La araucana segunda parte: 172

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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Que aquel que se mostrare buen soldado
tendrá en su mano ser lo que quisiere,
que todo lo que habemos deseado,
la fortuna con ella hoy nos requiere;
también piense que queda condenado
por rebelde y traidor quien no venciere,
que no hay vencido justo y sin castigo
quedando por juez el enemigo».

De tal manera el bárbaro valiente
despertaba la ira y la esperanza
que el escuadrón apenas obediente
podía sufrir el orden y tardanza;
mas ya que la señal última siente,
con gran resolución y confianza
derribando las picas, bien cerrado,
ir se dejó de su furor llevado.

En el esento y pedregoso llano,
que más de un tiro de arco se estendía,
nuestro escuadrón a un tiempo mano a mano
asimismo al encuentro le salía,
donde con muestra y término inhumano
y el gran furor que cada cual traía
se embisten los airados escuadrones
cayendo cuerpos muertos a montones.

No duraron las picas mucho enteras,
que en rajas por los aires discurrieron;
las estendidas mangas y hileras
de golpe unas con otras se rompieron.
Hubo muertes allí de mil maneras,
que muchos sin heridas perecieron
del polvo y de las armas ahogados,
otros de encuentros fuertes estrellados.

Trábase entre ellos un combate horrendo
con hervorosa priesa y rabia estraña,
todos en un tesón igual poniendo
la estrema industria, la pujanza y maña.
Sube a los cielos el furioso estruendo,
retumba en torno toda la campaña,
cubriendo los lugares descubiertos
la espesa lluvia de los cuerpos muertos.



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