La araucana segunda parte II(Versión para imprimir)

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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Mas vosotros, varones invencibles,
entre las armas ásperas criados
y en guerras y trabajos insufribles
tantas y tantas veces aprobados,
¿qué peligros habrá ya tan terribles
ni contrarios ejércitos ligados
que basten a poneros algún miedo,
ni a resfriar vuestro ánimo y denuedo?

Ya me parece ver gloriosamente
la riza y mortandad de vuestra mano
y ese interpuesto mar con más creciente,
teñido en roja sangre el color cano.
Abrid, pues, y romped por esa gente,
echad a fondo ya el poder cristiano
tomando posesión de un golpe solo
del Gange a Chile y de uno al otro polo».

Así el Bajá en el limitado trecho
los dispuestos soldados animaba
y de la heroica empresa y alto hecho
el próspero suceso aseguraba
pero en lo hondo del secreto pecho
siempre el negocio más dificultaba,
tomando por agüero ya contrario
la gran resolución del adversario.

Y más cuando un genízaro forzado
que iba sobre la gata descubriendo,
después de haberse bien certificado
las galeras de allí reconociendo,
dijo: «El cuerpo de en medio y diestro lado
y el socorro que atrás viene siguiendo,
si mi vista de aquí no desatina,
es de la armada y gente ponentina».

Sintió el Bajá no menos que la muerte
lo que el cristiano cierto le afirmaba
pero mostrando esfuerzo y pecho fuerte
el secreto dolor disimulaba,
y así al cuerpo de en medio, que por suerte
según orden de guerra le tocaba,
enderezó su escuadra aventajada
de sus tendidos cuernos abrigada.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Llegado el punto ya del rompimiento
que los precisos hados señalaron,
con una furia igual y movimiento
las potentes armadas se juntaron,
donde por todas partes a un momento
los cargados cañones dispararon
con un terrible estrépito de modo
que parecía temblar el mundo todo.

El humo, el fuego, el espantoso estruendo
de los furiosos tiros escupidos,
el recio destroncar y encuentro horrendo
de las proas y mástiles rompidos,
el rumor de las armas estupendo,
las varias voces, gritos y apellidos,
todo en revuelta confusión hacía
espectáculo horrible y armonía.

No la ciudad de Príamo asolada
por tantas partes sin cesar ardía
ni el crudo efeto de la griega espada
con tal rigor y estrépito se oía,
como la turca y la cristiana armada
que, envuelta en humo y fuego, parecía
no sólo arder el mar, hundirse el suelo,
pero venirse abajo el alto cielo.

El gallardo don Iuan, reconocida
la enemiga real que iba en la frente,
hendiendo recio el agua rebatida
rompe por medio de la llama ardiente;
mas la turca, con ímpetu impelida
le sale a recebir, donde igualmente
se embisten con furiosos encontrones
rompiendo los herrados espolones.

No estaban las reales aferradas
cuando de gran tropel sobrevinieron
siete galeras turcas bien armadas
que en la cristiana súbito embistieron;
pero de no menor furia llevadas,
al socorro sobre ellas acudieron
de la derecha y de la izquierda mano
la general del Papa y veneciano,



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



do con segunda autoridad venía
por general del Sumo Quinto Pío
Marco Antonio Colona, a quien seguía
una escuadra de mozos de gran brío;
tras la cual al socorro arremetía
por el camino y paso más vacío
la Patrona de España y Capitana,
rompiendo el golpe y multitud pagana.

El Príncipe de Parma valeroso,
que iba en la capitana ginovesa
hendiendo el mar revuelto y espumoso,
se arroja en medio de la escuadra apriesa.
La confusión y revolver furioso
y del humo la negra nube espesa
la codiciosa vista me impedía
y así a muchos allí desconocía.

Mons de Leñí con su galera presto
por su parte embistió y cerró el camino,
donde llegó de los primeros puesto
el valeroso príncipe de Urbino,
que a la bárbara furia contrapuesto,
con ánimo y esfuerzo peregrino,
gallarda y singular prueba hacía
de su valor, virtud y valentía.

Luego con igual ímpetu y denuedo
llegan unas con otras abordarse,
cerrándose tan juntas que a pie quedo
pueden con las espadas golpearse.
No bastaba la muerte a poner miedo
ni allí se vio peligro rehusarse,
aunque al arremeter viesen derechos
disparar los cañones a los pechos.

Así la airada gente, deseosa
de ejecutar sus golpes, se juntaban
y cual violenta tempestad furiosa,
los tiros y altos brazos descargaban.
Era de ver la priesa hervorosa
con que las fieras armas meneaban,
la mar de sangre súbito cubierta,
comenzó a recebir la gente muerta.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Por las proas, por popas y costados
se acometen y ofenden sin sosiego:
unos cayendo mueren ahogados,
otros a puro hierro, otros a fuego,
no faltando en los puestos desdichados
quien a los muertos sucediese luego:
que muerte ni rigor de artillería,
jamás bastó a dejar plaza vacía.

La sazón, gran Felipe, es ya llegada
en que mi voz, de vos favorecida,
cante la universal y gran jornada
en las ausonias olas definida;
la soberbia otomana derrocada,
su marítima fuerza destruida,
los varios hados, diferentes suertes,
el sangriento destrozo y crudas muertes.

Abridme, ¡oh sacras Musas!, vuestra fuente
y dadme nuevo espíritu y aliento,
con estilo y lenguaje conveniente
a mi arrojado y grande atrevimiento
para decir estensa y claramente
desde naval conflito el rompimiento
y las gentes que están juntas a una
debajo deste golpe de fortuna.

¿Quién bastará a contar los escuadrones
y el número copioso de galeras,
la multitud y mezcla de naciones,
estandartes, enseñas y banderas;
las defensas, pertrechos, municiones,
las diferencias de armas y maneras,
máquinas, artificios y instrumentos,
aparatos, divisas y ornamentos?

Vi corvatos, dalmacios, esclavones,
búlgaros, albaneses, trasilvanos,
tártaros, tracios, griegos, macedones,
turcos, lidios, armenios, gorgianos,
sirios, árabes, licios, licaones,
númidas, sarracenos, africanos,
genízaros, sanjacos, capitanes,
chauces, behelerbeyes y bajanes.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Vi allí también de la nación de España
la flor de juventud y gallardía,
la nobleza de Italia y de Alemaña,
una audaz y bizarra compañía:
todos ornados de riqueza estraña,
con animosa muestra y lozanía,
y en las popas, carceses y trinquetes,
flámulas, banderolas, gallardetes.

