La araucana segunda parte: 181

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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



Siguen los nuestros la vitoria apriesa
que aun no quieren venir en el partido,
y de la inculta breña y selva espesa
inquieren lo secreto y escondido;
el gran estrago y mortandad no cesa,
suena el destrozo y áspero ruido,
tirando a tiento golpes y estocadas
por la espesura y matas intricadas.

Jamás de los monteros en ojeo
fue caza tan buscada y perseguida,
cuando con ancho círculo y rodeo
es a término estrecho reducida,
que con impacientísimo deseo
atajados los pasos y huida,
arrojan en las fieras montesinas
lanzas, dardos, venablos, jabalinas,

como los nuestros hasta allí cristianos,
que los términos lícitos pasando,
con crueles armas y actos inhumanos,
iban la gran vitoria deslustrando,
que ni el rendirse, puestas ya las manos,
la obediencia y servicio protestando,
bastaba aquella gente desalmada
a reprimir la furia de la espada.

Así el entendimiento y pluma mía,
aunque usada al destrozo de la guerra,
huye del gran estrago que este día
hubo en los defensores de su tierra;
la sangre, que en arroyos ya corría
por las abiertas grietas de la sierra,
las lástimas, las voces y gemidos
de los míseros bárbaros rendidos.

Los de la izquierda mano, que miraron
su mayor escuadrón desbaratado,
perdiendo todo el ánimo dejaron
la tierra y el honor que habían ganado;
así, la trompa a retirar tocaron
y con paso, aunque largo, concertado,
altas y campeando las banderas,
se dejaron calar por las laderas.



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