajo ejercitados,
perversos, disolutos, sediciosos,
a cualquiera maldad determinados,
de presas y ganancias codiciosos,
homicidas, sangrientos, temerarios,
ladrones, bandoleros y cosarios.

Con esta buena gente caminaba
hasta Maule de paz atravesando,
y las tierras, después, por do pasaba
las iba a fuego y sangre sujetando.
Todo sin resistir se le allanaba
poniéndose debajo de su mando;
los caciques le ofrecen francamente
servicio, armas, comida, ropa y gente.

Así que por los pueblos y ciudades
la comarca los bárbaros destruyen,
talan comidas casas y heredades,
que los indios de miedo al pueblo huyen;
stupros, adulterios y maldades
por violencia sin término concluyen,
no reservando edad, estado y tierra,
que a todo riesgo y trance era la guerra.

No paran, con la gana que tenían
de venir con los nuestros a la prueba;
los indios comarcanos que huían
llevan a la ciudad la triste nueva.
Rumores y alborotos se movían,
el bélico bullicio se renueva,
aunque algunos que el caso contemplaban
a tales nuevas crédito no daban.

Dicen que era locura claramente
pensar que así una escuadra desmandada
de tan pequeño número de gente
se atreviese a emprender esta jornada,
y más contra ciudad tan eminente
y lejos de su tierra y apartada;
pero los que de Penco habían salido
tienen por más el daño que el ruido.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Votos hay que saliesen al camino
(éstos son de los jóvenes briosos);
otros, que era imprudencia y desatino
por los pasos y sitios peligrosos.
A todo con presteza se previno,
que de grandes reparos ingeniosos
el pueblo fortalecen y en un punto
despachan corredores todo junto,

debajo de un caudillo diligente
que verdadera relación trujese
del número y designio de la gente,
con comisión, si lance le saliese
a su honor y defensa conveniente,
que al bárbaro escuadrón acometiese,
volviendo a rienda suelta dos soldados
para que dello fuesen avisados.

Por no haber caso en esto señalado,
abrevio con decir que se partieron
y al cuarto día con ánimo esforzado
sobre el campo enemigo amanecieron;
trabóse el juego y no duró trabado,
que los bárbaros luego les rompieron
y todos con cuidado y pies ligeros
revolvieron a ser los mensajeros.

Sin aliento, cansados y afligidos
vuelven con testimonio asaz bastante
de cómo fueron rotos y vencidos
por la fuerza del bárbaro pujante,
lasos, llenos de sangre, mal heridos,
con pérdida de un hombre el cual delante
y en medio de los campos desmandado,
a manos de Lautaro había espirado.

Cuentan que levantado un muro había
adonde con sus bárbaros se acoge
y que infinita gente le acudía,
de la cual la más diestra y fuerte escoge;
también que bastimentos cada día
y cantidad de munición recoge,
afirmando por cierto, fuera desto,
que sobre la ciudad llegará presto.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Quien incrédulo dello antes estaba,
teniendo allí el venir por desvarío,
a tan clara señal crédito daba,
helándole la sangre un miedo frío.
Quién de pura congoja trasudaba,
que de Lautaro ya conoce el brío;
quién con ardiente y animoso pecho
bramaba por venir más presto al hecho.

Villagrán enfermado acaso había;
no puede a la sazón seguir la guerra,
mas con ruegos y dádivas movía
la gente más gallarda de la tierra,
y por caudillo en su lugar ponía
un caro primo suyo en quien se encierra
todo lo que conviene a buen soldado:
Pedro de Villagrán era llamado.

Éste sin más tardar tomó el camino
en demanda del bárbaro Lautaro
y el cargo que tan loco desatino
como es venir allí, le cueste caro.
Diose tal priesa a andar que presto vino
a la corva ribera del río Claro,
que vuelve atrás en círculo gran trecho,
después hasta la mar corre derecho.

Media legua pequeña elige un puesto
de donde estaba el bárbaro alojado,
el lugar mejor y más dispuesto
y allí, por ver la noche, ha reparado;
estaba a cualquier trance y rumor presto,
de guardia y centinelas rodeado
cuando, sin entender la cosa cierta,
gritaban: «¡Arma!, ¡arma!; ¡alerta!, ¡alerta!»

Esto fue que Lautaro había sabido
como allí nuestra gente era llegada,
que después de la haber reconocido
por su misma persona y numerada,
volvióse sin de nadie ser sentido
y mostrando estimarlo todo en nada,
hizo de los caballos que tenía
soltar el de más furia y lozanía,



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CANTO XI
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La araucana primera parte



diciendo en alta voz: «Si no me engaño,
no deben de saber que soy Lautaro
de quien han recebido tanto daño,
daño que no tendrá jamás reparo;
mas porque no me tengan por estraño
y el ser yo aquí venido sea más claro,
sabiendo con quien vienen a la prueba,
quiero que este rocín lleve la nueva».

Diez caballos, Señor, había ganado
en la refriega y última revuelta;
el mejor ensillado y enfrenado,
porque diese el aviso cierto, suelta.
Siendo el feroz caballo amenazado,
hacia el campo español toma la vuelta
al rastro y al olor de los caballos
y ésta fue la ocasión de alborotallos.

Venía con un rumor y furia tanta
que dio más fuerza al arma y mayor fuego;
la gente recatada se levanta
con sobresalto y gran deasosiego.
El escándalo tanto no fue cuanta
era después la burla, risa y juego,
de ver que un animal de tal manera
en arma y alboroto los pusiera.

Pasaron sin dormir la noche en esto
hasta el nuevo apuntar de la mañana,
que con ánimo y firme presupuesto
de vencer o morir, de buena gana
salen del sitio y alojado puesto
contra la gente bárbara araucana,
que no menos estaba acodiciada
del venir al efeto de la espada.

Un edicto Lautaro puesto había
que quien fuera del muro un paso diese,
como por crimen grave y rebeldía,
sin otra información luego muriese;
así el temor frenando a la osadía,
por más que la ocasión la comoviese
las riendas no rompió de la obediencia
ni el ímpetu pasó de su licencia.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Del muro estaba el bárbaro cubierto,
no dejando salir soldado fuera;
quiere que su partido sea más cierto
encerrando a los nuestros de manera
que no les aproveche en campo abierto
de ligeros caballos la carrera
mas sólo ánimo, esfuerzo y entereza
y la virtud del brazo y fortaleza.

Era el orden así, que acometiendo
la plaza, al tiempo del herir volviesen
las espaldas los bárbaros huyendo,
porque dentro los nuestros se metiesen;
y algunos por defuera revolviendo,
antes que los cristianos se advirtiesen,
ocuparles las puertas del cercado,
y combatir allí a campo cerrado.

Con tal ardid los indios aguardaban
a la gente española que venía
y en viéndola asomar la saludaban
alzando una terrible vocería;
soberbios desde allí la amenazaban
con audacia, desprecio y bizarría,
quién la fornida pica blandeando,
quién la maza ferrada levantando.

Como toros que van a salir lidiados,
cuando aquellos que cerca lo desean,
con silbos y rumor de los tablados
seguros del peligro los torean,
y en su daño los hierros amolados
sin miedo amenazándolos blandean:
así la gente bárbara araucana
del muro amenazaba a la cristiana.

Los españoles, siempre con semblante
de parecerles poca aquella caza,
paso a paso caminan adelante
pensando de allanar la fuerte plaza,
en alta voz diciendo: «No es bastante
el muro ni la pica y dura maza
a estorbaros la muerte merecida
por la gran desvergüenza cometida».



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Llegados de la fuerza poco trecho,
reconocida bien por cada parte,
pónenle el rostro y sin torcer, derecho,
asaltan el fosado baluarte.
Por acabado tienen aquel hecho;
de los bárbaros huye la más parte,
ganan las puertas francas con gran gloria,
cantando en altas voces la vitoria.

No hubiera relación deste contento
si los primeros indios aguardaran
tanto espacio y sazón cuanto un momento
que las puertas los últimos tomaran,
mas viéndolos entrar, sin sufrimiento
ni poderse abstener, luego reparan;
haciendo la señal que no debían,
hicieron revolver los que huían.

Como corre el caballo cuando ha olido
las yeguas que atrás quedan y querencia
que allí el intento inclina y el sentido,
gime y relincha con celosa ausencia,
afloja el curso, atrás tiende el oído,
alerto a si el señor le da licencia,
que a dar la vuelta aun no le ha señalado
cuando sobre los pies ha volteado,

de aquel modo los bárbaros huyendo
con muestra de temor, aunque fingida,
firman el paso presuroso oyendo
la alegre y cierta seña conocida,
y en contra de los nuestros esgrimiendo
la cruda espada, al parecer rendida,
vuelven con una furia tan terrible
que el suelo retembló del són horrible.

Como por sesgo mar del manso viento
siguen las graves olas el camino
y con furioso y recio movimiento
salta el contrario Coro repentino,
que las arenas del profundo asiento
las saca arriba en turbio remolino,
y las hinchadas olas revolviendo
al tempestuoso Coro van siguiendo.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



De la misma manera a nuestra gente
que el alcance sin término seguía,
la súbita mudanza de repente
le turbó la vitoria y alegría
que, sin se reparar, violentamente
por el mismo camino revolvía,
resistiendo con ánimo esforzado
el número de gente aventajado.

Mas como un caudaloso río de fama,
la presa y palizada desatando,
por inculto camino se derrama
los arraigados troncos arrancando,
cuando con desfrenado curso brama
cuanto topa delante arrebantando
y los duros peñascos enterrados
por las furiosas aguas son llevados,

con ímpetu y violencia semejante
los indios a los nuestros arrancaron,
y sin pararles cosa por delante
en furiosa corriente los llevaron,
hasta que con veloz furor pujante
de la cerrada plaza los lanzaron,
que el miedo de perder allí la vida
les hizo el paso llano a la salida.

De más priesa y con pies más desenvueltos
los sueltos españoles que a la entrada,
en una polvorosa nube envueltos
salen del cerco estrecho y palizada;
entre ellos van los bárbaros revueltos,
una gente con otra amontonada,
que sin perder un punto se herían
de manos y de pies como podían.

No el alzado antepecho y agujeros
que fuera del entorno había cavados,
ni la fajina y suma de maderos
con los fuertes bejucos amarrados
detuvieron el curso a los ligeros
caballos, de los hierros hostigados,
que como si volaran por el viento,
salieron a lo llano en salvamento.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Los españoles sin parar corriendo
libre la plaza a los contrarios dejan,
que la fortuna próspera siguiendo
con prestos pies y manos los aquejan;
pero los nuestros, el morir temiendo,
siempre alargan el paso y más se alejan,
deteniendo a las veces flojamente
la gran furia y pujanza de la gente.

Bien una legua larga habían corrido
a toda furia por la seca arena;
sólo Lautaro no los ha seguido,
lleno de enojo y de rabiosa pena.
Viendo el poco sustén del mal regido
campo, tan recio el rico cuerno suena,
que los más delanteros los sintieron
y al són, sin más correr, se retrujeron.

Estaba así impaciente y enojado
que mirarle a la cara nadie osaba
y al pabellón él solo retirado,
un nuevo edicto publicar mandaba,
que guerrero ninguno fuese osado
salir un paso fuera de la cava,
aunque los españoles revolviesen
y mil veces el fuerte acometiesen.

Después, llamando a junta a los soldados
aunque ardiendo en furor, templadamente
les dice: «Amigos, vamos engañados,
si con tan poco número de gente
pensamos allanar los levantados
muros de una ciudad así eminente;
la industria tiene aquí más fuerza y parte
que la temeridad del fiero Marte.

Ésta los fieros ánimos reprime
y a los flacos y débiles esfuerza;
las cervices indómitas oprime
y las hace domésticas por fuerza;
ésta el honor y pérdidas redime
y la sazón a usar della nos fuerza,
que la industria solícita y Fortuna
tienen conformidad y andan a una.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Cumple partir de aquí, muestras haciendo
que sólo de temor nos retiramos,
y asegurar los españoles, viendo
cómo el honor y campo les dejamos;
que después a su tiempo revolviendo,
haremos lo que así dificultamos,
teniendo ellos el llano y por guarida
vecina la ciudad fortalecida».

El hijo de Pillán esto decía
cuando asomaba el bando castellano,
que con esfuerzo nuevo y osadía
quiere probar segunda vez la mano.
Fue tanto el alborozo y alegría
de los bárbaros, viendo por el llano
aparecer los nuestros, que al momento
gritan y baten palmas de contento.

En esto los cristianos acercando
poco a poco se van a la batalla,
y al justo tiempo del partir llegando,
dejan irse a la bárbara canalla;
que uno la maza en alto, otro bajando
la pica, el cuerpo esento en la muralla,
con animoso esfuerzo se mostraban
y al ejercicio bélico incitaban.

Unos acuden a las anchas puertas
y comienzan allí el combate duro;
de escudos las cabezas bien cubiertas
se llegan otros al guardado muro;
otros buscan por partes descubiertas
la subida y el paso más seguro;
hinche el bando español la cava honda
y el araucano el muro a la redonda.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Pero el pueblo español con osadía,
cubierto de fortísimos escudos
la lluvia de los tiros resistía
y los botes de lanzas muy agudos.
Era tanta la grita y armonía
y el espeso batir de golpes crudos,
que Maule el raudo curso refrenaba
confuso al són que en torno ribombaba.