Así las dos armadas, pues, venían
en tal manera y orden navegando
que dos espesos bosques parecían
que poco a poco se iban allegando.
Las cicaladas armas relucían
en el inquieto mar reverberando,
ofendiendo la vista desde lejos
las agudas vislumbres y reflejos.

Por nuestra armada al uno y otro lado
una presta fragata discurría,
donde venía un mancebo levantado
de gallarda aparencia y bizarría,
un riquísimo y fuerte peto armado,
con tanta autoridad, que parecía
en su disposición, figura y arte,
hijo de la Fortuna y del dios Marte.

Yo, codicioso de saber quién era,
aficionado al talle y apostura,
mirando atentamente la manera,
el aire, el ademán y compostura,
en la fuerte celada, en la testera
vi escrito en el relieve y grabadura
(de letras de oro, el campo en sangre tinto):
DON IUAN, HIJO DE CÉSAR CARLOS QUINTO.

El cual acá y allá siempre corría
por medio del bullicio y alboroto
y en la fragata cerca del venía
el viejo secretario, Juan de Soto,
de quien el mago anciano me decía
ser en todas las cosas de gran voto,
persona de discursos y esperiencia,
de muchas expedición y suficiencia.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Don Iuan a la sazón los exhortaba
a la batalla y trance peligroso,
con ánimo y valor que aseguraba
por cierta la vitoria y fin dudoso;
y su gran corazón facilitaba
lo que el temor hacía dificultoso,
derramando por toda aquella gente
un bélico furor y fuego ardiente

diciendo: «¡Oh valerosa compañía,
muralla de la Iglesia inexpugnable,
llegada es la ocasión, éste es el día
que dejáis vuestro nombre memorable,
calad armas y remos a porfía
y la invencible fuerza y fe inviolable
mostrad contra estos pérfidos paganos
que vienen a morir a vuestras manos!

Que quien volver de aquí vivo desea
al patrio nido y casa conocida,
por medio desa armada gente crea
que ha de abrir con la espada la salida;
así cada cual mire que pelea
por su Dios, por su Rey y por la vida,
que no puede salvarla de otra suerte
si no es trayendo el enemigo a muerte.

«Mirad que del valor y espada vuestra
hoy el gran peso y ser del mundo pende;
y entienda cada cual que está en su diestra
toda la gloria y premio que pretende.
Apresuremos la fortuna nuestra
que la larga tardanza nos ofende
pues no estáis de cumplir vuestro deseo
mas del poco de mar que en medio veo.

Vamos, pues, a vencer; no detengamos
nuestra buena fortuna que nos llama;
del hado el curso próspero sigamos
dando materia y fuerzas a la fama:
que solo deste golpe derribamos
la bárbara arrogancia y se derrama
el sonoroso estruendo desta guerra
por todos los confines de la tierra.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Mirad por ese mar alegremente
cuánta gloria os está ya aparejada,
que Dios aquí ha juntado tanta gente
para que a nuestros pies sea derrocada,
y someta hoy aquí todo el Oriente
a nuestro yugo la cerviz domada
y a sus potentes príncipes y reyes
les podamos quitar y poner leyes.

«Hoy con su perdición establecemos
en todo el mundo el crédito cristiano,
que quiere nuestro Dios que quebrantemos
el orgullo y furor mahometano.
¿Qué peligro, ¡oh varones!, temeremos
militando debajo de tal mano?
¿Y quién resistirá vuestras espadas
por la divina mano gobernadas?

Sólo os ruego que, en Christo confiando
que a la muerte de cruz por vos se ofrece,
combata cada cual por Él mostrando
que llamarse su mílite merece.
Con propósito firme protestando
de vencer o morir, que si parece
la vitoria de premio y gloria llena,
la muerte por tal Dios no es menos buena.

Y pues con este fin nos dispusimos
al peligro y rigor desta jornada
y en la defensa de su ley venimos
contra esa gente infiel y renegada,
la justísima causa que seguimos
nos tiene la vitoria asegurada,
así que ya del cielo prometido,
os puedo yo afirmar que habéis vencido».

Súbito allí los pechos más helados
de furor generoso se encendieron,
y de los torpes miembros resfriados,
el temor vergonzoso sacudieron.
Todos, los diestros brazos levantados,
la vitoria o morir le prometieron,
teniendo en poco ya desde aquel punto
el contrario poder del mundo junto.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



El valeroso joven, pues, loando
aquella voluntad asegurada,
con súbita presteza el mar cortando,
atravesó por medio de la armada
de blanca espuma el rastro levantando,
cual luciente cometa arrebatada,
cuando veloz, rompiendo el aire espeso,
le suele así dejar gran rato impreso.

Así que brevemente habiendo puesto
en orden las galeras y la gente,
a la suya real se acosta presto,
donde fue saludado alegremente;
y señalando a cada cual su puesto
con el concierto y modo conveniente,
zafa la artillería, y alistada,
iba la vuelta de la turca armada.

Llevaba el cuerno de la diestra mano
el sucesor del ínclito Andrea Doria,
de quien el largo mar Mediterrano
hará perpetua y célebre memoria
y Augustín Barbarigo, veneciano,
proveedor de la armada senatoria,
llevaba el otro cuerno a la siniestra
con orden no menor y bella muestra.

Pues los cuernos iguales y ordenados
la batalla guiaba el hijo dino
del gran Carlos, cerrando los dos lados
las galeras de Malta y Lomelino;
la del Papa y Venecia a los costados,
así continuaban su camino,
cargando con igual compás y estremos
las anchas palas de los largos remos.

Iban seis galeazas delanteras,
bastecidas de gente y artilladas,
puestas de dos en dos en las fronteras,
que a manera de luna iban cerradas.
Seguían luego detrás treinta galeras
al general socorro señaladas,
donde el marqués de Santa Cruz venía
con una valerosa compañía.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Por el orden y término que cuento
la católica armada caminaba
la vuelta de la infiel que a sobreviento,
ganándole la mar, se aventajaba;
pero luego a deshora calmó el viento
y el alto mar sus olas allanaba,
remitiendo fortuna la sentencia
al valor de los brazos y excelencia.

