La araucana segunda parte: 117

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CANTO XXIII
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La araucana segunda parte



Yo, que con atención mirando andaba
la copiosa botica embebecido
por una puerta que a un rincón estaba,
vi salir un anciano consumido
que sobre un corvo junco se arrimaba;
el cual luego de mí fue conocido
ser el que había corrido por la cuesta,
que apenas le alcanzara una ballesta,

diciéndome: «No es poco atrevimiento
el que, siendo tan mozo, has hoy tomado
de venir a mi oculto alojamiento
do sin mi voluntad nadie ha llegado;
mas porque sé que algún honrado intento
tan lejos a buscarme te ha obligado,
quiero por esta vez hacer contigo
lo que nunca pensé acabar conmigo».

Visto por mi apacible compañero,
la coyuntura y tiempo favorable,
pues el viejo, tan áspero y severo,
se mostraba doméstico y tratable,
se detuvo mirándome primero
con un comedimiento y muestra afable,
por ver si responderle yo quería;
mas viéndome callar, le respondía

diciendo: «¡Oh gran Fitón, a quién es dado
penetrar de los cielos los secretos,
que del eterno curso arrebatado,
no obedecen la ley, a ti sujetos!
Tú, que de la Fortuna y fiero hado
revocas, cuando quieres, los decretos,
y el orden natural turbas y alteras,
alcanzando las cosas venideras,

y por mágica ciencia y saber puro
rompiendo el cavernoso y duro suelo,
puedes en el profundo reino escuro,
meter la claridad y luz del cielo;
y atormentar con áspero conjuro
la caterva infernal, que con recelo
tiembla de tu eficaz fuerza, que es tanta
que sus eternas leyes le quebranta,



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