La araucana segunda parte: 173

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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Hierve el coraje, crece la contienda
y el batir sin cesar siempre más fuerte;
no hay malla y pasta fina que defienda
la entrada y paso a la furiosa muerte,
que con irreparable furia horrenda
todo ya en su figura lo convierte,
naciendo del mortal y fiero estrago,
de espesa y negra sangre un ancho lago.

Rengo orgulloso, que al siniestro lado
iba siempre avivando la pelea,
de la roedora afrenta estimulado
que en Mataquito recibió de Andrea,
el ronco tono y brazo levantado
discurre todo el campo y lo rodea
acá y allá por una y otra mano,
llamando el enemigo nombre en vano.

Andrea, pues, asimesmo procurando
fenecer la quistión, le deseaba;
mas lo que el uno y otro iba buscando,
la dicha de los dos lo desviaba,
que el italiano mozo, peleando
en el otro escuadrón, distante andaba,
haciendo por su estraña fuerza cosas
que, aunque lícitas, eran lastimosas.

Mata de un golpe a Trulo y endereza
la dura punta y a Pinol barrena,
y sin brazo a Teguán una gran pieza
le arroja dando vueltas por la arena;
lleva de un golpe a Changle la cabeza
y por medio del cuerpo a Pon cercena;
hiende a Norpo hasta el pecho, y a Brancolo
como grulla le deja en un pie solo.

Veis, pues, aquí a Orompello, el cual haciendo
venía por esta parte mortal guerra,
que al gran tumulto y voces acudiendo,
vio cubierta de muertos la ancha tierra;
y al ginovés gallardo conociendo,
como cebado tigre con él cierra,
alta la maza y encendido el gesto,
sobre las puntas de los pies enhiesto.