Opuesto al Barbarigo, al cuerno diestro
va Siroco, virrey de Alejandría,
con Memeth Bey, cosario y gran maestro,
que a Negroponto a la sazón regía.
Ochalí, renegado, iba al siniestro
con Carabey, su hijo en compañía
y en medio en la batalla bien cerrada
Alí, gran general de aquella armada.

El cual, reconociendo el duro hado,
y de su perdición la hora postrera,
como prudente capitán y osado,
de la alta popa en la real galera,
con un semblante alegre y confiado
que mostraba, fingido por defuera,
el cristiano poder disminuyendo,
hizo esta breve plática, diciendo:

«No será menester, soldados, creo,
moveros ni incitaros con razones,
que ya por las señales que en vos veo,
se muestran bien las fieras intenciones;
echad fuera la ira y el deseo
desos vuestros fogosos corazones
y las armas tomad, en cuyo hecho
los hados ponen hoy nuestro derecho:

que jamás la fortuna a nuestros ojos
se mostró tan alegre y descubierta
pues cargada de gloria y de despojos,
se viene ya a meter por nuestra puerta.
Rematad el trabajo y los enojos
desta prolija guerra, haciendo cierta
la esperanza y el crédito estimado
que de vuestro valor siempre habéis dado.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



No os altere la muestra y el ruido
con que se acerca la enemiga armada:
que sabed que ese ejército movido
y gente de mil reinos allegada,
Fortuna a una cerviz la ha reducido
porque pueda de un golpe ser cortada,
y deis por vuestra mano en solo un día
del mundo al Gran Señor la monarquía.

Que esas gentes sin orden que allí vienen
en el valor y número inferiores,
son las que nos impiden y detienen
el ser de todo el mundo vencedores.
Muestren las armas el poder que tienen,
tomad de esos indignos posesores
las provincias y reinos del Poniente
que os vienen a entregar tan ciegamente.

Que ese su capitán envanecido
es de muy poca edad y suficiencia,
indignamente al cargo promovido,
sin curso, diciplina ni esperiencia
y así, presuntuoso y atrevido,
con ardor juvenil y inadvertencia
trae toda esa gente condenada
a la furia y rigor de vuestra espada.

No penséis que nos venden muy costosa
los hados la vitoria deste día,
que lo más desa armada temerosa
es de la veneciana Señoría,
gente no ejercitada ni industriosa,
dada más al regalo y pulicía
y a las blandas delicias de su tierra
que al robusto ejercicio de la guerra.

Y esotra turbamulta congregada
es pueblo soez y bárbara canalla
de diversas naciones amasada,
en quien conformidad jamás se halla.
Gente que nunca supo qué es espada,
que antes que se comience la batalla
y el espantoso són de artillería
la romperá su misma vocería.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Mas vosotros, varones invencibles,
entre las armas ásperas criados
y en guerras y trabajos insufribles
tantas y tantas veces aprobados,
¿qué peligros habrá ya tan terribles
ni contrarios ejércitos ligados
que basten a poneros algún miedo,
ni a resfriar vuestro ánimo y denuedo?

Ya me parece ver gloriosamente
la riza y mortandad de vuestra mano
y ese interpuesto mar con más creciente,
teñido en roja sangre el color cano.
Abrid, pues, y romped por esa gente,
echad a fondo ya el poder cristiano
tomando posesión de un golpe solo
del Gange a Chile y de uno al otro polo».

Así el Bajá en el limitado trecho
los dispuestos soldados animaba
y de la heroica empresa y alto hecho
el próspero suceso aseguraba
pero en lo hondo del secreto pecho
siempre el negocio más dificultaba,
tomando por agüero ya contrario
la gran resolución del adversario.

Y más cuando un genízaro forzado
que iba sobre la gata descubriendo,
después de haberse bien certificado
las galeras de allí reconociendo,
dijo: «El cuerpo de en medio y diestro lado
y el socorro que atrás viene siguiendo,
si mi vista de aquí no desatina,
es de la armada y gente ponentina».

Sintió el Bajá no menos que la muerte
lo que el cristiano cierto le afirmaba
pero mostrando esfuerzo y pecho fuerte
el secreto dolor disimulaba,
y así al cuerpo de en medio, que por suerte
según orden de guerra le tocaba,
enderezó su escuadra aventajada
de sus tendidos cuernos abrigada.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Llegado el punto ya del rompimiento
que los precisos hados señalaron,
con una furia igual y movimiento
las potentes armadas se juntaron,
donde por todas partes a un momento
los cargados cañones dispararon
con un terrible estrépito de modo
que parecía temblar el mundo todo.

El humo, el fuego, el espantoso estruendo
de los furiosos tiros escupidos,
el recio destroncar y encuentro horrendo
de las proas y mástiles rompidos,
el rumor de las armas estupendo,
las varias voces, gritos y apellidos,
todo en revuelta confusión hacía
espectáculo horrible y armonía.

No la ciudad de Príamo asolada
por tantas partes sin cesar ardía
ni el crudo efeto de la griega espada
con tal rigor y estrépito se oía,
como la turca y la cristiana armada
que, envuelta en humo y fuego, parecía
no sólo arder el mar, hundirse el suelo,
pero venirse abajo el alto cielo.

El gallardo don Iuan, reconocida
la enemiga real que iba en la frente,
hendiendo recio el agua rebatida
rompe por medio de la llama ardiente;
mas la turca, con ímpetu impelida
le sale a recebir, donde igualmente
se embisten con furiosos encontrones
rompiendo los herrados espolones.

No estaban las reales aferradas
cuando de gran tropel sobrevinieron
siete galeras turcas bien armadas
que en la cristiana súbito embistieron;
pero de no menor furia llevadas,
al socorro sobre ellas acudieron
de la derecha y de la izquierda mano
la general del Papa y veneciano,



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do con segunda autoridad venía
por general del Sumo Quinto Pío
Marco Antonio Colona, a quien seguía
una escuadra de mozos de gran brío;
tras la cual al socorro arremetía
por el camino y paso más vacío
la Patrona de España y Capitana,
rompiendo el golpe y multitud pagana.

