La araucana segunda parte: 119

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CANTO XXIII
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La araucana segunda parte



Diciendo así, con paso tardo y lento,
por la pequeña puerta cavernosa
me metió de la mano a otro aposento
y luego en una cámara hermosa,
que su fábrica estraña y ornamento
era de tal labor y tan costosa
que no sé lengua que contarlo pueda,
ni habrá imaginación a que no exceda.

Tenía el suelo por orden ladrillado
de cristalinas losas trasparentes,
que el color entrepuesto y variado,
hacía labor y visos diferentes;
el cielo alto, diáfano, estrellado
de innumerables piedras relucientes,
que toda la gran cámara alegraba
la varia luz que dellas revocaba.

Sobre colunas de oro sustentadas
cien figuras de bulto en torno estaban,
por arte tan al vivo trasladadas
que un sordo bien pensara que hablaban;
y dellas las hazañas figuradas
por las anchas paredes se mostraban,
donde se vía el estremo y excelencia,
de armas, letras, virtud y continencia.

En medio desta cámara espaciosa,
que media milla en cuadro contenía,
estaba una gran poma milagrosa,
que una luciente esfera la ceñía,
que por arte y labor maravillosa
en el aire por sí se sostenía:
que el gran círculo y máquina de dentro
parece que estribaban en su centro.

Después de haber un rato satisfecho
la codiciosa vista en las pinturas,
mirando de los muros, suelo y techo
la gran riqueza y varias esculturas,
el mago me llevó al globo derecho
y vuelto allí de rostro a las figuras,
con el corvo cayado señalando,
comenzó de enseñarme, así hablando:



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