La araucana segunda parte: 105

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CANTO XXII
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La araucana segunda parte



Estando pertinaz desta manera,
templándonos la lástima el enojo,
vio un esclavo bajar por la ladera
cargado con un bárbaro despojo;
y como encarnizada bestia fiera
que ve la desmandada presa al ojo,
así con una furia arrebatada
le sale de través a la parada.

Y en él los pies y brazos añudados,
sobre el húmido suelo le tendía,
y con los duros troncos desangrados
en las narices y ojos le batía:
al fin junto a nosotros, a bocados,
sin poderse valer se le comía,
si no fuera con tiempo socorrido,
quedando, aunque fue presto, mal herido.

El bárbaro infernal con atrevida
voz, en pie puesto, dijo: «Pues me queda
alguna fuerza y sangre retenida
con que ofender a los cristianos pueda,
quiero acetar, a mi pesar, la vida,
aunque por modo vil se me conceda:
que yo espero sin manos desquitarme,
que no me faltarán para vengarme.

Quedaos, quedaos, malditos, que yo os digo,
que en mí tendréis con odio y sed rabiosa,
torcedor y solícito enemigo,
cuando dañar no pueda en otra cosa.
Muy presto entenderéis cómo os persigo,
y que os fuera mi muerte provechosa».
Diciendo así otras cosas que no cuento,
partió de allí ligero como el viento.

No es bien que así dejemos en olvido
el nombre deste bárbaro obstinado,
que por ser animoso y atrevido
el audaz Galbarino era llamado.
Mas por tanta aspereza he discurrido
que la fuerza y la voz se me ha acabado,
y así habré de parar, porque me siento
ya sin fuerza, sin voz y sin aliento.



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