La araucana segunda parte: 168

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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Unos, sin alas, con ligero vuelo
desocupan atónitos las sillas;
otros, vueltas las plantas hacia el cielo,
imprimen en la tierra las costillas;
y los que no probaron allí el suelo
por apretar más recio las rodillas,
aunque más se mostraron esforzados,
quedaron del encuentro maltratados.

De sus golpes los nuestros no faltaron,
que todos sin errar fueron derechos:
cuáles de banda a banda atravesaron;
cuáles atropellaron con los pechos.
Todos en un instante se mezclaron,
viniendo a las espadas más estrechos
con tal priesa y rumor, que parecía,
la espantosa vulcánea herrería.

El bravo general Caupolicano,
rota la pica, de la maza afierra,
y a la derecha y a la izquierda mano
hiere, destroza, mata y echa a tierra.
Hallándose muy junto a Berzocano,
los dientes y furioso puño cierra
descargándole encima tal puñada,
que le abolló en los cascos la celada.

Tras éste otro derriba y otro mata,
que fue por su desdicha el más vecino,
abre, destroza, rompe y desbarata,
haciendo llano el áspero camino,
y al yanacona Tambo así arrebata
que como halcón al pollo o palomino,
sin poderle valer los más cercanos,
le ahoga y despedaza entre las manos.

Bernal y Leucotón, que deseando
andaba de encontrarse en esta danza,
se acometen furiosos, descargando
los brazos con igual ira y pujanza,
y las altas cabezas inclinando
a su pesar usaron de crianza
hincando a un tiempo entrambos las rodillas
con un batir de dientes y ternillas.



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