El Príncipe de Parma valeroso,
que iba en la capitana ginovesa
hendiendo el mar revuelto y espumoso,
se arroja en medio de la escuadra apriesa.
La confusión y revolver furioso
y del humo la negra nube espesa
la codiciosa vista me impedía
y así a muchos allí desconocía.

Mons de Leñí con su galera presto
por su parte embistió y cerró el camino,
donde llegó de los primeros puesto
el valeroso príncipe de Urbino,
que a la bárbara furia contrapuesto,
con ánimo y esfuerzo peregrino,
gallarda y singular prueba hacía
de su valor, virtud y valentía.

Luego con igual ímpetu y denuedo
llegan unas con otras abordarse,
cerrándose tan juntas que a pie quedo
pueden con las espadas golpearse.
No bastaba la muerte a poner miedo
ni allí se vio peligro rehusarse,
aunque al arremeter viesen derechos
disparar los cañones a los pechos.

Así la airada gente, deseosa
de ejecutar sus golpes, se juntaban
y cual violenta tempestad furiosa,
los tiros y altos brazos descargaban.
Era de ver la priesa hervorosa
con que las fieras armas meneaban,
la mar de sangre súbito cubierta,
comenzó a recebir la gente muerta.



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Por las proas, por popas y costados
se acometen y ofenden sin sosiego:
unos cayendo mueren ahogados,
otros a puro hierro, otros a fuego,
no faltando en los puestos desdichados
quien a los muertos sucediese luego:
que muerte ni rigor de artillería,
jamás bastó a dejar plaza vacía.

Quién por saltar en el bajel contrario
era en medio del salto atravesado;
quién por herir sin tiempo al adversario
caía en el mar, de su furor llevado;
quién con bestial designio temerario
en su nadar y fuerzas confiado,
al odioso enemigo se abrazaba
y en las revueltas olas se arrojaba.

¿Cuál será aquel que no temblase viendo
el fin del mundo y la total ruina,
tantas gentes a un tiempo pereciendo,
tanto cañón, bombarda y culebrina?
El sol los claros rayos recogiendo,
con faz turbada de color sanguina,
entre las negras nubes se escondía,
por no ver el destrozo de aquel día.

Acá y allá con pecho y rostro airado
sobre el rodante carro presuroso,
de Tesifón y Aleto acompañado,
discurre el fiero Marte sanguinoso.
Ora sacude el fuerte brazo armado,
ora bate el escudo fulminoso,
infundiendo en la fiera y brava gente
ira, saña, furor y rabia ardiente.

Quién, faltándole tiros, luego afierra
del pedazo de remo o de la entena;
quién trabuca al forzado y lo deshierra
arrebantando el grillo o la cadena.
No hay cosa de metal, de leño y tierra
que allí para tirar no fuese buena,
rotos bancos, postizas, batayolas,
barriles, escotillas, portañolas.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Y las lanzas y tiros que arrojaban
(aunque del duro acero resurtiesen)
en las sangrientas olas ya hallaban
enemigos que en sí los recibiesen;
y ardiendo en la agua fría peleaban
sin que al adverso hado se rindiesen,
hasta el forzoso y postrimero punto
que faltaba la fuerza y vida junto.

Cuáles, su propia sangre resorbiendo,
andan agonizando sobreaguados;
cuáles, tablas y gúmenas asiendo,
quedan, rindiendo el alma, enclavijados;
cuáles hacer más daño no pudiendo,
a los menos heridos abrazados,
se dejan ir al fondo forcejando,
contentos con morir allí matando.

No es posible contar la gran revuelta
y el confuso tumulto y son horrendo.
Vuela la estopa en vivo fuego envuelta,
alquitrán y resina y pez ardiendo,
la presta llama con la brea revuelta
por la seca madera discurriendo,
con fieros estallidos y centellas
creciendo, amenazaba las estrellas.

Unos al mar se arrojan por salvarse,
del crudo hierro y llamas perseguidos;
otros, que habían probado el ahogarse,
se abrazan a los leños encendidos;
así que con la gana de escaparse
a cualquiera remedio vano asidos,
dentro del agua mueren abrasados,
y en medio de las llamas ahogados.

Muchos, ya con la muerte porfiando,
su opinión aun muriendo sostenían,
los tiros y las lanzas apañando
que de las fuertes armas resurtían,
y en las huidoras olas estribando
los ya cansados brazos sacudían,
empleando en aquellos que topaban
la rabia y pocas fuerzas que quedaban.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Crece el furor y el áspero ruido
del contino batir apresurado;
el mar de todas partes rebatido,
hierve y regüelda cuerpos de apretado.
Y sangriento, alterado y removido,
cual de contrarios vientos arrojado,
todo revuelto en una espuma espesa,
las herradas galeras bate apriesa.

En la alta popa, junto al estandarte,
el ínclito don Iuan resplandecía
más encendido que el airado Marte,
cercado de una ilustre compañía.
De allí provee remedio a toda parte,
acá da priesa, allá socorro envía,
asegurando a todos su persona
soberbio triunfo y la naval corona.

Don Luys de Requesens de otra banda
provoca, exhorta, anima, mueve, incita,
corre, vuelve, revuelve, torna y anda
donde el peligro más le necesita.
Provee, remedia, acude, ordena, manda,
insta, da priesa, induce y solicita,
a la diestra, siniestra, a popa, a proa,
ganando estimación y eterna loa.

Pues el Conde de Pliego don Fernando,
diligente, solícito y cuidoso,
acude a todas partes remediando
lo de menos remedio y más dudoso.
Así pues del cristiano y turco bando
cada cual inquiriendo un fin honroso,
procuraban matando, como digo,
morir en el bajel del enemigo.

Era tanta la furia y tal la priesa,
que el fin y día postrero parecía;
de los tiros la recia lluvia espesa
el aire claro y rojo mar cubría;
crece la rabia, el disparar no cesa
de la presta y continua batería,
atronando el rumor de las espadas
las marítimas costas apartadas.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



El buen marqués de Santa Cruz, que estaba
al socorro común apercebido,
visto el trabado juego cuál andaba
y desigual en partes el partido,
sin aguardar más tiempo se arrojaba
en medio de la priesa y gran ruido,
embistiendo con ímpetu furioso
todo lo más revuelto y peligroso.

