La araucana segunda parte: 228

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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Era, cierto, espectáculo espantoso
verlos tan recia y duramente asidos,
llenos de sangre y de un sudor copioso
los rostros y los ojos encendidos;
el aliento ya grueso y presuroso,
el forcejar, gimir y los ronquidos
sin descansar un punto en todo el día
ni haber ventaja alguna o mejoría.

Mas Tucapel ardiendo en viva saña,
teniéndose por flojo y afrentado,
ara y revuelve toda la campaña,
cargando recio deste y de aquel lado.
Rengo con gran destreza y cauta maña,
recogido en su fuerza y reportado,
su opinión y propósito sostiene
y en igual esperanza se mantiene.

Viendo, pues, al contrario algo metido,
le quiso rebatir el pie derecho
mas Tucapel, a tiempo recogido,
lo suspende de tierra sobre el pecho,
y entre los duros músculos ceñido
le estremece, sacude y tiene estrecho
tanto, que con el recio apretamiento
no le deja tomar tierra ni aliento.

Creyendo de aquel modo, fácilmente
dar fin al hecho y rematar la guerra,
Rengo, que era destrísimo y valiente,
hizo con fuerza pie cobrando tierra,
y de rabiosa cólera impaciente
de un fuerte rodeón se desafierra,
llevándose en las manos apretado
cuanto en la dura presa había agarrado.

Fue Tucapel un rato descompuesto
dando al un lado y otro zancadillas,
y Rengo de la fuerza que había puesto
hincó en el suelo entrambas las rodillas.
Ambos corrieron a las armas presto,
rajando los escudos en astillas
con tempestad de golpes presurosos,
más fuertes que al principio y más furiosos.


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