La araucana segunda parte: 051

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CANTO XIX
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La araucana segunda parte


Pero el joven Pinol, que prometido
había de acompañarle en el asalto
y con él hasta el foso arremetido
aunque no se atrevió a tan grande salto,
como al valiente amigo vio tendido
y descubrir la pica por lo alto,
la arebató, tomando por remedio
poner con pies ligeros tierra en medio.

Mas como no haya maña ni destreza
contra el hado preciso y dura suerte,
ni bastan prestos pies ni ligereza
a escapar de las manos de la muerte,
que al que piensa huir, con más presteza
le alcanza de su brazo el golpe fuerte,
como al ligero bárbaro le avino
en mudando propósito y camino,

que apenas cuatro pasos había dado
cuando dos gruesas balas le cogieron,
y de la espalda al pecho atravesado
a un tiempo por dos partes le tendieron.
No dio la alma tan presto que un soldado
de dos que a socorrerle arremetieron
de la costosa lanza no trabase
y con peligro suyo la salvase.

Luego de trompas gran rumor sonando,
la gruesa pica en alto levantaron,
y a toda furia en hila igual cerrando
al foso con gran ímpetu llegaron,
donde forzosamente reparando,
la munición y flechas descargaron
en tanta multitud, que parecían
que la espaciosa tierra y sol cubrían.

Pues en esta sazón Martín de Elvira,
que así nuestro español era llamado,
de lejos la perdida lanza mira
que el muerto Gracolán le había ganado.
Con loable vergüenza, ardiendo en ira,
de recobrar su honor deliberado,
por una angosta puerta que allí había
solo y sin lanza a combatir salía


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