La araucana segunda parte: 212

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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



¿Qué remedio me queda ya captiva,
sujeta al mando y voluntad ajena,
que para que mayor pena reciba,
aun la muerte no viene, porque es buena?
Pero aunque el cielo cruel quiera que viva
al fin me ha de acabar ya tanta pena,
bien que el estado en que me toma es fuerte
mas nadie escoge el tiempo de su muerte».

Así la bella joven lastimada
iba sus desventuras recontando,
cuando una gruesa bárbara emboscada
que estaba a los dos lados aguardando,
alzó al cielo una súbita algarada
las salidas y pasos ocupando,
creciendo indios así, que parecían
que de las yerbas bárbaros nacían.

Llegó al instante un yanacona mío,
ganado no había un mes, en buena guerra,
diciéndome: «Señor, échate al río,
que yo te salvaré, que sé la tierra;
que pensar resistir es desvarío
a la gente que cala de la sierra.
Bien puedes, ¡oh señor!, de mí fiarte,
que me verás morir por escaparte».

Yo, que al mancebo el rostro revolvía
a agradecer la oferta y buen deseo,
vi a Glaura que sin tiento arremetía
diciendo: «¡Oh justo Dios!, ¿qué es lo que veo?
¿Eres mi dulce esposo? ¡Ay, vida mía!
En mis brazos te tengo y no lo creo:
¿Qué es esto? ¿Estoy soñando o estoy despierta?
¡ Ay, que tan grande bien no es cosa cierta!»

Yo atónito de tal acaecimiento,
alegre tanto dél como admirado,
visto de Glaura el mísero lamento
en felice suceso rematado,
no habiendo allí lugar de cumplimiento
por ser revuelto el tiempo y limitado,
dije: «Amigos, a Dios; y lo que puedo,
que es daros libertad, yo os la concedo».



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