La araucana segunda parte: 096

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CANTO XXII
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La araucana segunda parte



¿Qué puedo, pues, hacer, si ya metido
dentro en el campo y ocasión me veo,
sino al cabo cumplir lo prometido
aunque tire a otra parte mi deseo?
Pero a término breve reducido
por la más corta senda, sin rodeo,
pienso seguir el comenzado oficio
desnudo de ornamento y artificio.

Vuelto a la historia, digo que marchaba
nuestro ordenado campo de manera
que gran espacio en breve se alejaba
del Talcaguano término y ribera;
mas cuando el alto sol ya declinaba,
cerca de un agua, al pie de una ladera,
en cómodo lugar y llano asiento
hicimos el primero alojamiento.

Estábamos apenas alojados
en el tendido llano a la marina,
cuando se oyó gritar por todos lados:
«¡Arma!, ¡arma!; ¡enfrena!, ¡enfrena!, ¡Aína, aína!»
Luego de acá y de allá los derramados,
siguiendo la ordenanza y diciplina,
corren a sus banderas y pendones
formando las hileras y escuadrones.

Nuestros descubridores, que la tierra
iban corriendo por el largo llano,
al remate del cual está una sierra,
cerca del alto monte andalicano,
vieron de allí calar gente de guerra
cerrando el paso a la siniestra mano,
diciendo: «¡Espera!, ¡espera!; ¡Tente, tente!;
veremos quién es hoy aquí valiente».

Los nuestros, al amparo de un repecho,
en forma de escuadrón se recogieron,
donde con muestra y animoso pecho
al ventajoso número atendieron,
pero los fieros bárbaros de hecho,
sin punto reparar, los embistieron,
haciéndoles tomar presto la vuelta
sin orden y camino, a rienda suelta.



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