La araucana segunda parte: 223

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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Arremetiera Tucapel, si en esto
Caupolicán, que a tiempo se previno,
con presta diligencia en medio puesto,
la voz no le atajara y el camino,
y con severa muestra y grave gesto
reprehendiendo el loco desatino,
por rematar entre ellos la porfía
concedió a Tucapel lo que pedía.

Pues el campo y el plazo señalado
que fue para de aquel en cuatro días,
nacieron en el pueblo alborozado
sobre el dudoso fin muchas porfías.
Quién apostaba ropa, quién ganado,
quién tierras de labor, quién granjerías;
algunos, que ganar no deseaban,
las usadas mujeres apostaban.

Cercaron una plaza de tablones
en un esento y descubierto llano,
donde los dos indómitos varones
armados combatiesen mano a mano,
publicando en pregón las condiciones
por el estilo y término araucano,
para que a todos manifiesto fuese
y ninguno inorancia pretendiese.

Llegado el plazo, al despuntar del día
con gran gozo de muchos esperado,
luego la bulliciosa compañía
comenzó a rodear el estacado.
Era tal el aprieto, que no había
árbol, pared, ventana ni tejado
de donde descubrirse algo pudiese
que cubierto de gente no estuviese.

El sol algo encendido y perezoso
apenas del oriente había salido,
cuando por una parte el animoso
Tucapel asomó con gran ruido;
por otra, pues, no menos orgulloso,
al mismo tiempo aparecer se vido
el fantástico Rengo muy gallardo,
ambos con fiera muestra y paso tardo.



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