La araucana segunda parte: 178

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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Rengo le respondió: «Si ya no fuera
por ingrato en tal tiempo reputado,
contigo y con mi débito cumpliera,
que no estoy, como piensas, tan cansado».
En esto más ligero que si hubiera
diez horas en el lecho reposado,
se puso en pie y a nuestra gente asalta,
firme el membrudo cuerpo y la maza alta.

Tucapel replicó: «Sería bajeza
y cosa entre varones condenada
acometerte, vista tu flaqueza,
con fuerza y en sazón aventajada.
Cobra, cobra tu fuerza y entereza,
que el tiempo llegará que esta ferrada
te dé la pena y muerte merecida,
como hoy te ha dado claro aquí la vida».

No se dijeron más y por la vía
los dos competidores araucanos,
haciéndose amistad y compañía,
iban como si fueran dos hermanos.
Guardaba el uno al otro y defendía,
y así con diligencia y prestas manos,
abriendo el escuadrón gallardamente,
llegaron a juntarse con su gente.

En esto a todas partes la batalla
andaba muy reñida y sanguinosa,
con tal furia y rigor, que no se halla
persona sin herida, ni arma ociosa;
cubre la tierra la menuda malla,
y en la remota Turcia cavernosa
por fuerza arrebatados de los vientos,
hieren los duros y ásperos acentos.

Era el rumor del uno y otro bando
y de golpes la furia apresurada,
como ventosa y negra nube, cuando
de vulturno o del céfiro arrojada
lanza una piedra súbita, dejando
la rama de sus hojas despojada,
y los muros, los techos y tejados
son con priesa terrible golpeados.



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