Por las puertas y frente y por los lados
el muro se combate y se defiende;
allí corren con priesa amontonados
adonde más peligro haber se entiende;
allí con prestos golpes esforzados
a su enemigo cada cual ofende
con furia tan terrible y fuerza dura
que poco importa escudo ni armadura.

Los nuestros hacia atrás se retrujeron,
de los tiros y golpes impelidos,
tres veces y otras tantas revolvieron
de vergonzosa cólera movidos.
Gran pieza la fortuna resistieron
mas ya todos andaban mal heridos,
flacos, sin fuerza, lasos, desangrados
y de sangre los hierros colorados.

El coraje y la cólera es de suerte
que va en aumento el daño y la crueza;
hallan los españoles siempre el fuerte
más fuerte y en los golpes más dureza;
sin temor acometen de la muerte,
pero poco aprovecha esta braveza,
quel que menos herido y flaco andaba
por seis partes la sangre derramaba.



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CANTO XI
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La araucana primera parte



Hasta la gente bárbara se espanta
de ver lo que los nuestros han sufrido
de espesos golpes, flecha, y piedra tanta
que sin cesar sobre ellos ha llovido,
y cuán determinados y con cuanta
furia tres veces han acometido;
desto los enemigos impacientes
apretaban los puños y los dientes.

Y como tempestad que jamás cesa
antes que va en furioso crecimiento,
cuando la congelada piedra espesa
hiere los techos y se esfuerza el viento,
así los duros bárbaros, apriesa,
movidos de vergüenza y corrimiento
con lanzas, dardos, piedras arrojadas,
baten dargas, rodelas y celadas.

Los cansados cristianos no pudiendo
sufrir el gran trabajo incomportable,
se van forzosamente retrayendo
del vano intento y plaza inexpugnable;
y el destrozado campo recogiendo,
vista su suerte y hado miserable,
por el mesmo camino que vinieron,
aunque con menos furia, se volvieron.

Aquella noche al pie de una montaña
vinieron a tener su alojamiento,
segura de enemigos la campaña,
que ninguno salió en su seguimiento.
Decir prometo la cautela estraña
de Lautaro después, que ahora me siento
flaco, cansado, ronco; y entretanto
esforzaré la voz al nuevo canto.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Recogido Lautaro en su fuerte, no quiere seguir la vitoria por
entretener a los españoles. Pasa ciertas razones con él Marco
Veaz, por las cuales Pedro de Villagrán viene a entender el
peligroso punto en que estaba, y levantando su campo se retira.
Viene el marqués de Cañete a la ciudad de los reyes en el Pirú


Virtud difícil y difícil prueba
es guadar el secreto peligroso,
que la dificultad bien claro prueba
cuánto es sano, seguro y provechoso
y el poco fruto y mucho mal que lleva
el vicio inútil del hablar dañoso;
ejemplo los de Líbico homicidas,
y otros que les costó el hablar las vidas.

Veránse por los ojos y escrituras
en los presentes tiempos y pasados
crueldades, ruinas, desventuras,
infamias, puniciones de pecados,
grandes yerros en grandes coyunturas,
pérdidas de personas y de estados;
todo por no sufrir el indiscreto
la peligrosa carga del secreto.

De los vicios el menos de provecho
y por donde más daño a veces viene,
es el no retener el fácil pecho
el secreto hasta el tiempo que conviene;
rompe y deshace al fin todo lo hecho,
quita la fuerza que la industria tiene,
guerra, furor, discordia, fuego enciende,
al propio dueño y al amigo vende.

Por eso el sabio hijo de Pillano
la causa a sus soldados encubría
de no dejar salir gente a lo llano,
siguiendo la vitoria de aquel día;
y el retirado campo castellano
seguro a paso largo por la vía,
como dije, la furia quebrantada,
toma de la ciudad la vuelta usada.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Usar Lautaro desta maña, entiendo
que fuese para algún sagaz intento,
el cual por conjeturas comprehendo
ser de gran importancia y fundamento.
Dejado esto a su tiempo y revolviendo
a los nuestros, que así del fuerte asiento
se alejan, a tres leguas otro día
hicieron alto, asiento y ranchería.

Dos días los españoles estuvieron
haciendo de los bravos, aguardando
pero jamás los bárbaros vinieron,
ni gente pareció del otro bando;
al fin dos de los nuestros se atrevieron
a ver el fuerte y cerca dél llegando,
oyeron una voz alta del muro,
diciéndoles: «Llegaos, que os doy seguro».

Al uno por su nombre lo llamaba
con el cierto seguro prometido,
el cual dejando al otro se llegaba
por conocer quién era el atrevido.
Llegado el español junto a la cava,
el de la voz fue luego conocido,
que era el gallardo hijo de Pillano,
tratado dél un tiempo como hermano.

Estaba de un lustroso peto armado
con sobrevista de oro guarnecida,
en una gruesa pica recostado
por el ferrado regatón asida;
el ancho y duro hierro colorado
y de sangre la media asta teñida;
puesta de limpio acero una celada
abierta por mil partes y abollada.

Llegado el español donde podía
hablarle y entenderle claramente,
el bizarro Lautaro le decía:
«Marcos, de ti me espanto estrañamente,
y de esa tu inorante compañía,
que sin razón y seso, ciegamente
penséis así de mi opinión mudarme
y ser bastantes todos a enojarme.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



¿Qué intento os mueve o qué furor insano
que así queréis tiranizar la tierra?
¿No veis que todo agora está en mi mano:
el bien vuestro y el mal, la paz, la guerra?
¿No veis que el nombre y crédito araucano
los levantados ánimos atierra,
que sólo el són al mundo pone miedo
y quebranta las fuerzas y el denuedo?

«En los pueblos no fuistes poderosos
de defender las propias posesiones,
que es cosa que aun los pájaros medrosos
hacen rostros en su nido a los leones,
¿y en los desiertos campos pedregosos
pensáis de sustentar los pabellones
en tiempo que estáis más amedrentados,
y más vuestros contrarios animados?

Es, a mi parecer, loca osadía
querer contra nosotros sustentaros,
pues ni por arte, maña ni otra vía
podéis en nuestro daño aprovecharos.
Si lo queréis llevar por valentía,
baste el presente estrago a escarmentaros,
que fresca sangre aún vierten las heridas
y della aquí las yerbas veo teñidas.

Pues dejar yo jamás de perseguiros,
según que lo juré, será escusado.
Hasta dentro de España he de seguiros,
que así lo he prometido al gran Senado;
mas si queréis en tiempo reduciros
haciendo lo que aquí os será mandado,
saldré de la promesa y juramento
y vosotros saldréis de perdimiento.

«Treinta mujeres vírgines apuestas
por tal concierto habéis de dar cada año,
blancas, rubias, hermosas, bien dispuestas,
de quince años a veinte, sin engaño.
Han de ser españolas, y tras éstas,
treinta capas de verde y fino paño,
y otras treinta de púrpura tejidas,
con fino hilo de oro guarnecidas.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



También doce caballos poderosos,
nuevos y ricamente enjaezados,
domésticos, ligeros y furiosos,
debajo de la rienda concertados
y seis diestros lebreles animosos
en la caza me habéis de dar cebados:
este solo tributo estorbaría
lo que estorbar el mundo no podría».

Atento el castellano lo escuchaba,
estando de la plática gustoso,
mas cuando a estas razones allegaba
no pudo aquí tener ya más reposo;
así impaciente al bárbaro atajaba,
diciéndole: «No estés tan orgulloso,
que las parias, que pides, ¡oh Lautaro!,
te costarán, si esperas, presto caro.

En pago de tu loco atrevimiento
te darán españoles por tributo
cruda muerte con áspero tormento,
y Arauco cubrirán de eterno luto».
Lautaro dijo: «Es eso hablar al viento.
Sobre ello, Marcos, más yo no disputo:
las armas, no la lengua, han de tratarlo
y la fuerza y valor determinarlo.

Libre puedes decir lo que quisieres
como aquel que seguro le está dado,
que tú después harás lo que pudieres
y yo podré hacer lo que he jurado;
tratemos de otras cosas de placeres,
quede para su tiempo comenzado,
y quiérote mostrar, pues tiempo hallo,
una lucida escuadra de caballo.

Que para que no andéis tan al seguro,
acuerdo de tener también caballos
y de imponer mis súbditos procuro
a saberlos tratar y gobernallos».
Esto dijo Lautaro y desde el muro,
a seis dispuestos mozos, sus vasallos,
mandó que en seis caballos cabalgasen
y por delante dél los paseasen.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Por las dos puentes, a la vez caladas,
salieron a caballo seis chilcanos,
pintadas y anchas dargas embrazadas,
gruesas lanzas terciadas en las manos;
vestidas fuertes cotas y tocadas
las cabezas, al modo de africanos,
mantos por las caderas derribados,
los brazos hasta el codo arremangados.

Y con airosa muestra, por delante
del atento español dos vueltas dieron;
pero ni de su puesto y buen semblante,
punto que se notase le movieron,
antes con muestra y ánimo arrogante,
en alta voz, que todos lo entendieron
(que el muro estaba ya lleno de gente),
habló así con Lautaro libremente:

«En vano, ¡oh capitán! cierto trabaja
quien pretende con fieros espantarme;
no estimo lo que vees en una paja
ni alardes pueden punto amedrentarme.
Y por mostrar si temo la ventaja
yo solo con los seis quiero probarme,
do verás que a seis mil seré bastante:
vengan luego a la prueba aquí delante».

Lautaro respondió: «Marcos, si mueres
tanto por nos mostrar tu fuerza y brío,
el mínimo que dellos escogieres
a pie vendrá contigo en desafío
del modo y la manera que quisieres.
Elige armas y campo a tu albedrío,
ora con ellas, ora desarmados,
a puños, coces, uñas y a bocados».

El español le dijo: «Yo te digo
que mi honor en tal caso no consiente
darles uno por uno su castigo,
porque jamás se diga entre la gente
que cuerpo a cuerpo bárbaro comigo
en campo osase entrar singularmente;
por tanto, si no quieres lo que pido
no quiero yo acetar otro partido».



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CANTO XII
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La araucana primera parte



No vinieron en esto a concertarse;
después por otras cosas discurrieron
pero llegado el tiempo de apartarse,
del bárbaro los dos se despidieron.
Vueltos a su camino, oyen llamarse,
y a la voz conocida revolvieron,
que era el mesmo Lautaro quien llamaba
diciendo: «Una razón se me olvidaba.

Tengo mi gente triste y afligida,
con gran necesidad de bastimento,
que me falta del todo la comida
por orden mala y poco regimiento;
pues la tenéis de sobra recogida,
haced un liberal repartimiento
proveyéndonos della que, a mi cuenta,
más la gloria y honor vuestro acrecienta.

Que en el ínclito Estado es uso antiguo
y entre buenos soldados ley guardada,
alimentar la fuerza al enemigo
para solo oprimirle por la espada.
Estad, Marcos, atento a lo que digo,
y entended que será cosa loada
que digan que las fuerzas sojuzgastes
que para mayor triunfo alimentastes.

Que se llame vitoria yo lo dudo
cuando el contrario a tal estremo viene,
que en aquello que nunca el valor pudo
la hambre miserable poder tiene;
y al fuerte brazo indómito y membrudo,
lo debilita, doma y lo detiene;
y así por bajo modo y estrecheza
viene a parecer fuerte la flaqueza».

Era, Señor, su intento que pensase
ser la necesidad fingida, cierta,
para que nuestra gente se animase,
de industria abriendo aquella falsa puerta;
y con esto inducirla a que esperase,
teniendo así su astucia más cubierta,
hasta que el fin llegase deseado
del cauteloso engaño fabricado.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Marcos, de las palabras comovido,
le dice: «Yo prometo de intentallo
por sólo esas razones que has movido
y hacer todo el poder en procurallo».
Habiéndose con esto despedido,
revolviendo las riendas al caballo,
él y su compañero caminaron
hasta que al español campo llegaron.

De todo al punto Villagrán informado
cuanto a Marcos, Lautaro dicho había,
sospechoso, confuso y admirado
de ver que bastimentos le pedía.
Era sagaz, celoso y recatado;
revolviendo la presta fantasía,
los secretos designios comprehende
y el peligroso estado y trance entiende.

Y en el presto remedio resoluto,
cuando el mundo se muestra más escuro,
sin tocar trompa, del peligro instruto,
toma el camino a la ciudad seguro,
maravillado del ardid astuto.
Pero de nuestra gente ahora no curo,
que quiero antes decir el modo estraño
de la ingeniosa astucia y nuevo engaño.

Aún no era bien la nueva luz llegada,
cuando luego los bárbaros supieron
la súbita partida y retirada,
que no con poca muestra lo sintieron,
viendo claro que al fin de la jornada
por un espacio breve no pudieron
hacer en los cristianos tal matanza
que nadie dellos más tomara lanza.

Que aquel sitio cercado de montaña,
que es en un bajo y recogido llano,
de acequias copiosísimas se baña
por zanjas con industria hechas a mano.
Rotas al nacimiento, la campaña
se hace en breve un lago y gran pantano;
la tierra es honda, floja, anegadiza,
hueca, falsa, esponjada y movediza.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Quedaran, si las zanjas se rompieran,
en agua aquellos campos empapados;
moverse los caballos no pudieran
en pegajosos lodos atascados,
adonde, si aguardaran, los cogieran
como en liga a los pájaros cebados;
que ya Lautaro, con despacho presto,
había en ejecución el ardid puesto.