Viendo, pues, de enemigos rodeada
la galera real con gran porfía,
y que de otra refresco bien armada
a embestirla con ímpetu venía,
saltóle de través, boga arrancada,
y al encuentro y defensa se oponía,
atajando con presto movimiento,
el bárbaro furor y fiero intento.

Después, rabioso, sin parar corriendo
por la áspera batalla discurría:
entra, sale y revuelve socorriendo
y a tres y a cuatro a veces resistía.
¿Quién podrá punto a punto ir refiriendo
las gallardas espadas que este día,
en medio del furor se señalaron
y el mar con turca sangre acrecentaron?

Don Iuan en esto, airado e impaciente
la espaciosa fortuna apresuraba
poniendo espuelas y ánimo a su gente
que envuelta en sangre ajena y propia andaba.
Alí Bajá, no menos diligente,
con gran hervor los suyos esforzaba,
trayéndoles contino a la memoria
el gran premio y honor de la vitoria.

Mas la real cristiana, aventajada
por el grande valor de su caudillo,
a puros brazos y a rigor de espada
abre recio en la turca un gran portillo
por do un grueso tropel de gente armada,
sin poder los contrarios resistillo,
entra con un rumor y furia estraña,
gritando: «¡Cierra!, ¡cierra!; ¡España!, ¡España!»



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Los turcos, viendo entrada su galera
del temor y peligro compelidos,
revuelven sobre sí de tal manera
que fueron los cristianos rebatidos;
pero añadiendo furia a la primera
los fuertes españoles ofendidos,
venciendo el nuevo golpe de la gente,
los vuelven a llevar forzosamente

hasta el árbol mayor, donde afirmando
el rostro y pie con nueva confianza
renuevan la batalla, refrescando
el fiero estrago y bárbara matanza.
Carga socorro de uno y otro bando,
fatígales y aqueja la tardanza
de vencer o morir desesperados,
dando gran priesa a los dudosos hados.

La grande multitud de los heridos
que a la batida proa recudían
causaban que a las veces detenidos,
los unos a los otros se impedían;
pero, de medicinas proveídos,
luego de nuevo a combatir volvían,
las enemigas fuerzas reprimiendo
que iban, al parecer, convalenciendo.

En esta gran revuelta y desatino,
que allí cargaba más que en otro lado,
viniendo a socorrer don Bernardino
(más que de vista de ánimo dotado),
fue con súbita furia en el camino
de un fuerte esmerilazo derribado,
cortándole con golpe riguroso
los pasos y designio valeroso.

Fue el poderoso golpe de tal suerte,
demás de la pesada y gran caída,
que resistir no pudo el peto fuerte
ni la rodela a prueba guarnecida.
Al fin el joven con honrada muerte
del todo aseguró la inquieta vida,
envainando en España mil espadas
en contra y daño suyo declaradas.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



En esto por tres partes fue embestida
la famosa de Malta capitana,
y apretada de todas y batida
con vieja enemistad y furia insana;
mas la fuerza y virtud tan conocida,
de aquella audaz caballería cristiana,
la multitud pagana contrastando,
iba de punto en punto mejorando.

Pero el virrey de Argel, cosario experto
que a la mira hasta entonces había estado,
hallando al cuerno diestro el paso abierto,
que del todo no estaba bien cerrado,
antes que se pusiesen en concierto,
furioso se lanzó por aquel lado,
echándole de nuevo tres bajeles
con infinito número de infieles.

Los fuertes caballeros peleando
resisten aquel ímpetu y motivo
pero al cabo, Señor, sobrepujando
a las fuerzas el número excesivo,
los entran con gran furia degollando
sin tomar a rescate un hombre vivo,
vertiendo en el revuelto mar furioso
de baptizada sangre un río espumoso.

Las galeras de Malta, que miraron
con tal rigor su capitana entrada,
los fieros enemigos despreciaron
con quien tenían batalla comenzada
y batiendo los remos se lanzaron
con nueva rabia y priesa acelerada
sobre la multitud de los paganos,
verdugos de los mártires cristianos.

Tanto fue el sentimiento en los soldados
y la sed de venganza de manera
que embistiendo a los turcos por los lados,
entran haciendo riza carnicera
Así que vitoriosos y vengados
recobraron su honor y la galera,
hallando solos vivos los primeros
al General y cuatro caballeros.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Marco Antonio Colona, despreciando
el ímpetu enemigo y la braveza,
combate animosísimo, igualando
con la honrosa ambición la fortaleza.
Pues Sebastián Veniero, contrastando
la turca fuerza y bárbara fiereza,
vengaba allí con ira y rabia justa
la injuria recebida en Famagusta.

La capitana de Sicilia en tanto,
también Portau Bajá la combatía,
la cual ya por el uno y otro canto
cercada de galeras la tenía.
Era el valor de los cristianos tanto
que la ventaja desigual suplía,
no sólo sustentado igual la guerra
pero dentro del mar ganando tierra;

que don Iuan, de la sangre de Cardona,
ejercitando allí su viejo oficio,
ofrece a los peligros la persona
dando de su valor notable indicio;
y la fiera nación de Barcelona
hace en los enemigos sacrificio,
trayendo hasta los puños las espadas
todas en sangre bárbara bañadas.

No pues con menos animo y pujanza
el sabio Barbarigo combatía,
igualando el valor a la esperanza
que de su claro esfuerzo se tenía:
ora oprime la turca confianza,
ora a la misma muerte rebatía,
haciendo suspender la flecha airada
que ya derecho en él tenía asestada.

Bien que con muestra y ánimo esforzado
contrastaba la furia sarracina,
no pudo contrastar al duro hado
o, por mejor decir, orden divina,
que ya el último término llegado,
de una furiosa flecha repentina
fue herido en el ojo en descubierto,
donde a poco de rato cayó muerto.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Aunque fue grande el daño y sentimiento
de ver tal capitán así caído,
no por eso turbó el osado intento
del veneciano pueblo embravecido,
antes con más furor y encendimiento
a la venganza lícita movido,
hiere en los matadores de tal suerte
que fue recompensada bien su muerte.

En este tiempo andaba la pelea
bien reñida del lado y cuerno diestro,
donde el sagaz y astuto Iuan Andrea
se mostraba muy plático maestro;
también Héctor Espínola pelea
con uno y otro a diestro y a siniestro,
señalándose en medio de la furia
la experta y diestra gente de Liguria.

