La araucana segunda parte: 210

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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Y temiendo que gente acudiría,
por el espeso monte nos metimos,
donde sin rastro ni señal de vía,
un gran rato perdidos anduvimos;
pero, señor, al declinar del día
a la ribera de Lauquén salimos
por do venía una escuadra de cristianos
con diez indios atrás presas las manos.

Descubriéronnos súbito en saliendo,
que en todo al fin nos perseguía la suerte,
sobre nosotros de tropel corriendo,
-¡Aguarda, aguarda!, ¡ten!, gritando fuerte.
Pero mi nuevo esposo allí temiendo
mucho más mi deshonra que su muerte,
me rogó que en el bosque me escondiese
mientras que él con morir los detuviese.

Luego el temor, a trastornar bastante
una flaca mujer inadvertida,
me persuadió poniéndome delante
la horrenda muerte y la estimada vida.
Así cobarde, tímida, inconstante,
a los primeros ímpetus rendida,
me entré, viéndolos cerca, a toda priesa,
por lo más agrio de la senda espesa.

Y en lo hueco de un tronco, que tejido
de zarzas y maleza en torno estaba,
me escondí sin aliento ni sentido,
que aun apenas de miedo resollaba;
de donde escuché luego un gran ruido
que el bosque cerca y lejos atronaba
de espadas, lanzas y tropel de gente
como que combatiesen fuertemente.

Fue poco a poco, al parecer, cesando
aquel rumor y grita que se oía,
cuando la obligación ya calentando
la sangre que el temor helado había,
revolví sobre mí, considerando
la maldad y tradición que cometía
en no correr con mi marido a una
un peligro, una muerte, una fortuna.



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