La araucana segunda parte: 037

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CANTO XVIII
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La araucana segunda parte


Que los fieros soldados, obedientes
al cristiano y espreso mandamiento,
se mostraban en esto continentes,
frenando aun el primero movimiento;
la revuelta y la mezcla de las gentes,
la mucha confusión y poco tiento
hizo que el daño en la ciudad creciese
y un repentino fuego se encendiese.

Súbito allí la llama alimentada,
arrojando espesísimas centellas,
del fresco viento céfiro ayudada
procuraba subir a las estrellas;
la miserable gente afortunada,
con dolorosas voces y querellas,
fijos los tiernos ojos en el cielo,
desmayando, esforzaban más el duelo.

A todas partes gritos lastimosos
en vano por el aire resonaban
y los tristes franceses temerosos
en las contrarias armas se arrojaban,
eligiendo por fuerza vergonzosos
el modo de morir que rehusaban,
antes que, como flacos, encerrados,
ser en llamas ardientes abrasados.

Mas del piadoso Rey la gran clemencia
había las fieras armas embotado,
que con remedio presto y diligencia
todo el furor y fuego fue apagado;
al fin, sin más defensa y resistencia,
dentro de Sanquintín quedó alojado,
con la llave de Francia ya en la mano,
hasta París abierto el paso llano.

El sol ya poco a poco declinaba
al hemisferio antártico encendido,
cuando yo, que alegrísimo miraba
todo lo que en mi canto habéis oído,
vi cerca una mujer que me hablaba,
más blanco que la nieve su vestido,
grave, muy venerable en el aspecto,
persona al parecer de gran respecto,


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