La araucana segunda parte: 187

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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



Quisiera proseguir, si Galbarino,
que le miraba con airada cara,
de súbito saliéndole al camino,
la doméstica voz no le atajara
diciendo: «Pusilánime, mezquino,
deslustrador de la progenie clara,
¿por qué a tan gran bajeza así te mueve,
el miedo torpe de una muerte breve?

Dime, infame traidor, de fe mudable,
¿tienes por más partido y mejor suerte
el vivir en estado miserable
que el morir como debe un varón fuerte?
Sigue el hado, aunque adverso, tolerable,
que el fin de los trabajos es la muerte,
y es poquedad que un afrentoso medio
te saque de la mano este remedio».

Apenas la razón había acabado,
cuando el noble cacique arrepentido
al cuello el corredizo lazo echado,
quedó de una alta rama suspendido;
tras él fue el audaz bárbaro obstinado,
aun a la misma muerte no rendido
y los robustos robles desta prueba
llevaron aquel año fruta nueva.

Habida la vitoria, como cuento,
y el enemigo roto retirado,
dejando el infelice alojamiento
todo de cuerpos bárbaros sembrado,
llegamos sin desmán ni impedimento
a la bajada y sitio desdichado
do Valdivia fundó la casa fuerte
y le dieron después infame muerte.

Levantamos un muro brevemente
que el sitio de la casa circundaba,
donde el bagaje, chusma y remanente
con menos daño y más seguro estaba.
De allí el contorno y tierra inobediente,
sin poderlo estorbar se salteaba,
haciendo siempre instancia y diligencia
de traerla sin sangre a la obediencia.



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