Triste por la partida y con despecho
la fuerza desampara el mismo día,
y el camino de Arauco más derecho,
marcha con su escuadrón de infantería.
Revuelve y traza en el cuidoso pecho
diversas cosas y en ninguna había
el consuelo y disculpa que buscaba
y entre sí razonando sospiraba

diciendo: «¿Qué color puede bastarme
para ser desta culpa reservado?
¿No pretendí yo mucho de encargarme
de cosa que me deja bien cargado?
¿De quién sino de mí puedo quejarme
pues todo por mi mano se ha guiado?
¿Soy yo quien prometió en un año solo
de conquistar del uno al otro polo?

Mientras que yo con tan lucida gente
ver el muro español aún no he podido,
la luna ya tres veces frente a frente
ha visto nuestro campo mal regido,
y el carro de Faetón resplandeciente
del Escorpio al Acuario ha discurrido;
y al fin damos la vuelta maltratados
con pérdida de más de cien soldados.

Si con morir tuviese confianza
que una vergüenza tal se colorase,
haría a mi inútil brazo que esta lanza
el débil corazón me atravesase;
pero daría de mí mayor venganza
y gloria al enemigo si pensase
que temí más su brazo poderoso
que el flaco mío, cobarde y temeroso.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Yo juro al infernal poder eterno
(si la muerte en un año no me atierra)
de echar de Chile el español gobierno
y de sangre empapar toda la tierra;
ni mudanza, calor, ni crudo invierno
podrán romper el hilo de la guerra
y dentro del profundo reino escuro
no se verá español de mí seguro».

Hizo también solene juramento
de no volver jamás al nido caro
ni del agua, del sol, sereno y viento
ponerse a la defensa ni al reparo;
ni de tratar en cosas de contento
hasta que el mundo entienda de Lautaro
que cosa no emprendió dificultosa
sin darla con valor salida honrosa.

En esto le parece que aflojaba
la cuerda del dolor que a veces, tanto
con grave y dura afrenta le apretaba,
que de perder el seso estuvo a canto.
Así el feroz Lautaro caminaba
y al fin de tres jornadas, entretanto
que esperado tiempo se avecina
se aloja en una vega a la marina,

junto adonde con recio movimiento
baja de un monte Itata caudaloso,
atravesando aquel umbroso asiento
con sesgo curso, grave y espacioso,
los árboles provocan a contento,
el viento sopla allí más amoroso,
burlando con las tiernas florecillas
rojas, azules, blancas y amarillas.

Siete leguas de Penco justamente
es esta deleitosa y fértil tierra,
abundante, capaz y suficiente
para poder sufrir gente de guerra.
Tiene cerca a la banda del oriente
la grande cordillera y alta sierra,
de donde el raudo Itata apresurado
baja a dar su tributo al mar salado.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Fue un tiempo de españoles pero había
la prometida fe ya quebrantado,
viendo que la fortuna parecía
declarada de parte del Estado,
el cual veinte y dos leguas contenía:
éste era su distrito señalado,
pero tan grande crédito alcanzaba
que toda la nación le respetaba.

Los españoles ánimos briosos
éste los puso humildes por el suelo;
éste los bajos, tristes y medrosos
hace que se levanten contra el cielo;
y los estraños pueblos poderosos
de miedo déste viven con recelo:
los remotos vecinos y estranjeros
se rinden y someten a sus fueros.

Pues la flor del Estado deseando
estaba al tardo tiempo en esta vega,
tardo para quien gusto está esperando,
que al que no espera bien, bien presto llega;
pero el tiempo y sazón apresurando,
a sus valientes bárbaros congrega
y antes que se metiesen en la vía,
estas breves razones les decía:

«Amigos, si entendiese que el deseo
de combatir, sin otro miramiento,
y la fogosa gana que en vos veo
fuese de la vitoria el fundamento,
hágaos saber de mí que cierto creo
estar en vuestra mano el vencimiento
y un paso atrás volver no me hiciera,
si el mundo sobre mí todo viniera.

Mas no es sólo con ánimo adquirida
una cosa difícil y pesada:
¿qué aprovecha el esfuerzo sin medida,
si tenemos la fuerza limitada?
Mas ésta, aunque con límite, regida
por industrioso ingenio y gobernada,
de duras y de muy dificultosas
hace llanas y fáciles las cosas.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



¿Cuántos vemos el crédito perdido
en afrentoso y mísero destierro,
por sólo haber sin término ofrecido
el pecho osado al enemigo hierro?
Que no es valor, mas antes es tenido
por loco, temerario y torpe yerro:
valor es ser al orden obediente,
y locura sin orden ser valiente.

Como en este negocio y gran jornada
con tanto esfuerzo así nos destruimos,
fue porque no miramos jamás nada
sino al ciego apetito a quién seguimos;
que a no perder, por furia anticipada,
el tiempo y coyuntura que tuvimos,
no quedara español ni cosa alguna
a la disposición de la Fortuna.

Si al entrar de la fuerza reportados
allí algún sufrimiento se tuviera,
fueran vuestros esfuerzos celebrados,
pues ningún enemigo se nos fuera;
en la ciudad estaban descuidados:
con la gente que andaba por de fuera
hiciéramos un hecho y una suerte,
que no la consumieran tiempo y muerte.

Pero quiero poneros advertencia
que habéis por la razón de gobernaros,
haciendo al movimiento resistencia
hasta que la sazón venga a llamaros;
y no salirme un punto de obediencia
ni a lo que no os mandare adelantaros,
que en el inobediente y atrevido
haré ejemplar castigo nunca oído.

Y pues volvemos ya donde se muestra
nuestro poco valor, por mal regidos,
en fe que habéis de ser, alzo la diestra,
en el primer honor restituidos,
o el campo regará la sangre nuestra
y habemos de quedar en él rendidos
por pasto de las brutas bestias fieras
y de las sucias aves carniceras».



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Con esto fue la plática acabada
y la trompeta a levantar tocando,
dieron nuevo principio a su jornada
con la usada presteza caminando;
yendo así, al descubrir de una ensenada,
por Mataquito a la derecha entrando,
un bárbaro encontraron por la vía
que del pueblo les dijo que venía.

Éste les afirmó con juramento
que en Mapocho se sabe su venida:
ora les dio la nueva della el viento,
ora de espías solícitas sabida;
también que de copioso bastimento
estaba la ciudad ya prevenida,
con defensas, reparos, provisiones,
pertrechos, aparatos, municiones.

Certificado bien Lautaro desto,
muda el primer intento que traía,
viendo ser temerario presupuesto
seguirle con tan poca compañía;
piensa juntar más gentes y de presto
un fuerte asiento que en el valle había,
con ingenio y cuidado diligente
comienza a reforzarle nuevamente.

Con la priesa que dio, dentro metido,
y ser dispuesto el sitio y reparado,
fue en breve aquel lugar fortalecido
de foso y fuerte muro rodeado.
Gente a la fama desto había acudido,
codiciosa del robo deseado;
forzoso me es pasar de aquí corriendo
que siento en nuestro pueblo un gran estruendo.

Sábese en la ciudad por cosa cierta
que a toda furia el hijo de Pillano
guiando un escuadrón de gente experta
viene sobre ella con armada mano.
El súbito temor puso en alerta
y confusión al pueblo castellano;
mas la sangre, que el miedo helado había,
de un ardiente coraje se encendía.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



A las armas acuden los briosos
y aquellos que los años agravaban,
con industrias y avisos provechosos
la tierra y partes flacas reparaban;
tras estos, treinta mozos animosos
y un astuto caudillo se aprestaban,
que con algunos bárbaros amigos
fuesen a descubrir los enemigos.

Villagrán a la sazón no residía
en el pueblo español alborotado;
que para la Imperial partido había
por camino de Arauco desviado.
Mas ya con nueva gente revolvía
y junto de do el bárbaro cercado
de gruesos troncos y fajina estaba,
sin saberlo una noche se alojaba.

Cuando la alegre y fresca aurora vino
y él la nueva jornada comenzaba,
al calar de una loma, en el camino
un comarcano bárbaro encontraba,
el cual le dio la nueva del vecino
campo y razón de cuanto en él pasaba,
que todo bien el mozo lo sabía,
como aquel que a robar de allá venía.

Entendió el español del indio cuanto
el bárbaro enemigo determina,
y cómo allega gentes, entretanto
que el oportuno tiempo se avecina:
no puso a los cautenes esto espanto
y más cuando supieron que vecina
venía también la gente nuestra armada,
que dellos aún no estaba una jornada.

Villagrán le pregunta si podría
ganar al araucano la albarrada;
sonriéndose el indio respondía
ser cosa de intentar bien escusada
por el reparo y sitio que tenía,
y estar por las espaldas abrigada
de una tajada y peñascosa sierra
que por aquella parte el fuerte cierra.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Díjole Villagrán: «Yo determino
por esa relación tuya guiarme,
y abrir, por la montaña alta el camino
que quiero a cualquier cosa aventurarme;
y si donde está el campo lautarino
en una noche puedes tú llevarme,
del trabajo serás gratificado
y al fuego, si me mientes, entregado».

Sin temor dice el bárbaro: «Yo juro
en menos de una noche de llevarte
por difícil camino aunque seguro:
desta palabra puedes confiarte.
De Lautaro después no te aseguro,
ni tu gente y amigos serán parte
a que, si vais allá, no os coja a todos
y os dé civiles muertes de mil modos».

No le movió el temor que le ponía
a Villagrán el bárbaro guerrero,
que, visto cuán sin miedo se ofrecía,
le pareció de trato verdadero;
y a la gente del pueblo que venía
despacha un diligente mensajero
para que con la priesa conveniente
con él venga a juntarse brevemente.

Pues otro día allí juntos, se dejaron
ir por do quiso el bárbaro guiallos,
y en la cerrada noche no cesaron
de afligir con espuelas los caballos.
Después se contará lo que pasaron,
que cumple por agora aquí dejallos
por decir la venida en esta tierra
de quien dio nuevas fuerzas a la guerra.

Hasta aquí lo que en suma he referido
yo no estuve, Señor, presente a ello
y así, de sospechoso, no he querido
de parciales intérpretes sabello;
de ambas las mismas partes lo he aprendido,
y pongo justamente sólo aquello
en que todos concuerdan y confieren
y en lo que en general menos difieren.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Pues que en autoridad de lo que digo
vemos que hay tanta sangre derramada,
prosiguiendo adelante, yo me obligo
que irá la historia más autorizada;
podré ya discurrir como testigo
que fui presente a toda la jornada,
sin cegarme pasión, de la cual huyo,
ni quitar a ninguno lo que es suyo.

Pisada en esta tierra no han pisado
que no haya por mis pies sido medida;
golpe ni cuchillada no se ha dado,
que no diga de quién es la herida;
de las pocas que di estoy disculpado,
pues tanto por mirar embebecida
truje la mente en esto y ocupada
que se olvidaba el brazo de la espada.

Si causa me incitó a que yo escribiese
con mi pobre talento y torpe pluma,
fue que tanto valor no pereciese,
ni el tiempo injustamente lo consuma;
quel mostrarme yo sabio me moviese
ninguno que lo fuere lo presuma;
que, cierto bien entiendo mi pobreza
y de las flacas sienes la estrecheza.

De mi poco caudal bastante indicio
y testimonio aquí patente queda;
va la verdad desnuda de artificio
para que más segura pasar pueda;
pero, si fuera desto lleva vicio,
pido que por merced se me conceda
se mire en esta parte el buen intento
que es sólo de acertar y dar contento.

Que aunque la barba el rostro no ha ocupado
y la pluma a escrebir tanto se atreve
que de crédito estoy necesitado,
pues tan poco a mis años se le debe,
espero que será, Señor, mirado
el celo justo y causa que me mueve,
y esto y la voluntad se tome en cuenta
para que algún error se me consienta.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Quiero dejar a Arauco por un rato,
que para mi dicurso es importante
lo que forzado aquí del Pirú trato
aunque de su comarca es bien distante;
y para que se entienda más barato
y con facilidad lo de adelante,
si Lautaro me deja, diré en breve
la gente que en su daño ahora se mueve.

El Marqués de Cañete era llegado,
a la ciudad insigne de Los Reyes,
de Carlos Quinto Máximo enviado
a la guarda y reparo de sus leyes;
éste fue por sus partes señalado
para virrey de donde dos virreyes
por los rebeldes brazos atrevidos
habían sido a la muerte conducidos.

Oliendo el Virrey nuevo las pasiones
y maldades por uso introducidas,
el ánimo dispuesto a alteraciones
en leal apariencia entretejidas,
los agravios, insultos y traiciones
con tanta desvergüenza cometidas,
viendo que aun el tirano no hedía,
que, aunque muerto, de fresco se bullía,

entró como sagaz y receloso,
no mostrando el cuchillo y duro hierro,
que fuera en aquel tiempo peligroso
y dar con hierro en un notable yerro,
mostrándose benigno y amoroso
trayéndoles la mano por el cerro,
hasta tomar el paso a la malicia
y dar más fuerza y mano a la justicia.

