La araucana segunda parte: 116

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

CANTO XXIII
Pág. 116 de 229
La araucana segunda parte



También en otra parte parecía
la coyuntura de la dura hiena,
y el meollo del cencris, que se cría
dentro de Libia en la caliente arena
y un pedazo del ala de una harpía,
la hiel de la biforme anfisibena,
y la cola del áspide revuelta,
que da la muerte en dulce sueño envuelta.

Moho de calavera destroncada
del cuerpo que no alcanza sepultura;
carne de niña por nacer, sacada
no por donde la llama la natura;
y la espina también descoyuntada
de la sierpe cerastas, y la dura lengua
de la emorróys, que aquel que hiere
suda toda la sangre hasta que muere.

Vello de cuantos monstruos prodigiosos
la superflua natura ha producido;
escupidos de sierpes venenosos,
las dos alas del jáculo temido;
y de las seps los dientes ponzoñosos,
que el hombre o animal della mordido,
de súbito hinchado como un odre,
huesos y carne se convierte en podre.

Estaba en un gran vaso trasparente
el corazón del grifo atravesado,
y ceniza del fénix, que en Oriente
se quema él mismo de vivir cansado;
el unto de la scítala serpiente,
y el pescado echinéys, que en mar airado
al curso de las naves contraviene
y a pesar de los vientos las detiene.

No faltaban cabezas de escorpiones
y mortíferas sierpes enconadas;
alacranes y colas de dragones
y las piedras del águila preñadas;
buches de los hambrientos tiburones,
menstruo y leche de hembras azotadas,
landres, pestes, venenos, cuantas cosas
produce la natura ponzoñosas.



<<<
>>>