La araucana segunda parte: 220

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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



«Conviene, ¡oh gran Senado religioso!,
que vencer o morir determinemos,
y en sólo nuestro brazo valeroso
como último remedio confiemos.
Las casas, ropa y mueble infrutuoso
que al descanso nos llaman, abrasemos,
que habiendo de morir, todo nos sobra
y todo con vencer después se cobra.

En necesario y justo que se entienda
la grande utilidad que desto viene:
que no es bien que haya asiento en la hacienda
cuando el honor aún su lugar no tiene,
ni es razón que soldado alguno atienda
a más de aquello que a vencer conviene
ni entibie las ardientes voluntades
el amor de las casas y heredades.

Así que en esta guerra tan reñida
quien pretende descanso, como digo,
piense que no hay más honra, hacienda y vida
de aquella que quitare al enemigo;
que a virtud del brazo conocida
será el rescate y verdadero amigo
pues no ha de haber partido ni concierto,
sino sólo matar o quedar muerto».

Oído allí por los caciques esto,
muchos suspensos sin hablar quedaron
y algunos dellos, con turbado gesto
enarcando las cejas, se miraron;
pero rompiendo aquel silencio puesto,
sobre ello un rato dieron y tomaron,
hallando en su favor tantas razones
que se llevó tras sí las opiniones.

Así el valiente Ongolmo, no esperando
que otro en tal ocasión le precediese,
aprueba a voces la demanda, instando
en que por obra luego se pusiese.
Siguió este parecer Purén, jurando
de no entrar en poblado hasta que viese
sin medio ni concierto, a fuerza pura,
su patria en libertad y paz segura.



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