Bien dos horas y media y más había
que duraba el combate porfiado,
sin conocer en parte mejoría
ni haberse la vitoria declarado,
cuando el bravo don Iuan, que en saña ardía
casi quejoso del suspenso hado,
comenzó a mejorar sin duda alguna,
declarada del todo su fortuna.

En esto con gran ímpetu y ruïdo,
por el valor de la cristiana espada
el furor mahomético oprimido,
que la turca real del todo entrada,
do el estandarte bárbaro abatido,
la Cruz del Redentor fue enarbolada
con un triunfo solenne y grande gloria,
cantando abiertamente la vitoria.

Súbito un miedo helado discurriendo
por los míseros turcos, ya turbados,
les fue los brazos luego entorpeciendo
dejándolos sin fuerzas desmayados;
y las espadas y ánimos rindiendo,
a su fortuna mísera entregados,
dieron la entrada franca, como cuento,
al ímpetu enemigo y movimiento.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Ya, pues, del cuerno izquierdo y del derecho
de la vitoria sanguinosa usando,
con furia inexorable todo a hecho
los van por todas partes degollando:
quién al agua se arroja, abierto el pecho;
quién se entrega a las llamas, rehusando
el agudo cuchillo riguroso,
teniendo el fuego allí por más piadoso.

El astuto Ochalí, viendo su gente
por la cristiana fuerza destruida
y la deshecha armada totalmente
al hierro, fuego y agua ya rendida,
la derrota tomó por el poniente,
siguiéndole con mísera huida
las bárbaras reliquias destrozadas,
del hierro y fuego apenas escapadas.

Pero el hijo de Carlos, conociendo
del traidor renegado el bajo intento,
con gran furia el movido mar rompiendo
carga, dándole caza, en seguimiento.
Iban tras ellos al través saliendo,
el de Bazán y el de Oria a sotavento
con una escuadra de galeras junta,
procurando ganarles una punta.

Mas la triste canalla, viendo angosta
la senda y ancho mar según temía,
vuelta la proa a la vecina costa,
en tierra con gran ímpetu embestía
y cual se vee tal vez saltar langosta
en multitud confusa, así a porfía
salta la gente al mar embravecido,
huyendo del peligro más temido.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Cuál con brazos, con hombros, rostro y pecho
el gran reflujo de las olas hiende;
cuál sin mirar a fondo y largo trecho,
no sabiendo nadar, allí lo aprende.
No hay parentesco, no hay amigo estrecho,
ni el mismo padre el caro hijo atiende,
que el miedo, de respetos enemigo,
jamás en el peligro tuvo amigo.

Así que del temor mismo esforzados
en la arenosa playa pie tomaron,
y por las peñas y árboles cerrados
a más correr huyendo se escaparon.
Deshechos, pues, del todo y destrozados
los miserables bárbaros quedaron,
habiendo fuerza a fuerza y mano a mano,
rendido el nombre de Austria al otomano.

Estaba yo con gran contento viendo
el próspero suceso prometido,
cuando en el globo el mágico hiriendo
con el potente junco retorcido
se fue el aire ofuscando y revolviendo,
y cesó de repente el gran ruido,
quedando en gran quietud la mar segura,
cubierto de una niebla y sombra escura.

Luego Fitón con plática sabrosa
me llevó por la sala paseando,
y sin dejar figura, cada cosa
me fue parte por parte declarando.
Mas teniendo temor que os sea enojosa
la relación prolija, iré dejando
todo aquello, aunque digno de memoria,
que no importa ni toca a nuestra historia.



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CANTO XXIV
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La araucana segunda parte



Sólo diré que con muy gran contento
del mago y Guaticolo despedido,
aunque tarde, llegué a mi alojamiento,
donde ya me juzgaban por perdido.
Volviendo, pues, la pluma a nuestro cuento,
que en larga digresión me he divertido,
digo que allí estuvimos dos semanas
con falsas armas y esperanzas vanas.

Pero en resolución nunca supimos
de nuestros enemigos cautelosos
ni su designio y ánimo entendimos,
que nos tuvo suspensos y dudosos;
lo cual considerado, nos partimos
desmintiendo los pasos peligrosos
en su demanda, entrando por la tierra
con gana y fin de rematar la guerra.

Una tarde que el sol ya declinaba
arribamos a un valle muy poblado,
por donde un grande arroyo atravesaba,
de cultivadas lomas rodeado;
y en la más llana que a la entrada estaba,
por ser lugar y sitio acomodado,
la gente se alojó por escuadrones,
las tiendas levantando y pabellones.

Estaba el campo apenas alojado
cuando de entre unos árboles salía
un bizarro araucano bien armado,
buscando el pabellón de don García;
y a su presencia el bárbaro llegado,
sin muestra ni señal de cortesía
le comenzó a decir... Pero entre tanto
será bien rematar mi largo canto.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Asientan los españoles su campo en Millarapué; llega a
desafiarlos un indio de parte de Caupolicán; vienen a la batalla
muy reñida y sangrienta; señálanse Tucapel y Rengo; cuéntase
también el valor que los españoles mostraron aquel día


Cosa es digna de ser considerada
y no pasar por ella fácilmente
que gente tan ignota y desviada
de la frecuencia y trato de otra gente,
de inavegables golfos rodeada,
alcance lo que así difícilmente
alcanzaron por curso de la guerra
los más famosos hombres de la tierra.

Dejen de encarecer los escritores
a los que el arte militar hallaron,
ni más celebren ya a los inventores
que el duro acero y el metal forjaron,
pues los últimos indios moradores
de araucano Estado así alcanzaron
el orden de la guerra y diciplina,
que podemos tomar dellos dotrina.

¿Quién les mostró a formar los escuadrones,
representar en orden la batalla,
levantar caballeros y bastiones,
hacer defensas, fosos y muralla,
trincheas, nuevos reparos, invenciones
y cuanto en uso militar se halla,
que todo es un bastante y claro indicio
del valor desta gente y ejercicio?

Y sobre todo debe ser loado
el silencio en la guerra y obediencia,
que nunca fue secreto revelado
por dádiva, amenaza ni violencia,
como ya en lo que dellos he contado
vemos abiertamente la esperiencia,
pues por maña jamás ni por espías
dellos tuvimos nueva en tantos días,



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



aunque en los pueblos comarcanos fueron
presas de sobresalto muchas gentes
que al rigor del tormento resistieron,
con gran constancia y firmes continentes.
Tanto que muchas veces nos hicieron
andar en los discursos diferentes
que pudiera causar notable daño,
creciendo su cautela y nuestro engaño.

