La araucana segunda parte: 186

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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



A la entrada de un monte, que vecino
está de aquel asiento, en un repecho
por el cual atraviesa un gran camino
que al valle de Lincoya va derecho,
con gran solennidad y desatino
fue el insulto y castigo injusto hecho,
pagando allí la deuda con la vida,
en muchas opiniones no debida.

Por falta de verdugo, que no había,
quien el oficio hubiese acostumbrado,
quedó casi por uso de aquel día
un modo de matar jamás usado.
Que a cada indio de aquella compañía
un bastante cordel le fue entregado
diciéndole que el árbol eligiese
donde a su voluntad se suspendiese.

No tan presto los pláticos guerreros
del cierto asalto la señal tocando,
por escalas, por picas y maderos
suben a la muralla gateando
cuanto aquellos caciques, que ligeros
por los más grandes árboles trepando,
en un punto a las cimas arribaron
y de las altas ramas se colgaron.

Mas uno dellos, algo arrepentido
de su ligera priesa y diligencia,
a nuestra devoción ya reducido,
vuelto pidió, para hablar, licencia;
y habiéndosela todos concedido,
con voz algo turbada y aparencia,
los ánimos cristianos comoviendo,
habló contritamente así diciendo:

«Valerosa nación, invicta gente,
donde el estremo de virtud se encierra,
sabed que soy cacique y decendiente
del tronco más antiguo desta tierra:
no tengo padre, hermano, ni pariente,
que todos son ya muertos en la guerra
y pues se acaba en mí la decendencia,
os ruego uséis conmigo de clemencia».