La araucana segunda parte: 029

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CANTO XVII
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La araucana segunda parte


Estuve tal un rato, de repente
viéndome arriba, que mirar no osaba,
tanto que acá y allá medrosamente
los temerosos ojos rodeaba;
allí el templado céfiro clemente
lleno de olores varios respiraba,
hasta la cumbre altísima el collado
de verde yerba y flores coronado.

Era de altura tal que no podría
un liviano neblí subir a vuelo,
y así, no sin temor, me parecía
mirando abajo estar cerca del cielo;
de donde con la vista descubría
la grande redondez del ancho suelo,
con los términos bárbaros ignotos
hasta los más ocultos y remotos.

Viéndome, pues, Belona allí subido
me dijo: «El poco tiempo que te queda
para que puedas ver lo prometido
hace que detenerme más no pueda:
mira aquel grueso ejército movido,
el negro humo espeso y polvoreda
en el confín de Flandes y de Francia
sobre una plaza fuerte de importancia.

Después que Carlos Quinto hubo triunfado
de tantos enemigos y naciones,
y como invicto príncipe hollado
las árticas y antárticas regiones,
triunfó de la fortuna y vano estado
y aseguró su fin y pretensiones
dejando la imperial investidura
en dichosa sazón y coyuntura;


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