La araucana segunda parte: 025

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CANTO XVII
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La araucana segunda parte


Llegada, pues, la voz a los oídos
de nuestros enemigos conjurados,
no mirando a los tratos y partidos
por una parte y otra asegurados,
con súbita presteza apercebidos
de municiones, armas y soldados,
sin aguardar a más, trataron luego
de darnos el asalto a sangre y fuego.

Juntos para el efeto en Talcaguano,
dos millas poco más de nuestro asiento,
el esforzado mozo Gracolano,
de gran disposición y atrevimiento,
dijo en voz alta: «¡Oh gran Caupolicano!,
si en algo es de estimar mi ofrecimiento,
prometo que mañana en el asalto,
arbolaré mi enseña en lo más alto.

Y porque a ti, señor, y a todos quiero
haceros de mis obras satisfechos,
con esta usada lanza me profiero
de abrir lugar por los contrarios pechos,
y que será mi brazo el que primero
barahuste las armas y pertrechos,
aunque más dificulten la subida
y todo el universo me lo impida».

Así dijo; y los bárbaros en esto,
porque ya las estrellas se mostraban,
al fuerte, en escuadrón, con paso presto
cubiertos de la noche se acercaban,
y en una gran barranca, oculto puesto,
al pie de la montaña reparaban,
aguardando en silencio aquella hora
que suele aparecer la clara aurora.

Aquella noche, yo mal sosegado,
reposar un momento no podía,
o ya fuese el peligro o ya el cuidado
que de escribir entonces yo tenía.
Así imaginativo y desvelado,
revolviendo la inquieta fantasía,
quise de algunas cosas desta historia
descargar con la pluma la memoria.


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