La araucana segunda parte: 209

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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Usó el cielo conmigo de clemencia
guiando a Cariolán a mis clamores,
que visto el acto inorme y la insolencia
de aquellos enemigos violadores,
corrió con provechosa diligencia,
diciendo: ¡Perros, bárbaros, traidores!
Dejad, dejad al punto la doncella
si no la vida dejaréis con ella.

Fueron sobre él los dos en continente
mas él, flechando el arco que traía,
al más adelantado y diligente
la flecha hasta las plumas le escondía.
Hízose atrás dos pasos diestramente
y al otro la segunda flecha envía
con brújula tan cierta y diestro tino,
que al bruto corazón halló el camino.

Cayó muerto, y el otro mal herido
cerró con él furioso y emperrado,
mas Cariolán, valiente y prevenido,
en el arte de la lucha ejercitado,
aunque el negro era grande y muy fornido,
de su destreza y fuerzas ayudado,
alzándole en los brazos hacia el cielo
le trabucó de espaldas en el suelo

y sacando una daga acicalada,
queriendo a hierro rematar la cuenta,
por el desnudo vientre y por la ijada,
tres veces la metió y sacó sangrienta.
Huyó por allí la alma acelerada
y libre Cariolán de aquella afrenta,
se vino para mí con gran crianza,
pidiéndome perdón de la tardanza.

Supo decir allí tantas razones
(haciendo amor conmigo así el oficio)
que medrosa de andar en opiniones,
que es ya dolencia de honra y ruin indicio,
por evitar al fin murmuraciones
y no mostrarme ingrata al beneficio
en tal sazón y tiempo recebido,
le tomé por mi guarda y mi marido.



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