En tanto que las cosas disponía
para limpiar del todo las maldades,
quitando las justicias, las ponía
de su mano por todas las ciudades;
éstas eran personas que entendía
haber en ellas justas calidades,
de Dios, del Rey, del mundo temerosas,
en semejantes cargos provechosas.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Entretenía la gente y sustentaba
con són de un general repartimiento,
y el más culpado más premio esperaba,
fundado en el pasado regimiento.
El Marqués entretanto se informaba,
llevando deste error diverso intento,
que no sólo dio pena a los culpados
mas renovó los yerros perdonados;

pues cuando con el tiempo ya pensaron
que estaban sus insultos encubiertos,
en público pregón se renovaron,
y fueron con castigo descubiertos:
que casi en los más pueblos que pecaron
amanecieron en un tiempo muertos
aquellos que con más poder y mano
habían seguido el bando del tirano.

No condeno, Señor, los que murieron
pues fueron perdonados y admitidos
cuando a vuestro servicio en sazón fueron,
y en importante tiempo reducidos,
quedando los errores que tuvieron
a vuestra gran clemencia remitidos.
De vos solo, Señor, es el juzgarlos,
y el poderlos salvar o condenarlos.

Dar mi decreto en esto yo no puedo,
que siempre en casos de honra lo rehuso;
sólo digo el terror y estraño miedo
que en la gente soberbia el Marqués puso
con el castigo, a la sazón acedo,
dejando el reino atónito y confuso,
del temerario hecho tan dudoso
que aun era imaginarlo peligroso.

A quien hallaba culpa conocida
del Pirú le destierra en penitencia,
que es entre ellos la afrenta más sentida,
y que más examina la paciencia;
el justo de ejemplar y llana vida
temeroso escudriña la conciencia,
viendo el rigor de la justicia airada
que ya desenvainado había la espada.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Y algunos capitanes y soldados
que con lustre sirvieron en la guerra
y esperaban de ser gratificados
conforme a los humores de la tierra,
recelando tenerlos agraviados
del reino en són de presos los destierra,
remitiendo las pagas a la mano
de Rey tan poderoso y soberano.

Esto puso suspensa más la gente,
la causa del destierro no sabiendo,
no entiende si es injusta o justamente;
sólo sabe callar y estar tremiendo;
teme la furia y el rigor presente
y a inquirir la razón no se atreviendo,
tiende a cualquier rumor atento oído,
mas no puede sentir más del ruido.

Temor, silencio y confusión andaba,
atónita la gente discurría,
nadie la oculta causa preguntaba,
que aun preguntar error le parecía;
por saber, uno a otro se miraba
y el más sabio los hombros encogía,
temiendo el golpe del furor presente,
movido al parecer por accidente.

Fue hecho tan sagaz, grande y osado
que pocos con razón le van delante,
asaz en estos tiempos celebrado
y a los ánimos sueltos importante;
por él quedó el Pirú atemorizado,
temerario, rebelde y arrogante
y a la justicia el paso más seguro,
con mayor esperanza en lo futuro.

Así enfrenó el Pirú con un bocado
que no le romperá jamás la rienda,
haciendo al ambicioso y alterado
contentarse con sola su hacienda,
y el bullicio y deseo desordenado
le redujo a quietud y nueva emienda;
que poco lo mal puesto permanece
como por la esperiencia al fin parece.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Quien antes no pensaba estar contento
con veinte o treinta mil pesos de renta,
enfrena de tal suerte el pensamiento
que sólo con la vida se contenta;
después hizo el Marqués repartimiento
entre los beneméritos de cuenta,
para esforzar los ánimos caídos
y dar mayor tormento a los perdidos.

Con ejemplos así y acaecimientos,
¿cómo vemos que tantos van errados,
que sobre arena y frágiles cimientos
fabrican edificios levantados?
Bien se muestran sus flacos fundamentos,
pues por tierra tan presto derribados
con afrentoso nombre y voz los vemos,
huyendo su infición cuanto podemos.

¡Oh vano error!, ¡oh necio desconcierto
del torpe que con ánimo inorante
no mira en el peligro y paso incierto
las pisadas de aquel que va delante,
teniendo, a costa ajena, ejemplo cierto,
que el brazo del amigo más constante
ha de esparcir su sangre en su disculpa,
lavando allí la espada de la culpa!

Quiero que esté algún tiempo falsamente
sobre traidores hombros sostenido:
que el viento que se mueva de repente
le aflige, altera y turba aquel ruido,
pues que cuando la voz del Rey se siente
no hay són tan duro y áspero al oído
que tiene solo el nombre fuerza tanta
que los huesos le oprime y le quebranta.

Que le asome Fortuna algún contento,
¡con cuántos sinsabores va mezclado
aquel recelo, aquel desabrimiento,
aquel triste vivir tan recatado!.
Traga el duro morir cada momento,
témese del que está más confiado,
que la vida antes libre y amparada
está sujeta ya a cualquiera espada.



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CANTO XII
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La araucana primera parte



Negando al Rey la deuda y obediencia,
se somete al más mínimo soldado
poniendo en contentarle diligencia
con gran miedo y solícito cuidado;
y aquellos más amigos en presencia,
las lanzas le enderezan al costado
y sobre la cabeza aparejadas
le están amenazando mil espadas.

Cualquier rumor, cualquiera voz le espanta,
cualquier secreto piensa ques negarle;
si el brazo mueve alguno y lo levanta,
piensa el triste que fue para matarle:
la soga arrastra, el lazo a la garganta,
¿qué confianza puede asegurarle?
pues mal el que negar al Rey procura
tendrá con un tirano fe segura.

Si no bastare verlos acabados
tan presto, y que ninguno permanece,
y los rollos y términos poblados
de quien tan justamente lo merece:
bandos, casas, linajes estragados,
con nombre que los mancha y escurece;
baste la obligación con que nacemos
que a Nuestro Rey y príncipe tenemos.

De un paso en otro paso voy saliendo
del discurso y materia que seguía
pero aunque vaya ciego discurriendo
por caminos más ásperos sin guía,
del encendido Marte el són horrendo
me hará que atine a la derecha vía;
y así seguro desto y confiado
me atrevo a reposar, que estoy cansado.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



Hecho el marqués de Cañete el castigo en el Pirú, llegan
mensajeros de Chile a pedirle socorro; el cual, vista ser su
demanda importante y justa, se le envía grande por mar y por
tierra. También contiene al cabo este canto cómo Francisco de
Villagrán, guiado por un indio, viene sobre Lautaro


Dichoso con razón puede llamarse
aquel que en los peligros arrojado
dellos sabe salir sin ensuciarse
y libre de poder ser imputado;
pero quien déstos puede desviarse
le tengo por más bienaventurado;
aunque el peligro afina lo perfeto,
aquel que dél se aparta es el discreto:

que muchas veces da la fantasía
en cosas que seguro nos promete,
y un ánimo a salir con ellas cría,
que con temeridad las acomete;
después en el peligro desvaría,
y no acierta a salir de a do se mete,
que la señora al siervo sometida
pierde la fuerza y tino a la salida.

Veréis en el Pirú que han procurado
levantar el tirano y ayudarle,
para sólo mostrar, después de alzado,
la traidora lealtad en derribarle;
y con designio y ánimo dañado
le dan fuerza, y después viene a matarle
la espada infiel de la maldad autora,
al Rey y amigos pérfida y traidora.

Fraguan la guerra, atizan disensiones
en hábito leal, aunque engañoso,
pensando de subir más escalones
por un áspero atajo y tropezoso.
Al cabo las malvadas intenciones
vienen a fin tan malo y afrentoso
como veréis, si bien miráis la guerra
civil y alteraciones desta tierra.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



Deshechos, pues, del todo los ñublados
por el audaz marqués y su prudencia,
curando con rigor los alterados
como quien entendió bien la dolencia,
en nombre de su Rey, a otros tocados
de aquel olor, descubre la clemencia
que hasta allí del rigor cubierta estaba,
con general perdón que los lavaba.

No el atrevido caso y espantoso
en el Pirú jamás acontecido,
ni el ejemplar castigo riguroso
que amansó el fiero pueblo embravecido
fue en tal tiempo bastante y poderoso
de ensordecer el bárbaro ruido
y la voz araucana y clara fama
que en aquellas provincias se derrama.

Nuevas por mar y tierra eran llegadas
del daño y perdición de nuestra gente
por las vitorias grandes y jornadas
del araucano bárbaro potente;
pidiendo las ciudades apretadas
presuroso socorro y suficiente,
haciendo relación de cómo estaban
y de todas las cosas que pasaban.

Gerónymo Alderete, Adelantado,
a quien era el gobierno cometido,
hombre en estas provincias señalado
y en gran figura y crédito tenido,
donde como animoso y buen soldado
había grandes trabajos padecido,
-no pongo su proceso en esta historia,
que dél la general hará memoria-,

presente no se halla a tanta guerra
y a tales desventuras y contrastes;
mas con vos, gran Felipe, en Inglaterra,
cuando la fe de nuevo allí plantastes.
Allí le distes cargo desta tierra,
de allí con gran favor le despachastes,
pero cortóle el áspero destino
el hilo de la vida en el camino.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



Fue su llorada muerte asaz sentida,
y más el sentimiento acrecentaba
ver el gobierno y tierra tan perdida,
que cada uno por sí se gobernaba.
Andaba la discordia ya encendida,
la ambición del mandar se desmandaba;
al fin, es imposible que acaezca
que un cuerpo sin cabeza permanezca.

Aquellos que de Chile habían venido
a pedir el socorro necesario,
viendo a su Adelantado fallecido
y todo a su propósito contrario,
con un semblante triste y afligido,
de parecer de todos voluntario,
piden a don Hurtado que se vea
y de remedio presto los provea,

diciendo: «Varón claro y excelente,
nuestra necesidad te es manifiesta,
y la fuerza del bárbaro potente
que tiene a Chile en tanto estrecho puesta;
el más fuerte remedio es llevar gente,
ésta ya puedes ver cuán cara cuesta.
De parte de tu Rey te requerimos
nos concedas aquí lo que pedimos.

A tu hijo, ¡oh Marqués!, te demandamos,
en quien tanta virtud y gracia cabe,
porque con su persona confiamos
que nuestra desventura y mal se acabe;
de sus partes, señor, nos contentamos,
pues que por natural cosa se sabe,
y aun acá en el común es habla vieja,
que nunca del león nació la oveja.

Y pues hay tanta falta de guerreros,
haciendo esta jornada don García
se moverá el común y caballeros,
alegres de llevar tan buena guía;
y lo que no podrán muchos dineros
podrá el amor y buena compañía
o la vergüenza y miedo de enojarte
o su propio interés en agradarle».



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



El Marqués de Cañete, respondiendo
a la justa demanda alegremente,
vino en ella de grado, conociendo
ser cosa necesaria y conveniente;
y el hijo, hacienda y deudos ofreciendo,
al punto derramó en toda la gente
gran gana de pasar aquella tierra,
a ejercitar las armas en tal guerra.

Uno se ofrece allí y otro se ofrece,
así gran gente en número se mueve
y aquel que no lo hace, le parece
que falta y no responde a lo que debe;
hasta en cansados viejos reverdece
el ardor juvenil y se remueve
el flaco humor y sangre casi helada
con el alegre son desta jornada.

¡Oh valientes soldados araucanos,
las armas prevenid y corazones,
y el usado valor de vuestras manos
temido en las antárticas regiones,
que gran copia de jóvenes lozanos
descoge en vuestro daño sus pendones,
pensando entrar por toda vuestra tierra
haciendo fiero estrago y cruda guerra!

No con los hierros botos y mohosos
de los que las paredes hermosean,
ni brazos del torpe ocio perezosos
que con gran pesadumbre se rodean,
ni los ánimos hechos a reposos,
que cualquiera mudanza en que se vean
los altera, los turba y entorpece
y el desusado són los desvanece;

mas hierros templadísimos y agudos
en sangre de tiranos afilados,
fuertes brazos, robustos y membrudos,
en dar golpes de muerte ejercitados;
ánimos libres de temor desnudos,
en los peligros siempre habituados,
que el són horrendo que a otros atormenta
los alegra, despierta y alimenta.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



Cosas destas yo pienso que ninguna
os puede derribar de vuestro estado;
mas tiéneme dudoso sola una,
que nadie della ha sido reservado;
ésta es la usada vuelta de Fortuna
que siempre alegre rostro os ha mostrado,
y es inconstante, falsa y variable,
en el mal firme y en el bien mudable.

Que si la guerra el español procura
haciendo de su espada ufana muestra,
querríale preguntar si por ventura
corta por más lugares que la vuestra;
si la fuerza del brazo le asegura
del poder vuestro y vencedora diestra
verá, si mira bien en lo pasado,
el campo, de sus huesos ocupado.

No sé; pero soberbio y encendido
en bélico furor el pueblo veo,
y al más triste español apercebido
de armas, rico aparato y buen deseo.
¡Oh Arauco!, yo te juzgo por perdido;
si las obras igualan al arreo
y no tiempla el camino esta braveza
¡ay de tu presunción y fortaleza!

Del apartado Quito se movieron
gentes para hallarse en esta guerra;
de Loxa, Piura, de Iaén salieron,
de Truxillo, de Guánuco y su tierra;
de Guamanga, Arequipa concurrieron
gran copia; y de los pueblos de la sierra,
La Paz, Cuzco y los Charcas bien armados
bajaron muchos pláticos soldados.

