La araucana segunda parte: 092

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CANTO XXI
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La araucana segunda parte



Lincoya iba tras él, casi gigante,
la cresta sobre todos levantada,
armado un fuerte peto rutilante,
de penachos cubierta la celada.
Con desdeñoso término, delante
de su lustrosa escuadra bien cerrada,
el mozo Peycaví luego guiaba
otro espeso escuadrón de gente brava.

Venía en esta reseña en buen concierto
el grave Caniomangue, entristecido
por el insigne viejo padre muerto
a quien había en el cargo sucedido:
todo de negro el blanco arnés cubierto,
y su escuadrón de aquel color vestido,
al tardo són y paso los soldados,
de roncos atambores destemplados.

Fue allí el postrero que pasó en la lista
-primero en todo- Tucapel gallardo,
cubierta una lucida sobrevista
de unos anchos escaques de oro y pardo;
grande en el cuerpo y áspero en la vista,
con un huello lozano y paso tardo,
detrás del cual iba un tropel de gente
arrogante, fantástica y valiente.

El gran Caupolicán, con la otra parte
y resto del ejército araucano,
más encendido que el airado Marte
iba con un bastón corto en la mano
bajo de cuya sombra y estandarte
venía el valiente Curgo y Mareguano,
y el grave y elocuente Colocolo,
Millo, Teguán, Lambecho y Guampicolo.

Seguían luego detrás sus plimayquenes,
tuncos, renoguelones y pencones,
los itatas, mauleses y cauquenes
de pintadas devisas y pendones;
nibequetenes, puelches y cautenes
con una espesa escuadra de peones
y multitud confusa de guerreros
amigos, comarcanos y estranjeros.



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