La araucana segunda parte: 216

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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Y desde allí con la presteza usada
las apuntadas miras asestando,
les comienzan a dar una rociada,
muchos en poco tiempo derribando.
Ya por la áspera cuesta derrumbada
venían cuerpos y peñas volteando
con un furor terrible y tan estraño
que muertos aun hacían notable daño.

Así andaba la cosa entre tanto
que en esta estrecha plaza peleaban,
con no menor revuelta al otro canto
donde mayores voces resonaban.
Se habían los indios desmandado tanto
que ya el bagaje y cargas saqueaban,
haciendo grande riza y sacrificio
en la gente de guarda y de servicio.

Quién con carne, con pan, fruta o pescado
sube ligeramente a la alta cumbre;
quién de petaca o de fardel cargado
corre sin embarazo y pesadumbre.
Del alto y bajo, de uno y otro lado
al saco acude allí la muchedumbre,
cual banda de palomas al verano
suele acudir al derramado grano.

Viéndonos ya vencidos sin remedio
por la gran multitud que concurría,
procuré de tentar el postrer medio
que en nuestra vida y salvación había;
y así rompiendo súbito por medio
de la revuelta y empachada vía,
llegué do estaban hasta diez soldados
en un hueco del monte arrinconados,

diciéndoles el punto en que la guerra
andaba de ambas partes tan reñida
que, ganada la cumbre de la sierra,
la vitoria era nuestra conocida;
porque toda la gente de la tierra
andaba ya en el saco embebecida,
y sólo en ver así ganado el alto
los bastaba a vencer el sobresalto.



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