Treme la tierra, brama el mar hinchado
del estruendo, tumultos y rumores
que suenan por el aire alborotado
de pífaros, trompetas y atambores
contra el rebelde pueblo libertado,
amenazando ya sus defensores
con gruesa y reforzada artillería,
que dentro del Estado el són se oía.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



De aparatos, jaeces, guarniciones
los gallardos soldados se arreaban;
sobrevistas y galas, invenciones
nuevas y costosísimas sacaban;
estandartes, enseñas y pendones
al viento en cada calle tremolaban;
vieran sastres y obreros ocupados
en hechuras, recamos y bordados.

Con el concurso y junta de guerreros
el grande estruendo y trápala crecía,
y los prestos martillos de herreros
formaban dura y áspera armonía;
el rumor de solícitos armeros
todo el ancho contorno ensordecía;
los celosos caballos, de lozanos
relinchando, triscaban con las manos.

Andaba así la gente embarazada
con el nuevo bullicio de la guerra,
mas ya de lo importante aparejada
un caudillo salió luego por tierra;
llevando copia della encomendada
atravesó a Atacama y la alta sierra
con la desierta costa y despoblados,
de osamenta de bárbaros sembrados.

La gente principal, todo aprestado,
y reliquias del campo que quedaban,
para romper el mar alborotado
otra cosa que tiempo no aguardaban.
Mas viendo el cielo ya desocupado
y que las bravas olas aplacaban,
con ordenada muestra y rico alarde
salieron de Los Reyes una tarde.

Yo con ellos también, que en el servicio
vuestro empecé y acabaré la vida,
que estando en Inglaterra en el oficio
que aun la espada no me era permitida,
llegó allí la maldad en deservicio
vuestro, por los de Arauco cometida,
y la gran desvergüenza de la gente
a la Real Corona inobediente.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



Y con vuestra licencia, en compañía
del nuevo capitán y Adelantado
caminé desde Londres hasta el día
que le dejé en Taboga sepultado;
de donde, con trabajos y porfía,
de la fortuna y vientos arrojado,
llegué a tiempo que pude juntamente
salir con tan lucida y buena gente.

Otro escuadrón de amigos se me olvida,
no menos que nosotros necesarios,
gente templada, mansa y recogida,
de frailes, provisores, comisarios,
teólogos de honesta y santa vida,
franciscos, dominicos, mercenarios,
para evitar insultos de la guerra,
usados más allí que en otra tierra.

De varias profesiones y colores
sale de Lima una lucida banda
y en el puerto tendidas por las flores
estaban mesas llenas de vianda
con vinos de odoríferos sabores,
donde luego por una y otra banda
sobre la verde hierba reclinados
gustamos los manjares delicados.

Alegres los estómagos, contentos
fuimos a la marina conducidos
a do de verdes ramos y ornamentos
estaban los bateles prevenidos,
y al són de varios y altos instrumentos,
de los caros amigos despedidos
en los ligeros barcos nos metemos,
dando a un tiempo con fuerza al mar los remos.

Los bateles de tierra se alargaban,
dejando con penosa envidia a aquellos
que en la arenosa playa se quedaban
sin apartar los ojos jamás dellos.
Sobre diez galeones arribaban
los prestos barcos, y saltando en ellos
tiempo los marineros no perdieron,
que las velas al viento descogieron.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



De estandartes, banderas, gallardetes
estaban las diez naves adornadas;
hiriendo el fresco viento en los trinquetes
comienzan a moverse sosegadas.
Suenan cañones, sacres, falconetes,
y al doblar de la Isleta embarazadas,
del Austro cargan a babor la escota
tomando al Su-sudueste la derrota.

Las naos por el contrario mar rompiendo
la blanca espuma en torno levantaban,
y a la furia del Austro resistiendo
por fuerza, a su pesar, tierra ganaban;
pero sobre el Garbino revolviendo
de la gran cordillera se apartaban
y de sola una vuelta que viraron
el Guarco, a lesnordeste se hallaron.

Mas presto por la popa el Guarco vimos
con Chinca de otro bordo emparejando;
en alta mar tras éstos nos metimos
sobre la Nasca fértil arribando;
y al esforzado Noto resistimos,
su furia y bravas olas contrastando,
no bastando los recios movimientos
de dos tan poderosos elementos.

¿Qué haya en Pirú, no es caso soberano
tanta mudanza en tres leguas de tierra,
que cuando es en los llanos el verano,
los montes el lluvioso invierno cierra?
Y cuando espesa niebla cubre el llano
en descubierto hiere el sol la sierra
y por esta razón van más crecientes
en el verano abajo las vertientes.

De los vientos, el Austro es el que manda
que deshace los húmidos ñublados,
y por todo aquel mar discurre y anda
del cual son para siempre desterrados;
los otros vientos reinan a la banda
de Atacama, y allí son libertados,
que bajar al Pirú ninguno puede
ni por natural orden se concede.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



Pues las naves, del Austro combatidas,
las espumosas olas van cortando,
que de valientes soplos impelidas
rompen la furia en ellas, azotando
las levantadas proas guarnecidas
de planchas de metal... Pero mirando
al español del bárbaro vecino,
habré de andar más presto este camino.

Correré a Villagrán, el cual por tierra
también en su jornada se apresura,
atravesando la fragosa sierra
que iguala con las nubes su estatura;
diré lo que sucede en esta guerra
y qué rostro le muestra la ventura.
Mas, porque todo venga a ser más claro,
quiero tratar un poco de Lautaro

que estaba con su escuadra de guerreros
en el sitio que dije recogido,
y de foso, fajina y de maderos
le había en breve sazón fortalecido.
Tenía dentro soldados forasteros
que a fama de la guerra habían venido,
reparos, bastimentos y otras cosas
para el lugar y tiempo provechosas.

Sola una senda este lugar tenía
de alertas centinelas ocupada;
otra ni rastro alguno no lo había
por ser casi la tierra despoblada.
Aquella noche el bárbaro dormía
con la bella Guacolda enamorada,
a quien él de encendido amor amaba
y ella por él no menos se abrasaba.

Estaba el araucano despojado
del vestido de marte embarazoso,
que aquella sola noche el duro hado
le dio aparejo y gana de reposo.
Los ojos le cerró un sueño pesado,
del cual luego despierta congojoso,
y la bella Guacolda sin aliento
la causa le pregunta y sentimiento.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



Lautaro le responde: «Amiga mía,
sabrás que yo soñaba en este instante
que un soberbio español se me ponía
con muestra ferocísima delante
y con violenta mano me oprimía
la fuerza y corazón, sin ser bastante
de poderme valer; y en aquel punto
me despertó la rabia y pena junto».

Ella en esto soltó la voz turbada
diciendo: «¡Ay, que he soñado también cuanto
de mi dicha temí, y es ya llegada
la fin tuya y principio de mi llanto!
Mas no podré ya ser tan desdichada
ni Fortuna conmigo podrá tanto
que no corte y ataje con la muerte
el áspero camino de mi suerte.

Trabaje por mostrárseme terrible,
y del tálamo alegre derribarme,
que, si revuelve y hace lo posible
de ti no es poderosa de apartarme:
aunque el golpe que espero es insufrible,
podré con otro luego remediarme,
que no caerá tu cuerpo en tierra frío
cuando estará en el suelo muerto el mío».

El hijo de Pillán con lazo estrecho
los brazos por el cuello le ceñía;
de lágrimas bañando el blanco pecho,
en nuevo amor ardiendo respondía:
«No lo tengáis, señora, por tan hecho
ni turbéis con agüeros mi alegría
y aquel gozoso estado en que me veo
pues libre en estos brazos os poseo.

Siento el veros así imaginativa,
no porque yo me juzgue peligroso;
mas la llaga de amor está tan viva
que estoy de lo imposible receloso:
si vos queréis, señora, que yo viva,
¿quién a darme la muerte es poderoso?
Mi vida está sujeta a vuestras manos
y no a todo el poder de los humanos.



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



¿Quién el pueblo araucano ha restaurado
en su reputación que se perdía,
pues el soberbio cuello no domado
ya doméstico al yugo sometía?
Yo soy quien de los hombros le ha quitado
el español dominio y tiranía:
mi nombre basta solo en esta tierra,
sin levantar espada, a hacer la guerra.

Cuanto más que, teniéndoos a mi lado
no tengo qué temer ni daño espero;
no os dé un sueño, señora, tal cuidado,
pues no os lo puede dar lo verdadero,
que ya a poner estoy acostumbrado
mi fortuna a mayor despeñadero;
en más peligros que éste me he metido
y dellos con honor siempre he salido».

Ella, menos segura y más llorosa,
del cuello de Lautaro se colgaba
y con piadosos ojos, lastimosa,
boca con boca así le conjuraba:
«Si aquella voluntad pura, amorosa,
que libre os di cuando más libre estaba,
y dello el alto cielo es buen testigo,
algo puede, señor, y dulce amigo;

por ella os juro y por aquel tormento
que sentí cuando vos de mí os partistes
y por la fe, si no la llevo el viento,
que allí con tantas lágrimas me distes,
que a lo menos me deis este contento
(si alguna vez de mí ya lo tuvistes),
y es que os vistáis las armas prestamente
y al muro asista en orden vuestra gente».



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CANTO XIII
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La araucana primera parte



El bárbaro responde: «Harto claro
mi poca estimación por vos se muestra:
¿en tan flaca opinión está Lautaro
y en tan poco tenéis la fuerte diestra
que por la redención del pueblo caro
ha dado ya de sí bastante muestra?
¡Buen crédito con vos tengo, por cierto
pues me lloráis de miedo ya por muerto!»

«¡Ay de mí!, que de vos yo satisfecha
-dice Guacolda- estoy, mas no segura:
¿ser vuestro brazo fuerte qué aprovecha,
si es más fuerte y mayor mi desventura?
Mas ya que salga cierta mi sospecha,
el mismo amor que os tengo me asegura
que la espada que hará el apartamiento,
hará que vaya en vuestro seguimiento.

Pues ya el preciso hado y dura suerte
me amenazan con áspera caída
y forzoso he de ver un mal tan fuerte,
un mal como es de vos verme partida,
dejadme llorar antes de mi muerte
esto poco que queda de mi vida:
que quien no siente el mal, es argumento
que tuvo con el bien poco contento».

Tras esto tantas lágrimas vertía
que mueve a compasión el contemplalla,
y así el tierno Lautaro no podía
dejar en tal sazón de acompañalla.
Pero ya la turbada pluma mía
que en las cosas de amor nueva se halla,
confusa, tarda y con temor se mueve
y a pasar adelante no se atreve.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



Llega Francisco de Villagrá de noche sobre el fuerte de los
enemigos sin ser dellos sentido. Da al amanecer súbito en ellos y
a la primera refriega muere Lautaro. Trábase la batalla con harta
sangre de una parte y de otra


¿Cuál será aquella lengua desmandada
que a ofender las mujeres ya se atreva,
pues vemos que es pasión averiguada
la que a bajeza tal y error las lleva,
si una bárbara moza no obligada
hace de puro amor tan alta prueba,
con razones y lágrimas salidas
de las vivas entrañas encendidas?

Que ni la confianza ni el seguro
de su amigo le daba algún consuelo,
ni el fuerte sitio, ni el fosado muro
le basta asegurar de su recelo;
que el gran temor nacido de amor puro
todo lo allana y pone por el suelo,
sólo halla el reparo de su suerte
en el mismo peligro de la muerte.

Así los dos unidos corazones
conformes en amor desconformaban
y dando dello allí demostraciones
más el dulce veneno alimentaban.
Los soldados, en torno los tizones,
ya de parlar cansados reposaban,
teniendo centinelas, como digo,
y el cerro a las espaldas por abrigo.

Villagrá con silencio y paso presto
había el áspero monte atravesado,
no sin grave trabajo, que sin esto
hacer mucha labor es escusado.
Llegado junto al fuerte, en un buen puesto,
viendo que el cielo estaba aun estrellado
paró, esperando el claro y nuevo día,
que ya por el oriente descubría.



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CANTO XIV
Pág. 213 de 239
La araucana primera parte



De ninguno fue visto ni sentido:
la causa era la noche ser escura
y haber las centinelas desmentido,
por parte descuidada por segura;
caballo no relincha ni hay ruido,
que está ya de su parte la ventura:
ésta hace las bestias avisadas
y a las personas, bestias descuidadas.

Cuando ya las tinieblas y aire escuro
con la esperada luz se adelgazaban,
las centinelas puestas por el muro
al nuevo día de lejos saludaban,
y pensando tener campo seguro
también a descansar se retiraban,
quedando mudo el fuerte y los soldados
en vino y dulce sueño sepultados.

Era llegada al mundo aquella hora
que la escura tiniebla, no pudiendo
sufrir la clara vista de la Aurora,
se va en el ocidente retrayendo;
cuando la mustia Clicie se mejora
el rostro al rojo oriente revolviendo,
mirando tras las sombras ir la estrella
y al rubio Apolo Délfico tras ella.

El español, que vee tiempo oportuno,
se acerca poco a poco más al fuerte,
sin estorbo de bárbaro ninguno,
que sordos los tenía su triste suerte;
bien descuidado duerme cada uno
de la cercana inexorable muerte:
cierta señal que cerca della estamos
cuando más apartados nos juzgamos.

