La araucana segunda parte: 214

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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Todos se detuvieron conociendo
cuán mal el acto infame les estaba;
sólo el indio no cesa, pareciendo
que de alargar la vida le pesaba.
Al fin la daga y paso recogiendo,
pues ya la cortesía le obligaba,
revuelto a mí me dijo: «¿Qué te importa
que sea mi vida larga o que sea corta?

Pero de mí será reconocida
la obra pía y voluntad humana:
pía por la intención, pero entendida
se puede decir impía y inhumana,
que a quien ha de vivir mísera vida
no le puede estar mal muerte temprana,
así que en no matarme, como digo,
cruel misericordia usas conmigo.

Mas porque no me digan que ya niego
haber de ti la vida recebido,
me pongo en tu poder y así me entrego
a mi fortuna mísera rendido».
Esto dicho la daga arrojó luego
doméstico el que indómito había sido,
quedando desde allí siempre conmigo
no en figura de siervo, mas de amigo.

Ya el ejercicio y belicoso estruendo
de las armas y voces resonaban.
Unos van en montón allá corriendo,
otros acá socorro demandaban.
Era la senda estrecha y no pudiendo
ir atrás ni adelante, reparaban
que el bagaje, la chusma y el ganado
tenía impedido el paso y ocupado.

Es el camino de Purén derecho
hacia la entrada y paso del Estado;
después va en forma oblica largo trecho
de dos ásperos cerros apretado,
y vienen a ceñirle en tanto estrecho
que apenas pueden ir dos lado a lado,
haciendo aun más angosta aquella vía
un arroyo que lleva en compañía.



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