La araucana segunda parte: 115

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CANTO XXIII
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La araucana segunda parte



No sé, pues, cómo pueda encarecerte
el poder deste mágico adivino;
sólo en tu menester quiero ofrecerte
lo que ofrecerte puede un su sobrino.
Mas para que mejor esto se acierte
será bien que tomemos el camino,
pues es la hora y sazón desocupada
que podemos tener mejor entrada».

Luego de allí los dos nos levantamos
y atando a mi caballo de la rienda
a paso apresurado caminamos
por una estrecha y intricada senda,
la cual seguida un trecho, nos hallamos
en una selva de árboles horrenda,
que los rayos del sol y claro cielo
nunca allí vieron el umbroso suelo.

Debajo de una peña socavada,
de espesas ramas y árboles cubierto,
vimos un callejón y angosta entrada
y más adentro una pequeña puerta
de cabezas de fieras rodeada,
la cual de par en par estaba abierta,
por donde se lanzó el robusto anciano
llevándome trabado de la mano.

Bien por ella cien pasos anduvimos
no sin algún temor de parte mía,
cuando a una grande bóveda salimos
do un perpetua luz en medio ardía:
y a cada banda en torno della vimos
poyos puestos por orden, en que había
multitud de redomas sobre escritas
de ungüentos, yerbas y aguas infinitas.

Vimos allí del lince preparados
los penetrantes ojos virtuosos
en cierto tiempo y conjunción sacados
y los del basilisco ponzoñosos;
sangre de hombres bermejos enojados,
espumajos de perros que rabiosos
van huyendo del agua, y el pellejo
del pecoso chersidros cuando es viejo.



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