La araucana segunda parte: 207

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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Tú, señora, sabrás que el día primero
de mi felice y próspera venida,
me trujo amor al término postrero
desta penosa y desdichada vida;
mas ya que por tu amor y causa muero
quiero saber si dello eres servida,
porque siéndolo tú, no sé yo cosa
que pueda para mí ser tan dichosa.

Viéndole al parecer determinado
a cualquiera violencia y desacato,
disimuladamente por un lado
salí dél, sin mostrar algún recato,
diciéndole de lejos: -¡Oh malvado,
incestuoso, desleal, ingrato,
corrompedor de la amistad jurada,
y ley de parentesco conservada!...

Iba estas y otras cosas yo diciendo
que el repentino enojo me mostraba,
cuando con priesa súbita y estruendo
un cristiano escuadrón nos salteaba,
que en cerrado tropel arremetiendo,
nuestra alta casa en torno rodeaba,
saltando Fresolano en mi presencia,
a la debida y justa resistencia

«diciendo: -¡Oh fiera tigre endurecida,
inhumana y cruel con los humanos!
Vuelve, acaba de ser tú la homicida,
no dejes que hacer a los cristianos,
vuelve, verás que acabo aquí la vida
pues no puedo a las tuyas, a sus manos;
que aunque no sea la muerte tan honrosa,
a lo menos será más piadosa.

Así furioso, sin mirar en nada
se arroja en medio de la armada gente,
donde luego una bala arrebatada
le atravesó el desnudo pecho ardiente;
cayó, ya la color y voz turbada,
diciendo: -¡Glaura, Glaura!, últimamente
recibe allá mi espíritu, cansado
de dar vida a este cuerpo desdichado.