La araucana segunda parte: 112

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CANTO XXIII
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La araucana segunda parte



Comencéla a seguir a toda priesa
labrando a mi caballo los costados;
mas tomando otra senda, que atraviesa,
se entró por unos ásperos collados;
al cabo enderezó a una selva espesa
de matorrales y árboles cerrados,
adonde se lanzó por una senda
y yo también tras ella a toda rienda.

Perdí el rastro y cerróseme el camino,
sobreviniendo un aire turbulento,
y así de acá y de allá, fuera de tino,
de una espesura en otra andaba a tiento.
Vista pues mi torpeza y desatino,
arrepentido del primer intento
sin pasar adelante me volviera
si alguna senda o rastro yo supiera.

Gran rato anduve así descarriado,
que la oculta salida no acertaba,
cuando sentí por el siniestro lado
un arroyo que cerca mormuraba;
y al vecino rumor encaminado,
al pie de un roble que a la orilla estaba
vi una pequeña y mísera casilla
y junto a un hombre anciano la corcilla;

el cual dijo: «¿Qué hado o desventura
tan fuera de camino te ha traído
por este inculto bosque y espesura
donde jamás ninguno he conocido?
Que si por caso adverso y suerte dura
andas de tus banderas foragido,
haré cuanto pudiere de mi parte
en buscar el remedio y escaparte».

Viendo el ofrecimiento y acogida
de aquel estraño y agradable viejo,
más alegre que nunca fui en mi vida
por hallar tal ayuda y aparejo;
le dije la ocasión de mi venida,
pidiéndole me diese algún consejo
para saber la cueva do habitaba
el mágico Fitón, a quien buscaba.



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