No esperaron los nuestros más, que en viendo
ser ya tiempo de darles el asalto,
de súbito levantan un estruendo
con soberbio alarido horrendo y alto;
y en tropel ordenado arremetiendo
al fuerte van a dar de sobresalto:
al fuerte más de sueño bastecido
que al presente peligro apercebido.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



Como los malhechores, que en su oficio
jamás pueden hallar parte segura
por ser la condición propia del vicio
temer cualquier fortuna y desventura,
que no sienten tan presto algún bullicio
cuando el castigo y mal se les figura
y corren a las armas y defensa,
según que cada cual valerse piensa,

así medio dormidos y despiertos
saltan los araucanos alterados,
y del peligro y sobresalto ciertos,
baten toldos y ranchos levantados.
Por verse de corazas descubiertos
no dejan de mostrar pechos airados,
mas con presteza y ánimo seguro
acuden al reparo de su muro.

Sacudiendo el pesado y torpe sueño
y cobrando la furia acostumbrada,
quién el arco arrebata, quién un leño,
quién del fuego un tizón y quién la espada;
quién aguija al bastón de ajeno dueño,
quién por salir más presto va sin nada,
pensando averiguarlo desarmados,
si no pueden a puños, a bocados.

Lautaro a la sazón, según se entiende,
con la gentil Guacolda razonaba;
asegúrala, esfuerza y reprehende
de la desconfianza que mostraba.
Ella razón no admite y más se ofende,
que aquello mayor pena le causaba,
rompiendo el tierno punto en sus amores
el duro són de trompas y atambores.

Mas no salta con tanta ligereza
el mísero avariento enriquecido
que siempre está pensando en su riqueza,
si siente de ladrón algún ruido,
ni madre así acudió con tal presteza
al grito de su hijo muy querido
temiéndole de alguna bestia fiera,
como Lautaro al són y voz primera.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



Revuelto el manto al brazo, en el instante
con un desnudo estoque y él desnudo,
corre a la puerta el bárbaro arrogante,
que armarse así tan súbito no pudo.
¡Oh pérfida Fortuna!, ¡oh inconstante!
¡cómo llevas tu fin por punto crudo,
que el bien de tantos años, en un punto,
de un golpe lo arrebatas todo junto!

Cuatrocientos amigos comarcanos
por un lado la fuerza acometieron,
que en ayuda y favor de los cristianos
con sus pintados arcos acudieron,
que con estrema fuerza y prestas manos
gran número de tiros despidieron:
del toldo el hijo de Pillán salía
y una flecha a buscarle que venía

por el siniestro lado, ¡oh dura suerte!,
rompe la cruda punta y tan derecho,
que pasa el corazón más bravo y fuerte
que jamás se encerró en humano pecho;
de tal tiro quedó ufana la muerte,
viendo de un solo golpe tan gran hecho;
y usurpando la gloria al homicida,
se atribuye a la muerte esta herida.

Tanto rigor la aguda flecha trujo
que al bárbaro tendió sobre la arena,
abriendo puerta a un abundante flujo
de negra sangre por copiosa vena;
del rostro la color se le retrujo,
los ojos tuerce y con rabiosa pena
la alma, del mortal cuerpo desatada,
bajó furiosa a la infernal morada.

Ganan los nuestros foso y baluarte,
que nadie los impide ni embaraza,
y así por veinte lados la más parte
pisaba de la fuerza ya la plaza;
los bárbaros con ánimo y sin arte,
sin celada ni escudo y sin coraza
comienzan la batalla peligrosa,
cruda, fiera, reñida y sanguinosa.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



En oyendo los indios estranjeros
que con Lautaro estaban recogidos
el súbito rumor, salen ligeros,
del miedo y sobresalto apercebidos;
mas sintiendo los golpes carniceros,
el ánimo turbado y los sentidos,
con atentas orejas acechaban
adónde con menor rigor sonaban.

Como tímidos gamos, que el ruido
sienten del cazador y atentamente,
altos los cuellos, tienden el oído
hacia la parte que el rumor se siente,
y el balar de la gama conocido
que apedazan los perros y la gente,
con furioso tropel toman la vía
que más de aquel peligro se desvía;

la baja y vil canalla, acostumbrada
a rendirse al temor de aquella suerte,
por ciega senda inculta y desusada
rompe el camino y desampara el fuerte
acá y allá corriendo derramada:
y era tan grande el miedo de la muerte
que al más valiente y bravo se le antoja
ver un fiero español tras cada hoja.

Pero aquellos que nunca el miedo pudo
hacerlos con peligros de su bando,
poniendo osado pecho por escudo
están la antigua riña averiguando;
la desnuda cabeza del agudo
cuchillo no se vee estar rehusando,
ni rehusa la espada la siniestra,
ejercitando el uso de la diestra.

Que el joven Corpillán, no desmayado
porque su espada y mano vino a tierra
antes en ira súbita abrasado,
contra la parte del contrario cierra;
y habiendo ya la espada recobrado,
la diestra, que aun bullendo el puño afierra,
lejos con gran desdén y furia lanza,
ofreciendo la izquierda a la venganza.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



Flaqueza en Millapol no fue sentida
viéndole atravesado por la ijada
y la cabeza de un revés hendida,
ni por pasalle el pecho una lanzada;
que de espumosa sangre a la salida
vino la media lanza acompañada,
dejando aquel lugar della vacío,
aunque lleno de rabia y nuevo brío:

que a dos manos la maza aprieta fuerte
y con furia mayor la gobernaba:
bien se puede llamar de triste suerte
aquel que el fiero bárbaro alcanzaba;
con la rabia postrera de la muerte
una vez el ferrado leño alzaba,
mas faltóle la vida en aquel punto,
cayendo cuerpo y maza todo junto.

Aunque la muerte en medio del camino
le quebrantó el furor con que venía,
un valiente español a tierra vino
del peso y movimiento que traía,
mas luego puesto en pie, con desatino
hacia el lugar del dañador volvía,
y viendo el cuerpo muerto dar en tierra,
pensando que era vivo, con él cierra,

y encima del cadáver arrojado,
de dar la muerte al muerto deseoso,
recio por uno y por el otro lado
hiere y ofende el cuerpo sanguinoso,
hasta tanto que, ya desalentado,
se firma recatado y sospechoso,
y vio a aquel que aferrado así tenía
vueltos los ojos y la cara fría.

Traía la espada en esto Diego Cano
tinta de sangre, y con Picol se junta,
haciendo atrás la rigurosa mano
el pecho le barrena de una punta;
turbado de la muerte el araucano
cayó en tierra, la cara ya difunta,
bascoso, revolviéndose en el lodo
hasta que la alma despidió del todo.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



De dos golpes Hernando de Alvarado
dio con el suelto Talco en tierra muerto,
pero fue mal herido por un lado
del gallardo Guacoldo en descubierto;
estuvo el español algo atronado,
mas del atronamiento ya despierto,
corriendo al fuerte bárbaro derecho
la espada le escondió dentro del pecho.

El viejo Villagrán, con la sangrienta
espada por los bárbaros rompiendo,
mata, hiere, tropella y atormenta,
a tiempo a todas partes revolviendo;
un golpe a Nico en la cabeza asienta,
el cual los turbios ojos revolviendo
a tierra vino muerto; y de otro a Polo
le deja con el brazo izquierdo solo.

Usadas las espadas al acero,
topando la desnuda carne blanda,
ayudadas de un ímpetu ligero
dan con piernas y brazos a la banda.
No rehusa el segundo ser primero,
antes todos siguiendo una demanda,
como olas que creciendo van, crecían,
y a la muerte animosos se ofrecían.

La gente una con otra así se cierra,
que aún no daban lugar a las espadas;
apenas los mortales van a tierra
cuando estaban sus plazas ocupadas.
Unos por cima de otros se dan guerra,
enhiestas las personas y empinadas
y de modo a las veces se apretaban,
que a meter por la espada se ayudaban.

Las armas con tal rabia y fuerza esgrimen
que los más de los golpes son mortales;
y los que no lo son, así se imprimen
que dejan para siempre las señales;
todos al descargar los brazos gimen
mas salen los efetos desiguales;
que los unos topaban duro acero,
los otros al desnudo y blando cuero.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



Como parten la carne en los tajones
con los corvos cuchillos carniceros,
y cual de fuerte hierro los planchones
baten en dura yunque los herreros,
así es la diferencia de los sones
que forman con sus golpes los guerreros:
quién la carne y los huesos quebrantado,
quién templados arneses abollando.

Pues Juan de Villagrán firme en la silla
contra Guarcondo a toda furia parte,
y la lanza le echó por la tetilla
con una braza de asta a la otra parte.
El bárbaro, la cara ya amarilla,
se arrima desmayado al baluarte,
dando en el suelo súbita caída,
el alma gomitó por la herida.

Pero Rengo, su hermano, que en el suelo
el cuerpo vio caer descolorido,
cuajósele la sangre, y hecho un hielo,
del súbito dolor perdió el sentido;
mas vuelto en sí, se vuelve contra el cielo
blasfemado el soberbio y descreído
y el ñudoso bastón alzando en alto,
a Juan de Villagrán llegó de un salto.

Mas antes Pon con una flecha presta
hirió al caballo en medio de la frente;
empínase el caballo, el cuello enhiesta,
al freno y a la espuela inobediente
y entre los brazos la cabeza puesta,
sacude el lomo y piernas impaciente:
rendido Villagrán al duro hado
desocupó el arzón y ocupó el prado.

Apenas en el suelo había caído
cuando la presta maza decendía
con una estraña fuerza y un ruido,
que rayo o terremoto parecía;
del golpe el español quedó adormido
y el bárbaro con otro revolvía,
bajando a la cabeza de manera
que sesos, ojos y alma le echó fuera.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



Y con venganza tal no satisfecho
del caso desastrado del hermano,
antes con nueva rabia y más despecho
hiere de tal manera a Diego Cano,
que, la barba inclinada sobre el pecho,
se le cayó la rienda de la mano,
y sin ningún sentido, casi frío,
el caballo lo lleva a su albedrío.

En medio de la turba embravecido
esgrime en torno la ferrada maza;
a cuál deja contrecho, a cuál tullido,
cuál el pescuezo del caballo abraza;
quién se tiende en las ancas aturdido,
quién, forzado, el arzón desembaraza:
que todo a su pujanza y furia insana
se le bate, derriba y se le allana.

Por partes más de diez le iba manando
la sangre, de la cual cubierto andaba;
pero no desfallece, antes bramando,
con más fuerza y rigor los golpes daba.
Ligero corre acá y allá saltando,
arneses y celadas abollaba,
hunde las altas crestas, rompe sesos,
muele los nervios, carne y duros huesos.

En esto un gran rumor iba creciendo
de espadas, lanzas, grita y vocería,
al cual confusamente, no sabiendo
la causa, mucha gente allí acudía;
y era un gallardo mozo que, esgrimiendo
un fornido cuchillo, discurría
por medio de las bárbaras espadas,
haciendo en armas cosas estremadas.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



Venía el valiente mozo belicoso
de una furia diabólica movido,
el rostro fiero, sucio y polvoroso,
lleno de sangre y de sudor teñido,
como el potente Marte sanguinoso
cuando de furor bélico encendido
bate el ferrado escudo de Vulcano,
blandiendo la asta en la derecha mano.

Con un diestro y prestísimo gobierno
el pesado cuchillo rodeaba,
y a Cron, como si fuera junco tierno,
en dos partes de un golpe lo tajaba;
tras éste al diestro Pon envía al infierno
y tras de Pon a Lauco despachaba,
no hallando defensa en armadura,
descuartiza, desmiembra y desfigura.

Llamábase éste Andrea, que en grandeza
y proporción de cuerpo era gigante,
de estirpe humilde, y su naturaleza
era arriba de Génova al levante;
pues con aquella fuerza y ligereza
a los robustos miembros semejante,
el gran cuchillo esgrime de tal suerte
que a todos los que alcanza da la muerte.

De un tiro a Guaticol por la cintura
le divide en dos trozos en la arena,
y de otro al desdichado Quilacura
limpio el derecho muslo le cercena;
pues de golpes así desta hechura
la gran plaza de muertos deja llena,
que su espada a ninguno allí perdona,
y unos cuerpos sobre otros amontona.



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CANTO XIV
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La araucana primera parte



A Colca de los hombros arrebata
la cabeza de un tajo, y luego tiende
la espada hacia Maulén, señor de Itata,
y de alto a bajo de un revés le hiende;
lanzas, hachas y mazas desbarata,
que todo el pueblo bárbaro le ofende,
llevando muchos tiros enclavados
en los pechos, espaldas y en los lados.

Como la osa valiente perseguida
cuando le van monteros dando caza
que con rabia, sintiéndose herida,
los ñudosos venablos despedaza,
y furiosa, impaciente, embravecida,
la senda y callejón desembaraza,
que los heridos perros lastimados
le dan ancho lugar escarmentados,

de la misma manera el fiero Andrea
cercado de los bárbaros venía,
pero de tal manera se rodea
que gran camino con la espada abría;
crece el hervor, la grita y la pelea,
tanto que la más gente allí acudía;
he aquí a Rengo también ensangrentado
que llega a la sazón por aquel lado.

