La araucana segunda parte: 176

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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



También acrecentaban el estrago,
Florencio de Esquivel y Altamirano,
Villarroel, Dorán, Vergara, Lago,
Godoy, Gonzalo Hernández, y Andicano.
Si de todos aquí mención no hago,
no culpen la intención sino la mano,
que no puede escrebir lo que hacían
tantas como allí a un tiempo combatían.

Sonaba a la sazón un gran ruido
en el otro escuadrón de mediodía
y era que el fiero Rengo embravecido,
llevado de su esfuerzo y valentía
se había por la batalla así metido
que volver a los suyos no podía,
y de menuda gente rodeado
andaba muy herido y acosado:

aunque se envuelve entre ellos de manera
al un lado y al otro golpeando
que en rueda los hacía tener afuera,
muchos en daño ajeno escarmentando,
pero la turba acá y allá ligera
le va por todas partes aquejando
con tiros, palos y armas enastadas
como a fiera, de lejos arrojadas.

Uno deja tullido y otro muerto,
sin valerles defensa ni armadura;
a quien acierta el golpe en descubierto
del todo le deshace y desfigura;
y el de menos efeto y más incierto
quebranta brazo, pierna o coyuntura;
vieran arneses rotos y celadas
junto con las cabezas machucadas.

Mas aunque, como digo, combatiendo
mostraba esfuerzo y ánimo invencible,
le van a tanto estrecho reduciendo
que poder escapar era imposible;
y por más que se esfuerza resistiendo,
al fin era de carne, era sensible,
y el furioso y continuo movimiento
la fuerza le ahogaba y el aliento.



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