La araucana segunda parte: 050

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CANTO XIX
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La araucana segunda parte



Así que en la demanda necia instando
se arroja entre los hierros, y se mete
cual perro espumajoso, que rabiando,
adonde más le hieren, arremete;
y el peligro y la vida despreciando,
lo más dudoso y áspero acomete,
desbaratando en torno mil espadas
al obstinado pecho encaminadas.

Viéndose en tal lugar solo y tratado
según la temeraria confianza,
no de su pretensión desconfiado
mas con alguna menos esperanza,
a los brazos cerró con un soldado
y de las manos le sacó la lanza,
sobre la cual echándose, en un punto
pensó salvar el foso y vida junto.

Mas la instable Fortuna, ya cansada
de serle curadora de la vida,
dio paso en aquel tiempo a una pedrada
de algún gallardo brazo despedida,
que en la cóncava sien la arrebatada
piedra gran parte le quedó sumida,
trabucándole luego de lo alto,
yendo en el aire en la mitad del salto.

Como el troyano Euricio que, volando
la tímida paloma por el cielo,
con gran presteza el corvo arco flechado
la atravesó en la furia de su vuelo,
que retorciendo el cuerpo y revolando,
como redondo ovillo vino al suelo,
así el herido mozo en descubierto
dentro del hondo foso cayó muerto.

De treinta y seis heridas justamente,
cayó el mísero cuerpo atravesado,
sin el último golpe de la frente,
que el número cerró ya rematado;
y la pica que el bárbaro valiente
de franca y buena guerra había ganado
quedó arrimada al foso de manera
que un trozo descubierto estaba fuera.


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