La araucana segunda parte: 103

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CANTO XXII
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La araucana segunda parte



Ya el esparcido ejército obediente
que el porfiado alcance había seguido,
descubriendo en el llano a nuestra gente,
se había tirado atrás y recogido.
Sólo Rengo, feroz y osadamente
sustenta igual el desigual partido,
a causa que la ciénaga era honda
y llena de espesura a la redonda.

Viendo el fruto dudoso y daño cierto,
según la mucha gente que cargaba,
que a grande priesa en orden y concierto
desta y de aquella parte le cercaba,
por un inculto paso y encubierto,
que la fragosa sierra le amparaba,
le pareció con tiempo retirarse
y salvar sus soldados y él salvarse,

diciéndoles: «Amigos, no gastemos
la fuerza en tiempo y acto infrutuoso;
la sangre que nos queda conservemos
para venderla en precio más costoso.
Conviene que de aquí nos retiremos
antes que en este sitio cenagoso
del enemigo puestos en aprieto,
perdamos la opinión, y él el respeto».

Luego, la voz de Rengo obedecida,
los presurosos brazos detuvieron,
y por la parte estrecha y más tejida
al són del atambor se retrujeron.
Era áspero el lugar y la salida
y así seguir los nuestros no pudieron,
quedando algunos dellos tan sumidos,
que fue bien menester ser socorridos.

Por la falda del monte levantado
iban los fieros bárbaros saliendo.
Rengo, bruto, sangriento y enlodado,
los lleva en retaguardia recogiendo,
como el celoso toro madrigado
que la tarda vacada va siguiendo,
volviendo acá y allá espaciosamente
el duro cerviguillo y alta frente.



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