La araucana segunda parte: 074

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CANTO XX
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La araucana segunda parte


que no es bien que las aves carniceras
despedacen el cuerpo miserable,
ni los perros y brutas bestias fieras
satisfagan su estómago insaciable;
mas cuando empedernido ya no quieras
hacer cosa tan justa y razonable,
haznos con esa espada y mano dura
iguales, en la muerte y sepultura».

Aquí acabó su historia, y comenzaba
un llanto tal que el monte enternecía
con una ansia y dolor que me obligaba
a tenerle en el duelo compañía;
que ya el asegurarle no bastaba
de cuanto prometer yo le podía:
solo pedía la muerte y sacrificio
por último remedio y beneficio.

En gran congoja y confusión me viera,
si don Simón Pereira, que a otro lado
hacía también la guardia, no viniera
a decirme que el tiempo era acabado;
y espantado también de lo que oyera,
que un poco desde aparte había escuchado,
me ayudó a consolarla, haciendo ciertas
con nuevo ofrecimiento mis ofertas.

Ya el presuroso cielo volteando
en el mar las estrellas trastornaba,
y el Crucero las horas señalando,
entre el sur y sudueste declinaba
en mitad del silencio y noche, cuando
visto cuánto la oferta la obligaba,
reprimiendo Tegualda su lamento,
la llevamos a nuestro alojamiento;

donde en honesta guarda y compañía
de mujeres casadas quedó, en tanto
que el esperado ya vecino día quitase
de la noche el negro manto.
Entretanto también razón sería,
pues que todos descansan y yo canto,
dejarlo hasta mañana en este estado,
que de reposo estoy necesitado.


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