La araucana segunda parte: 079

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CANTO XX
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La araucana segunda parte



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Sentí una novedad que me apremiaba
la libre fuerza y el rebelde brío,
a la cual sometida se entregaba
la razón, libertad y el albedrío.
Yo, que cuando acordé, ya me hallaba
ardiendo en vivo fuego el pecho frío,
alcé los ojos tímidos cebados,
que la vergüenza allí tenía abajados.

Roto con fuerza súbita y furiosa
de la vergüenza y continencia el freno,
le seguí con la vista deseosa,
cebando más la llaga y el veneno.
Que sólo allí mirarle y no otra cosa
para mi mal hallaba que era bueno,
así que adonde quiera que pasaba
tras sí los ojos y alma me llevaba.

Vile que a la sazón se apercebía
para correr el palio acostumbrado,
que una milla de trecho y más tenía
el término del curso señalado,
y al suelto vencedor se prometía
un anillo de esmaltes rodeado
y una gruesa esmeralda bien labrada,
dado por esta mano desdichada.

Más de cuarenta mozos en el puesto
a pretender el precio parecieron
donde, en la raya y el pie cada cual puesto,
promptos y apercebidos atendieron:
que no sintieron la señal tan presto
cuando todos en hila igual partieron
con tal velocidad, que casi apenas
señalaban la planta en las arenas.

Pero Crepino, el joven estranjero,
que así de nombre propio se llamaba,
venía con tanta furia el delantero,
que al presuroso viento atrás dejaba.
El rojo palio al fin tocó el primero
que la larga carrera remataba,
dejando con su término agraciado
el circunstante pueblo aficionado.


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