La araucana segunda parte: 104

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CANTO XXII
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La araucana segunda parte



Nuestro campo por orden recogido,
retirado del todo el enemigo,
fue entre algunos un bárbaro cogido,
que mucho se alargó del bando amigo.
El cual a caso a mi cuartel traído
hubo de ser, para ejemplar castigo
de los rebeldes pueblos comarcanos,
mandándole cortar ambas las manos.

Donde sobre una rama destroncada
puso la diestra mano, yo presente,
la cual de un golpe con rigor cortada,
sacó luego la izquierda alegremente,
que del tronco también saltó apartada,
sin torcer ceja ni arrugar la frente;
y con desdén y menosprecio dello
alargó la cabeza y tendió el cuello,

diciendo así: «Segad esa garganta
siempre sedienta de la sangre vuestra,
que no temo la muerte ni me espanta
vuestra amenaza y rigurosa muestra,
y la importancia y pérdida no es tanta
que haga falta mi cortada diestra
pues quedan otras muchas esforzadas,
que saben gobernar bien las espadas.

Y si pensáis sacar algún provecho
de no llegar mi vida al fin postrero,
aquí, pues, moriré a vuestro despecho,
que si queréis que viva, yo no quiero;
al fin iré algún tanto satisfecho
de que a vuestro pesar alegre muero,
que quiero con mi muerte desplaceros,
pues sólo en esto puedo ya ofenderos».

Así que contumaz y porfiado
la muerte con injurias procuraba,
y siempre más rabioso y obstinado,
sobre el sangriento suelo se arrojaba,
donde en su misma sangre revolcado
acabar ya la vida deseaba,
mordiéndose con muestras impacientes
los desangrados troncos con los dientes.



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