La araucana segunda parte: 036

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CANTO XVIII
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La araucana segunda parte


así la fiera gente vitoriosa,
con prestas manos y con pies ligeros,
de la golosa presa codiciosa,
abre puertas, ventanas y agujeros,
sacando diligente y presurosa
cofres, tapices, camas y rimeros
y lo de más y menos importancia,
sin dejar una mínima ganancia.

No los ruegos, clamores y querellas,
que los distantes cielos penetraban,
de viudas y huérfanas doncellas
la insaciable codicia moderaban;
antes, rompiendo sin piedad por ellas,
a lo más defendido se arrojaban,
creyendo que mayor ganancia había
donde más resistencia se hacía.

Viéranse ya las vírgines corriendo
por las calles, sin guardia, a la ventura
los bellos rostros con rigor batiendo,
lamentando su hado y suerte dura;
y las míseras monjas, que rompiendo
sus estatutos, límite y clausura,
de aquel temor atónito llevadas,
iban acá y allá descarriadas.

Mas el pío Felipe, antes que entrasen
había mandado a todas las naciones
que con grande cuidado reservasen
las mujeres y casas de oraciones,
y amigos y conformes evitasen
pendencias peligrosas y quistiones:
que del saco y la presa a cada una
diese su parte franca la fortuna.

Las mujeres, que acá y allá perdidas,
llevadas del temor, sin tiento andaban,
por orden de Felipe recogidas
en seguro lugar las retiraban,
donde de fieles guardas defendidas
del bélico furor las amparaban;
que aunque fueron sus casas saqueadas,
las honras les quedaron reservadas.


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