La araucana segunda parte: 047

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CANTO XVIII
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La araucana segunda parte


Era de tierna edad, pero mostraba
en su sosiego discreción madura,
y a mirarme parece la inclinaba
su estrella, su destino y mi ventura.
Yo, que saber su nombre deseaba,
rendido y entregado a su hermosura,
vi a sus pies una letra que decía:
DEL TRONCO DE BAZÁN DOÑA MARÍA.

Y por saber más della, revolviendo
el rostro y voz a la prudente guía,
súbito el alboroto y fiero estruendo
de las bárbaras armas y armonía
me despertó del dulce sueño, oyendo:
«¡Arma, arma!»; ¡presto, presto!», y parecía
romper el alto cielo los acentos
de las diversas voces e instrumentos.

En esta confusión, medio dormido,
a las vecinas armas corrí presto,
poniéndome en un punto apercebido
en mi lugar y señalado puesto,
cuando con ferocísimo alarido
por la áspera ladera del recuesto
apareció gran número de gente
y la rosada Aurora en el oriente.

Luego también por una y otra parte,
con no menores voces y denuedo,
tanta gente asomó que al fiero Marte
con su temeridad pusiera miedo.
Mas, para proceder parte por parte,
según estoy cansado, ya no puedo:
en el siguiente y nuevo canto pienso
de declararlo todo por estenso.


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