Pero, como ya dije arriba, estando
apenas nuestro ejército alojado,
vino un gallardo mozo preguntando
dó estaba el capitán aposentado;
y a su presencia el bárbaro llegando,
con tono sin respeto levantado,
habiéndose juntado mucha gente,
soltó la voz, diciendo libremente:

«¡Oh capitán cristiano!, si ambicioso
eres de honor con título adquirido,
al oportuno tiempo venturoso,
tu próspera fortuna te ha traído:
que el gran Caupolicano, deseoso
de probar tu valor encarecido,
si tal virtud y esfuerzo en ti se halla,
pide de solo a solo la batalla;

»que siendo de personas informado
que eres mancebo noble, floreciente,
en la arte militar ejercitado,
capitán y cabeza desta gente,
dándote por ventaja de su grado
la eleción de las armas, francamente,
sin excepción de condición alguna,
quiere probar tu fuerza y su fortuna.

Y así por entender que muestras gana
de encontrar el ejército araucano,
te avisa que al romper de la mañana
se vendrá a presentar en este llano,
do con firmeza de ambas partes llana,
en medio de los campos, mano a mano
si quieres combatir sobre este hecho,
remitirá a las armas el derecho,



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



»con pacto y condición que si vencieres,
someterá la tierra a tu obediencia
y dél podrás hacer lo que quisieres
sin usar de respeto ni clemencia;
y cuando tú por él vencido fueres,
libre te dejará en tu preeminencia,
que no quiere otro premio ni otra gloria
sino sólo el honor de la vitoria.

Mira que sólo que esta voz se estienda
consigues nombre y fama de valiente,
y en cuanto el claro sol sus rayos tienda
durará tu memoria entre la gente;
pues al fin se dirá que por contienda
entraste valerosa y dignamente
en campo con el gran Caupolicano,
persona por persona y mano a mano.

Esto es a lo que vengo, y así pido
te resuelvas en breve a tu albedrío,
si quieres por el término ofrecido
rehusar o acetar el desafío;
que aunque el peligro es grande y conocido,
de tu altiveza y ánimo confío
que al fin satisfarás con osadía
a tu estimado honor y al que me envía».

Don García le responde: «Soy contento
de acetar el combate, y le aseguro
que el plazo puesto y señalado asiento
podrá a su voluntad venir seguro».
El indio, que escuchando estaba atento,
muy alegre le dijo: «Yo te juro
que esta osada respuesta eternamente
te dejará famoso entre la gente».

Con esto, sin pasar más adelante,
las espaldas volvió y tomó la vía,
mostrando por su término arrogante
en la poca opinión que nos tenía.
Algunos hubo allí que en el semblante
juzgaron ser mañosa y doble espía,
que iba a reconocer con este tiento
la gente, y pertrechado alojamiento.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Venida, pues, la noche, los soldados
en orden de batalla nos pusimos,
y a las derechas picas arrimados
contando las estrellas estuvimos,
del sueño y graves armas fatigados,
aunque crédito entero nunca dimos
al indio, por pensar que sólo vino
a tomar lengua y descubrir camino.

Ya la espaciosa noche declinando
trastornaba al ocaso sus estrellas,
y la aurora al oriente despuntando
deslustraba la luz de todas ellas,
las flores con su fresco humor rociando,
restituyendo en su color aquellas
que la tiniebla lóbrega importuna
las había reducido a sola una,

cuando con alto y súbito alarido
apareció por uno y otro lado,
en tres distantes partes dividido,
el ejército bárbaro ordenado.
Cada escuadrón de gente muy fornido,
que con gran muestra y paso apresurado
iba en igual orden, como cuento,
cercando nuestro estrecho alojamiento.

La gente de caballo, aparejada
sobre las riendas la enemiga espera;
mas antes que llegase, anticipada,
se arroja por una áspera ladera,
y al escuadrón siniestro encaminada
le acomete furiosa, de manera
que un terrapleno y muro poderoso
no resistiera el ímpetu furioso.

Pero Caupolicán, que gobernando
iba aquel escuadrón algo delante,
el paso hasta su gente retirando,
hizo calar las picas a un instante,
donde los pies y brazos afirmando
en las agudas puntas de diamante,
reciben el furor y encuentro estraño
haciendo en los primeros mucho daño.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Unos, sin alas, con ligero vuelo
desocupan atónitos las sillas;
otros, vueltas las plantas hacia el cielo,
imprimen en la tierra las costillas;
y los que no probaron allí el suelo
por apretar más recio las rodillas,
aunque más se mostraron esforzados,
quedaron del encuentro maltratados.

De sus golpes los nuestros no faltaron,
que todos sin errar fueron derechos:
cuáles de banda a banda atravesaron;
cuáles atropellaron con los pechos.
Todos en un instante se mezclaron,
viniendo a las espadas más estrechos
con tal priesa y rumor, que parecía,
la espantosa vulcánea herrería.

El bravo general Caupolicano,
rota la pica, de la maza afierra,
y a la derecha y a la izquierda mano
hiere, destroza, mata y echa a tierra.
Hallándose muy junto a Berzocano,
los dientes y furioso puño cierra
descargándole encima tal puñada,
que le abolló en los cascos la celada.

Tras éste otro derriba y otro mata,
que fue por su desdicha el más vecino,
abre, destroza, rompe y desbarata,
haciendo llano el áspero camino,
y al yanacona Tambo así arrebata
que como halcón al pollo o palomino,
sin poderle valer los más cercanos,
le ahoga y despedaza entre las manos.

Bernal y Leucotón, que deseando
andaba de encontrarse en esta danza,
se acometen furiosos, descargando
los brazos con igual ira y pujanza,
y las altas cabezas inclinando
a su pesar usaron de crianza
hincando a un tiempo entrambos las rodillas
con un batir de dientes y ternillas.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Mas cada cual de presto se endereza,
comenzando un combate fiero y crudo:
ya tiran a los pies, ya a la cabeza;
ya abollan la celada, ya el escudo.
Así, pues, anduvieron una pieza
mas pasar adelante esto no pudo,
que un gran tropel de gentes que embistieron
por fuerza a su pesar los despartieron.

