La araucana segunda parte: 110

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CANTO XXIII
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La araucana segunda parte



Mas cuando el esperado sol salía,
la gente de caballo en orden puesta
marchó, quedando atrás la infantería
y del campo después toda la resta,
con tal velocidad, que a mediodía
subimos la temida y agria cuesta
de blancos huesos de cristianos llena,
que despertó el cuidado y nos dio pena.

Al araucano valle, pues, bajamos,
que el mar le bate al lado del poniente,
donde en llano lugar nos alojamos,
de comidas y pastos suficiente;
y luego con promesas enviamos
de aquella vecindad alguna gente
a requerir la tierra comarcana
con la segura paz y ley cristiana.

Mas como al tiempo puesto no volviesen,
y pasasen después algunos días,
ni por astucia y maña no supiesen
de su resolución nuestras espías,
fue acordado que algunos se partiesen
por los vecinos pueblos y alquerías,
al salir tardo de la escasa luna,
a tomar relación y lengua alguna.

Así yo apercebido, sordamente,
en medio del silencio y noche escura
di sobre algunos pueblos de repente
por un gran arcabuco y espesura,
donde la miserable y triste gente
vivía por su pobreza en paz segura,
que el rumor y alboroto de la guerra
aún no la había sacado de su tierra.

Viniendo, pues, a dar al Chayllacano,
que es donde nuestro campo se alojaba,
vi en una loma, al rematar de un llano,
por una angosta senda que cruzaba
un indio laso, flaco y tan anciano
que apenas en los pies se sustentaba,
corvo, espacioso, débil, descarnado
cual de raíces de árboles formado.



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