Y como dos mastines rodeados
de gozques importunos, que en llegando
a verse, con los cerros erizados
se van el uno al otro regañando,
así los dos guerreros señalados,
las inhumanas armas levantando,
se vienen a herir... Pero el combate
quiero que al otro canto se dilate.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



En este quinceno y último canto se acaba la batalla en la cual
fueron muertos todos los araucanos, sin querer alguno dellos
rendirse. Y se cuenta la navegación que las naos del Pirú hicieron
hasta llegar a Chile y la grande tormenta que entre el río Maule y
el puerto de la concepción pasaron


¿Qué cosa puede haber sin amor buena?
¿Qué verso sin amor dará contento?
¿Dónde jamás se ha visto rica vena
que no tenga de amor el nacimiento?
No se puede llamar materia llena
la que de amor no tiene el fundamento;
los contentos, los gustos, los cuidados,
son, si no son de amor, como pintados.

Amor de un juicio rústico y grosero
rompe la dura y áspera corteza,
produce ingenio y gusto verdadero
y pone cualquier cosa en más fineza.
Dante, Ariosto, Petrarca y el Ibero,
amor los trujo a tanta delgadeza
que la lengua más rica y más copiosa,
si no trata de amor, es desgustosa.

Pues yo, de amor desnudo y ornamento,
con un inculto ingenio y rudo estilo,
¿cómo he tenido tanto atrevimiento,
que me ponga al rigor del crudo filo?
Pero mi celo bueno y sano intento,
esto me hace a mí añudar el hilo,
que ya con el temor cortado había,
pensando remediar esta osadía.

Quíselo aquí dejar, considerado
ser escritura larga y trabajosa,
por ir a la verdad tan arrimado
y haber de tratar siempre de una cosa;
que no hay tan dulce estilo y delicado
ni pluma tan cortada y sonorosa
que en un largo discurso no se estrague
ni gusto que un manjar no le empalague.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Que si a mi discreción dado me fuera
salir al campo y escoger las flores,
quizá el cansado gusto removiera
la usada variedad de los sabores,
pues como otros han hecho, yo pudiera
entretejer mil fábulas y amores;
mas ya que tan adentro estoy metido,
habré de proseguir lo prometido.

Al lombardo dejé y al araucano
donde la guerra andaba más trabada,
que vienen a juntarse mano a mano,
la espada alta y la maza levantada.
De malla está cubierto el italiano,
el indio la persona desarmada
y así como más suelto y más ligero,
en descargar el golpe fue el primero.

El membrudo italiano, como vido
la maza y el rigor con que bajaba,
alzó el escudo en alto y recogido
debajo dél, el golpe reparaba;
por medio el fuerte escudo fue rompido
y en modo la cabeza le cargaba,
que, batiendo los dientes, vio en el suelo
la estrellas más mínimas del cielo.

El brazo descargó, que alto tenía,
sobre el valiente bárbaro el lombardo,
pensando que dos piezas le haría
según era del ánimo gallardo,
pero Rengo, que punto no perdía,
como una onza ligera y suelto pardo,
un presto salto dio a la diestra mano,
de suerte que el cuchillo bajó en vano.

Tras esto el diestro bárbaro rodea
la poderosa maza, de manera
que acertarle de lleno, no al Andrea
pero un duro peñasco deshiciera.
Igual andaba entre ellos la pelea,
aunque temo yo a Rengo a la primera
vez que el cuchillo baje, si le halla,
que habrá fin con su muerte la batalla.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Mas con destreza y gran reportamiento,
desnudo de armas y de esfuerzo armado,
entra, sale y revuelve como el viento,
que en maña y ligereza era estremado;
hace siempre su golpe, y al momento
le halla el enemigo así apartado,
que aunque el cuchillo de dos brazos fuera,
alcanzar a herirle no pudiera.

Mil golpes por el aire arroja en vano
el furioso italiano embravecido,
viendo cómo desnudo un araucano
y él armado, le tiene en tal partido;
la izquierda junta a la derecha mano
y apretando la espada, de corrido
al bárbaro arremete, altos los brazos,
pensando dividirle en dos pedazos.

El araucano con mañoso brío,
baja la maza, firme lo esperaba
mas el cuerpo hurtó con un desvío
al tiempo que el cuchillo derribaba,
así que el brazo y golpe dio en vacío,
y de la fuerza inmensa que llevaba
el gran cuchillo sustentar no pudo,
quedando allí con sólo medio escudo.

Pues como tal lo vio, suelta la maza,
cerrando el presto bárbaro de hecho
y cuerpo a cuerpo así con él se abraza,
que le imprime las mallas en el pecho;
no por esto el lombardo se embaraza
mas piensa dél así haber más derecho,
y con brazos durísimos lo afierra
creyendo levantarlo de la tierra.

Lo que el valiente Alcides hizo a Anteo,
quiso el nuestro hacer del araucano;
mas no salió fortuna a su deseo
y así el deseado efeto salió en vano,
que el esforzado Rengo de un rodeo
lo lleva largo trecho por el llano,
sobre los cuerpos muertos tropezando,
siempre con más furor sobre él cargando.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Andrea, de empacho ardiendo en rabia viva,
sintiéndose de un hombre así apurado,
firme en el suelo con los pies estriba,
cobrando esfuerzo del honor sacado,
y de manera sobre Rengo arriba
que de tierra lo lleva levantado,
que era de fuerza grande y de gran prueba,
bastante a comportar la carga nueva.

Yo vi, entre muchos jóvenes valientes
sobre pruebas de fuerza porfiando,
trabar él una cuerda con los dientes,
asiendo cuatro della; y estribando
todos a un tiempo a parte diferentes,
a su pesar llevarlos arrastrando,
y de solos los dientes se valía,
que las manos atrás presas tenía.

Y con facilidad y poca pena
la mayor bota o pipa que hallaba,
capaz de veinte arrobas, de agua llena,
de tierra un codo y más la levantaba;
y suspendida sin verter, serena,
la sed por largo espacio mitigaba,
bajándola después al suelo llano
como si fuera un cántaro liviano.

Aconteció otras veces, barqueando
ríos en esta tierra caudalosos,
ir la corriente el ímpetu esforzando
a desbravar en riscos peñascosos,
arrebatando el barco, no bastando
la fuerza de los remos presurosos
y él, cubierto de malla como estaba,
luego animoso al agua se arrojaba;

y una cuerda en la boca, revolviendo
al furioso raudal el duro pecho,
los pies y fuertes brazos sacudiendo,
rompía por la canal casi derecho
remolcando la barca y resistiendo
el ímpetu del agua, del estrecho
la sacaba a la orilla en salvamento,
haciendo otras mil cosas que no cuento.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



A Rengo aquí también sobrepujaba
que no fue de su fuerza menor prueba;
pero Rengo, que en ira se abrasaba,
viendo que sin firmarse alto lo lleva,
hizo por fuerza pie y sobre él tornaba,
sacando la vergüenza fuerza nueva;
pero al cabo los dos se desasieron
y otra vez a las armas acudieron.

Y comienzan de nuevo el fiero asalto
como si descansaran todo el día:
ora presto por bajo, ora por alto,
sin miedo el uno al otro acometía.
Rengo, que de armadura estaba falto
con tal destreza y maña se regía
que sostiene en un peso aquella guerra,
no perdiendo una mínima de tierra.

Con presteza una vez tal golpe asienta
al valiente cristiano por un lado
que toda la persona le atormenta
según que fue de fuerza muy cargado;
otro redobla, y otro y a mi cuenta
al cuarto, que bajaba más pesado,
el astuto italiano se desvía
y de una punta al bárbaro hería.

La espada le atraviesa el brazo fuerte
abriéndole en el lado una herida;
mas fue tal su ventura y diestra suerte
que no le privó el golpe de la vida;
el bárbaro en ponzoña se convierte
y con braveza fuera de medida
con el fiero enemigo fue en un punto,
descargando la maza todo junto.

El italiano en alto el medio escudo
alzó, por recoger el golpe estraño
pero del todo resistir no pudo,
aunque se reparó parte del daño.
Batióle la cabeza el golpe crudo,
y cual si el morrión fuera de estaño
y no de fuerte pasta bien templado,
así de aquella vez quedó abollado.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Dos o tres pasos dio desvanecido
del golpe el italiano, vacilando,
perdida la memoria y el sentido
y anduvo por caer titubeando;
la sangre por el uno y otro oído
le reventó en gran flujo, como cuando
revienta de abundancia alguna fuente,
y en pie se tuvo bien difícilmente.

Pero vuelto en su acuerdo, que se mira
lleno de sangre y puesto en tal estado,
más furioso que nunca, ardiendo en ira
de verse así de un bárbaro tratado,
el brazo con el pie diestro retira
para tomar más fuerza y el pesado
cuchillo derribó con tal ruido
que revocó en los montes del sonido.

Rengo, que el gran cuchillo bajar siente
y el ímpetu y furor con que venía,
cruzando la alta maza osadamente,
al reparo debajo se metía,
no fue la asta defensa suficiente
por más barras de acero que tenía,
que a tierra vino della una gran pieza
y el furioso cuchillo a la cabeza.

Fue este golpe terrible y peligroso
por do una roja fuente manó luego,
y anduvo por caer Rengo dudoso,
atónito y de sangre casi ciego.
El italiano allí no perezoso,
viendo que no era tiempo de sosiego,
baja otra vez el gran cuchillo agudo
con todo aquel vigor que dalle pudo.

En medio de la frente en descubierto
hiere al turbado Rengo el italiano,
y hubiérale de arriba abajo abierto
si no torciera al descargar la mano;
el golpe fue de llano y como muerto
vino al suelo tendido el araucano
y el cuchillo, del golpe atormentado
por tres o cuatro partes fue quebrado.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Crino, que volvió el rostro al gran ruido
del poderoso golpe y la caída,
viendo al valiente Rengo así tendido
pensó que era pasado desta vida
y de amistad y deudo comovido,
la espada de su propio amo homicida,
que en Penco Tucapel ganado había,
en venganza del bárbaro esgrimía.

Pasa al Andrea de un golpe el estofado
no reparando en él la cruda espada,
que, rompiendo la malla por el lado,
le penetró hasta el hueso la estocada;
vuelve con un mandoble, y recatado
Andrea, viendo venir la cuchillada,
fue tan presto con él por resistirle
que no le dejó tiempo de herirle.

Sin darle más lugar, con él se afierra,
donde en satisfación de la herida,
alzándole bien alto de la tierra
de espaldas le tendió con gran caída;
y por dar presto fin a aquella guerra,
la espada le quitó y luego la vida,
metiéndose tras esto por la parte
que andaba más sangriento el fiero Marte.

Hiende por do el montón vee más estrecho:
¡triste de aquel que allí con él se junta!
Uno parte al través, otro al derecho,
otro al sesgo, otro ensarta de una punta;
otros que tiende, aún no bien satisfecho,
a coces los quebranta y descoyunta:
brazos, cabezas por el aire avienta
sin término, sin número, ni cuenta.

El buen Lasarte con la diestra airada
en medio del furor se desenvuelve;
pasa el pecho a Talcuén de una estocada,
y sobre Titaguán furioso vuelve;
abrióle la cabeza desarmada
mas el rabioso bárbaro revuelve,
y antes que la alma diese, le da un tajo
que se tuvo al arzón con gran trabajo.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Pacheco a Norpa abrió por el costado
y a Longoval derriba tras él, muerto;
pues Juan Gómez también por aquel lado,
de fresca sangre bárbara cubierto,
había de un golpe a Colca derribado
y a Galvo el desarmado vientre abierto;
el bárbaro mortal, la color vuelta,
dio en el postrer sospiro la alma envuelta.

Gabriel de Villagrán no estaba ocioso,
que a Zinga y a Pillolco había tendido,
y andaba revolviéndose animoso
entre los hierros bárbaros metido.
El rumor de las armas sonoro,
los varios apellidos y el ruido,
a las aves confusas y turbadas
hacen estar mirándolas paradas.

Crece la rabia y el furor se enciende,
la gente por juntarse se apiñaba,
que ya ninguno más lugar pretende
del que para morir en pie bastaba.
Quién corta, quién barrena, rompe, hiende,
y era el estrecho tal y priesa brava
que, sin caer los muertos, de apretados
quedaban a los vivos arrimados.

La soberbia, furor, desdén, denuedo,
la priesa de los golpes y dureza
figurarla del todo aquí no puedo
ni la pluma llevar con tal presteza.
De la muerte ninguno tiene miedo,
antes, si vuelve el rostro, más tristeza
mostraban, porque claro conocían
que vencidos quedaban si vivían.

Mas aunque de vivir desconfiaban,
perdida de vencer ya la esperanza,
el punto de la muerte dilataban
por morir con alguna más venganza,
y no por esto el paso retiraban
ni el pecho rehusaban de la lanza,
si por mover un paso, como digo,
dejasen de ofender al enemigo.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Cuatro aquí, seis allí, por todos lados
vienen sin detenerse a tierra muertos,
unos de mil heridas desangrados,
de la cabeza al pecho otros abiertos;
otros por las espadas y costados
los bravos corazones descubiertos,
así dentro en los pechos palpitaban
que bien el gran coraje declaraban.

Quién en sus mismas tripas tropezando
al odioso enemigo arremetía;
quién por veinte heridas resollando
las cubiertas entrañas descubría;
allí se vio la vida estar dudando
por qué puerta de súbito saldría;
al fin salía por todas y a un momento
faltaba fuerza, vida, sangre, aliento.

