La araucana segunda parte: 229

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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Estaban los presentes admirados
de aquel duro tesón y valentía,
viéndolos en mil partes ya llagados
y la sangre que el suelo humedecía;
los arneses y escudos destrozados
y que ningún partido y medio había
sino sólo quedar el uno muerto
aunque morir los dos era más cierto.

Dio Rengo a Tucapel una herida,
cogiéndole al soslayo la rodela
que, aunque de gruesos cercos guarnecida,
entró como si fuera blanda suela.
No quedó allí la espada detenida,
que gran parte cortó de la escarcela
y un doble zaragüel de ñudo grueso,
penetrando la carne hasta el hueso.

No se vio corazón tan sosegado
que no diese en el pecho algún latido
viendo la horrenda muestra y rostro airado
del impaciente bárbaro ofendido
que, el roto escudo lejos arrojado,
de un furor infernal ya poseído,
de suerte alzó la espada que yo os juro
que nadie allí pensó quedar seguro.

¡Guarte, Rengo, que baja, guarda, guarda,
con gran rigor y furia acelerada
el golpe de la mano más gallarda
que jamás gobernó bárbara espada!
Mas quien el fin deste combate aguarda
me perdone si dejo destroncada
la historia en este punto, porque creo
que así me esperará con más deseo.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE



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