La araucana segunda parte: 174

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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Fue de la maza el ginovés cogido
en el alto crestón de la celada,
que todo lo abolló y quedó sumido
sobre la estofa de algodón colchada.
Estuvo el italiano adormecido,
gomita sangre, la color mudada,
y vio, dando de manos por el suelo,
vislumbres y relámpagos del cielo.

Redobla otro gallardo mozo luego
con más furor y menos bien guiado,
que a no ser a soslayo, el fiero juego
del todo entre los dos fuera acabado.
El ginovés, desatinado y ciego,
fue un poco de través, mas recobrado,
se puso en pie con priesa no pensada,
levantando a dos manos la ancha espada.

Y con la estrema rabia y fuerza rara
sobre el joven la cala de manera
que si el ferrado leño no cruzara,
de arriba a bajo en dos le dividiera:
tajó el tronco cual junco o tierna vara,
y si la espada el filo no torciera,
penetrara tan honda la herida
que privara al mancebo de la vida.

Viéndose el araucano, pues, sin maza,
no por eso amainó al furor la vela,
antes con gran presteza de la plaza
arrebata un pedazo de rodela,
y al punto sin perder tiempo lo embraza
y, como aquel que daño no recela,
con sólo el trozo de bastón cortado
aguija al enemigo confiado.

Hirióle en la cabeza, y a una mano
saltó con ligereza y diestro brío
hurtando el cuerpo, así que el italiano
con la espada azotó el aire vacío.
Quiso hacello otra vez, mas salió en vano,
que entrando recio al tiempo del desvío,
fue el ginovés tan presto que no pudo
sino cubrirse con el roto escudo.



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