Ya pues, no estaba en pie la octava parte
de los bárbaros: muertos, no rendidos;
Villagrán, que miraba esto de aparte,
viendo los que quedaban tan heridos,
les envió dos indios de su parte
a decir que se entreguen por vencidos
sometiéndose al yugo y obediencia
y que usará con ellos de clemencia.

Todos los españoles retrujeron
las espadas y el paso en el momento,
y los dos mensajeros propusieron
el pacto, condición y ofrecimiento;
pero los araucanos, cuando oyeron
aquel partido infame, el corrimiento
fue tanto y su coraje, que respuesta
no dieron a la plática propuesta.

Los ojos contra el cielo vueltos, braman.
«¡Morir!, ¡morir!», no dicen otra cosa.
Morir quieren, y así la muerte llaman
gritando: «¡Afuera vida vergonzosa!»
Esta fue su respuesta y esto claman,
y a dar fin a la guerra sanguinosa
se disponen con ánimo y braveza,
sacando nuevas fuerzas de flaqueza.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Espaldas con espaldas se juntaban
algunos de rodillas combatiendo,
que las tullidas piernas les faltaban,
sostenerse sobre ellas no pudiendo
y aun así las espadas rodeaban;
otros, que ya en el suelo retorciendo
se andaban, por dañar lo que podían,
a los contrarios pies se revolvían.

Viéranse vivos cuerpos desmembrados
con la furiosa muerte porfiando,
en el lodo y sangraza derribados,
que rabiosos se andaban revolcando
de la suerte que vemos los pescados
cuando se va algún lago desaguando,
que entre dos elementos se estremecen,
y en ellos revolcándose perecen.

Si el crudo Sylla, si Nerón sangriento
(por más sed que de sangre ellos mostraran)
della vieran aquí el derramamiento,
yo tengo para mí que se hartaran,
pues con mayor rigor, a su contento,
en viva sangre humana se bañaran,
que en Campo Marcio Sylla carnicero,
y en el Foro de Roma el bestial Nero.

Quedaron por igual todos tendidos
aquellos que rendir no se quisieron,
que ya al fin de la vida conducidos
a la forzosa muerte se rindieron;
los lasos españoles mal heridos
de la cercada plaza se salieron,
de armas y cuerpos bárbaros tan llena
que sobre ellos andaban a gran pena.

Ningún bárbaro en pie quedó en el fuerte
ni brazo que mover pudiese espada.
Sólo Mallén, que al punto de la muerte
le dio de vivir gana acelerada,
y rendido al temor y baja suerte,
viéndose de una fiera cuchillada
en el siniestro brazo mal herido,
detrás de un paredón se había escondido.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



No sintiendo el rumor que antes se oía,
que en torno retumbaba todo el llano
(que, como dije, ya la muerte había
puesto silencio con airada mano),
dejó aquel paredón, y a ver salía
si hallaba por allí algún araucano
a quien se encomendar que le salvase
y la sensible llaga le apretase.

Mas cuando vio la plaza cuál estaba
y en sus amigos tal carnicería
que aunque la muerte los desfiguraba,
la envidia conocidos los hacía,
con ira vergonzosa, presentaba
la espalda al corazón, y así decía:
«¡Cómo! ¿yo solo quedo por testigo
de la muerte y valor de tanto amigo?

«Cobarde corazón, por cierto indigno
de algún golpe de espada valerosa,
pues fue por eleción y no destino
perder una sazón tan venturosa;
tú me apartaste, ¡oh flaco!, del camino
de un eterno vivir y a vergonzosa
muerte he venido ya con mengua tuya,
por más que la mi diestra lo rehuya.

«Si a mi sangre con ésta del Estado
mezclarse aquí le fuere concebido,
viendo mi cuerpo entre éstos arrojado,
aunque de brazo débil ofendido,
quizá seré en el número contado
de los que así su patria han defendido;
mas, ¡ay triste de mí!, que en la herida
será mi flaca mano conocida.

¿Qué indicios bastarán, qué recompensa,
qué emienda puedo dar de parte mía,
que yo satisfacer pueda a la ofensa
hecha a mi honor y patria y compañía?
Yo turbo el claro honor y fama inmensa
de tantos, pues podrán decir que había
entre ellos quien de miedo, bajamente,
del enemigo apenas vio la frente.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



«¿Por qué al temor doy fuerzas dilatando
con prolijas razones mi jornada?
¿Arrepentirme qué aprovecha cuando
ya el arrepentimiento vale nada?»
Aquí cerró la voz y no dudando,
entrega el cuello a la homicida espada:
corriendo con presteza el crudo filo,
sin sazón de la vida cortó el hilo.

Cese el furor del fiero Marte airado
y descansen un poco las espadas,
entretanto que vuelvo al comenzado
camino de las naves derramadas,
que contra el recio Noto porfiado,
de Neptuno las olas levantadas
proejando por fuerza iban rompiendo,
del viento y agua el ímpetu venciendo.

Por entre aquellas islas navegaron
de Sangallá, do nunca habita gente,
y las otras ignotas se dejaron
a la diestra de parte del poniente;
a Chaule a la siniestra, y arribaron
en Arica, y después difícilmente
vimos a Copiapó, valle primero
del distrito de Chile verdadero.

Allí con libertad soplan los vientos
de sus cavernas cóncavas saliendo,
y furiosos, indómitos, violentos,
todo aquel ancho mar van discurriendo,
rompiendo la prisión y mandamientos
de Eolo, su rey, el cual temiendo
que el mundo no arruinen, los encierra
echándoles encima una gran sierra.

No con esto su furia corregida,
viéndose en sus cavernas apremiados,
buscan con gran estruendo la salida
por los huecos y cóncavos cerrados;
y así la firme tierra removida
tiembla, y hay terremotos tan usados,
derribando en los pueblos y montañas
hombres, ganados, casas y cabañas.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Menguan allí las aguas, crece el día
al revés de la Europa, porque es cuando
el sol del equinocio se desvía
y al Capricornio más se va acercando.
Pues desde allí las naves que a porfía
corren, al mar y al Austro contrastando,
de Bóreas ayudadas luego fueron
y en el puerto coquímbico surgieron.

Apenas en la deseada arena,
salidos de las naos el pie firmamos,
cuando el prolijo mar, peligro y pena
de tan largos caminos olvidamos,
y a la nueva ciudad de La Serena,
ques dos leguas del puerto, caminamos
en lozanos caballos guarnecidos,
al esperado tiempo prevenidos.

Donde un caricioso acogimiento
a todos nos hicieron y hospedaje,
estimando con grato cumplimiento
el socorro y larguísimo viaje,
y de dulce refresco y bastimento
al punto se aprestó el matalotaje,
con que se reparó la hambrienta armada,
del largo navegar necesitada.

A la gente y caballos aguardaban
que, por áspera tierra y despoblados
rompiendo, con esfuerzo caminaban,
de hambres y trabajos fatigados;
pero a cualquier fortuna contrastaban,
y desde poco a la ciudad llegados,
un mes en mucho vicio reposaron,
hasta que los caballos reformaron.

Al fin del cual, sin esperar la flota,
reparados del áspero camino,
toman de su demanda la derrota,
llevando a la derecha el mar vecino;
pasan la fértil Ligua y a Quillota
la dejaron a un lado, que convino
entrar en Mapocho, que es do pararon
las reliquias de Penco que escaparon.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



El sol del común Géminis salía
trayendo nuevo tiempo a los mortales,
y del solsticio por zenit hería
las partes y región setentrionales.
Cuando es mayor la sombra al mediodía
por este apartamiento en las australes
y los vientos en más libre ejercicio
soplan con gran rigor del austral quicio,

nosotros, sin temor de los airados
vientos, que entonces con mayor licencia
andan en esta parte derramados
mostrando más entera su violencia,
a las usadas naves retirados,
con un alegre alarde y aparencia
las aferradas áncoras alzamos,
y al norueste las velas entregamos.

La mar era bonanza, el tiempo bueno,
el viento largo, fresco y favorable,
desocupado el cielo y muy sereno,
con muestra y parecer de ser durable.
Seis días fuimos así; pero al seteno,
Fortuna, que en el bien jamás fue estable,
turbó el cielo de nubes, mudó el viento,
revolviendo la mar desde el asiento.

Bóreas furioso aquí tomó la mano
con presurosos soplos esforzados,
y súbito en el mar tranquilo y llano
se alzaron grandes montes y collados.
Los españoles, que el furor insano
vieron del agua y viento atribulados,
tomaron por partido estar en tierra
aunque del todo hubiera fin la guerra.

De mi nave podré sólo dar cuenta,
que era la capitana de la armada,
que arrojada de la áspera tormenta
andaba sin gobierno derramada;
pero ¿quién será aquel que en tal afrenta
estará tan en sí, que falte en nada?
Que el general temor apoderado
no me dejó aun para esto reservado.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Con tal furia a la nave el viento asalta
y fue tan recio y presto el terremoto,
que la cogió la vela mayor alta,
y estaba en punto el mástil de ser roto;
mas viendo el tiempo así turbado, salta
diciendo a grandes voces el piloto:
«¡Larga la triza en banda!, ¡larga, larga!,
¡larga presto, ¡ay de mí!, que el viento carga!».

La braveza del mar, el recio viento,
el clamor, alboroto, las promesas
el cerrarse la noche en un momento
de negras nubes, lóbregas y espesas;
los truenos, los relámpagos sin cuento,
las voces de pilotos y las priesas
hacen un són tan triste y armonía,
que parece que el mundo perecía.

«¡Amaina!, ¡amaina!», gritan marineros:
«¡amaina la mayor! ¡iza trinquete!»
Esfuerzan esta voz los pasajeros,
y a la triza un gran número arremete;
los otros de tropel corren ligeros
a la escota, a la braza, al chafaldete,
mas del viento la fuerza era tan brava
que ningún aparejo gobernaba.

Ábrese el cielo, el mar brama alterado,
gime el soberbio viento embravecido;
en esto un monte de agua levantado
sobre las nubes con un gran ruido
embistió el galeón por un costado
llevándolo un gran rato sumergido,
y la gente tragó del temor fuerte
a vueltas de agua, la esperada muerte.

Mas quiso Dios que de la suerte como
la gran ballena, el cuerpo sacudiendo,
rompe con el furioso hocico romo,
de las olas el ímpeto venciendo,
descubre y saca el espacioso lomo
en anchos cercos la agua revolviendo,
así debajo el mar sacó el navío
vertiendo a cada banda un grueso río.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



El proceloso Bóreas más crecido
la mar hasta los cielos levantaba,
y aunque era un mangle el mástil muy fornido
sobre la proa la alta gavia estaba;
la gente con gran fuerza y alarido
en amainar la vela porfiaba,
que en forma de arco el mástil oprimía
y así la racamenta no corría.

Eolo, o ya fue acaso, o se doliendo
del afligido pueblo castellano,
iba al valiente Bóreas recogiendo,
queriendo él encerrarle por su mano;
y abriendo la caverna, no advirtiendo
al Céfiro, que estaba más cercano,
rotas ya las cadenas a la puerta,
salió bramando al mar, viéndola abierta.

Y con violento soplo, arrebatando
cuantas nubes halló por el camino,
se arroja al levantado mar, cerrando
más la noche con negro torbellino,
y las valientes olas reparando,
que del furioso cierzo repentino
iban la vía siguiendo, las airaba,
y el removido mar más alteraba.

Súbito la borrasca y travesía
y un turbión de granizo sacudieron
por un lado a la nao, y así pendía
que al mar las altas gavias decendieron.
Fue la furia tan presta, que aún no había
amainado la gente; y cuando vieron
los pilotos la costa y viento airado,
rindieron la esperanza al duro hado.

La nao, del mar y viento contrastada
andaba con la quilla descubierta,
ya sobre sierras de agua levantada,
ya debajo del mar toda cubierta.
Vino en esto de viento una grupada
que abrió a la agua furiosa una ancha puerta,
rompiendo del trinquete la una escota
y la mura mayor fue casi rota.



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CANTO XV
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La araucana primera parte



Alzóse un alarido entre la gente
pensando haber del todo zozobrado,
miran al gran piloto atentamente
que no sabe mandar de atribulado.
Unos dicen: «¡zaborda!»; otros; «¡detente!»,
«¡cierra el timón en banda!», y cuál turbado
buscaba escotillón, tabla o madero
para tentar el medio postrimero.

Crece el miedo, el clamor se multiplica,
uno dice: «¡a la mar!»; otro: «¡arribemos!»;
otro da grita: «¡amaina!»; otro replica:
«¡A orza, no amainar, que nos perdemos!»;
otro dice: «¡herramientas, pica, pica!;
¡mástiles y obras muertas derribemos!»
Atónita de acá y de allá la gente
corre en montón confuso diligente.

Las gúmenas y jarcias rechinaban
del turbulento Céfiro estiradas;
y las hinchadas olas rebramaban
en las vecinas rocas quebrantadas,
que la escura tiniebla penetraban
y cerrazón de nubes intricadas;
y así en las peñas ásperas batían,
que blancas hasta el cielo resurtían.

Travesía era el viento y por vecina
la brava costa de arrecifes llena,
que del grande reflujo en la marina
hervía el agua mezclada con la arena;
rota la scota, larga la bolina,
suelto el trinquete, sin calar la entena
y la poca esperanza quebrantada
por el furioso viento arrebatada.

LAUS DEO


Fin de la primera parte


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