Don Miguel y don Pedro de Avendaño,
Rodrigo de Quiroga, Aguirre, Aranda,
Cortés y Iuan Iufré con riesgo estrano
sustentan todo el peso de su banda;
también hacen efeto y mucho daño
Reynoso, Peña, Córdova, Miranda,
Monguía, Lasarte, Castañeda, Ulloa,
Martín Ruyz y Iuan López de Gamboa.

Pues don Luys de Toledo peleando,
Carranza, Aguayo, Zúñiga y Castillo
resisten el furor del indio bando
con Diego Cano, Pérez y Ronquillo;
los primos Alvarados Iuan y Hernando,
Pedro de Olmos, Paredes y Carrillo
derriban a sus pies gallardamente,
aunque a costa de sangre, mucha gente.

El escuadrón de en medio, viendo asida
por el cuerno derecho la contienda,
acelerando el tiempo y la corrida,
acude a socorrer con furia horrenda;
mas nuestra gente en tercios repartida
la sale a recibir a toda rienda,
y del terrible estruendo y fiero encuentro
la tierra se apretó contra su centro.

Hubo muchas caídas señaladas,
grandes golpes de mazas y picazos;
lanzas, gorguces y armas enastadas
volaron hasta el cielo en mil pedazos;
vienen en un momento a las espadas
y aun otros más coléricos a brazos,
dándose con las dagas y puñales
heridas penetrables y mortales.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



El fiero Tucapel, habiendo hecho
su encuentro en lleno y muerto un buen soldado,
poco del diestro golpe satisfecho
le arrebató un estoque acicalado
con el cual barrenó a Guillermo el pecho,
y de un revés y tajo arrebatado
arrojó dos cabezas con celadas
muy lejos de sus troncos apartadas.

Mata de un golpe a Torbo fácilmente
y dio a Iuan Ynarauna tal herida
que la armada cabeza por la frente
cayó sobre los hombros dividida.
Tira una punta, y a Picol valiente
le echó fuera las tripas y la vida,
pero en esta sazón inadvertido
de más de diez espadas fue herido.

Carga sobre él la gente forastera
al rumor del estrago que sonaba,
y cercándole en torno como fiera
en confuso montón le fatigaba,
mas él con gran desprecio de manera
el esforzado brazo rodeaba,
que a muchos con castigo y escarmiento
les reprimió el furor y atrevimiento.

Tanto en más ira y más furor se enciende
cuanto el trabajo y el peligro crece,
que allí la gloria y el honor pretende
donde mayor dificultad se ofrece;
lo más dudoso y de más riesgo emprende
y poco lo posible le parece,
que el pecho grande y ánimo invencible
le allana y facilita lo imposible.

El último escuadrón y más copioso
su derrota y disignio prosiguiendo,
con paso aunque ordenado presuroso,
por la tendida loma iba subiendo;
y en el dispuesto llano y espacioso
nuestro escuadrón del todo descubriendo,
se detuvo algún tanto astutamente
reconociendo el sitio y nuestra gente.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Delante desta escuadra, pues, venía
el mozo Galbarín sargenteando,
que sus troncados brazos descubría,
las llagas aún sangrientas amostrando.
De un canto al otro apriesa discurría
el daño general representando,
encendiendo en furor los corazones
con muestras eficaces y razones,

diciendo: «¡Oh valentísimos soldados,
tan dignos deste nombre, en cuya mano
hoy la fortuna y favorables hados
han puesto el ser y crédito araucano!
Estad de la victoria confiados,
que este tumulto y aparato vano
es todo el remanente, y son las heces
de los que habéis vencido tantas veces.

Y esta postrer batalla fenecida
de vosotros así tan deseada,
no queda cosa ya que nos impida,
ni lanza enhiesta, ni contraria espada.
Mirad la muerte infame o triste vida
que está para el vencido aparejada,
los ásperos tormentos excesivos
que el vencedor promete hoy a los vivos.

Que si en esta batalla sois vencidos
la ley perece y libertad se atierra,
quedando al duro yugo sometidos,
inhábiles del uso de la guerra;
pues con las brutas bestias siempre uñidos,
habéis de arar y cultivar la tierra,
haciendo los oficios más serviles
y bajos ejercicios mujeriles.

»Tened, varones, siempre en la memoria
que la deshonra eternamente dura
y que perpetuamente esta vitoria
todas vuestras hazañas asegura.
Considerad, soldados, pues, la gloria
que os tiene aparejada la ventura,
y el gran premio y honor que, como digo,
un tan breve trabajo trae consigo.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Que aquel que se mostrare buen soldado
tendrá en su mano ser lo que quisiere,
que todo lo que habemos deseado,
la fortuna con ella hoy nos requiere;
también piense que queda condenado
por rebelde y traidor quien no venciere,
que no hay vencido justo y sin castigo
quedando por juez el enemigo».

De tal manera el bárbaro valiente
despertaba la ira y la esperanza
que el escuadrón apenas obediente
podía sufrir el orden y tardanza;
mas ya que la señal última siente,
con gran resolución y confianza
derribando las picas, bien cerrado,
ir se dejó de su furor llevado.

En el esento y pedregoso llano,
que más de un tiro de arco se estendía,
nuestro escuadrón a un tiempo mano a mano
asimismo al encuentro le salía,
donde con muestra y término inhumano
y el gran furor que cada cual traía
se embisten los airados escuadrones
cayendo cuerpos muertos a montones.

No duraron las picas mucho enteras,
que en rajas por los aires discurrieron;
las estendidas mangas y hileras
de golpe unas con otras se rompieron.
Hubo muertes allí de mil maneras,
que muchos sin heridas perecieron
del polvo y de las armas ahogados,
otros de encuentros fuertes estrellados.

Trábase entre ellos un combate horrendo
con hervorosa priesa y rabia estraña,
todos en un tesón igual poniendo
la estrema industria, la pujanza y maña.
Sube a los cielos el furioso estruendo,
retumba en torno toda la campaña,
cubriendo los lugares descubiertos
la espesa lluvia de los cuerpos muertos.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Hierve el coraje, crece la contienda
y el batir sin cesar siempre más fuerte;
no hay malla y pasta fina que defienda
la entrada y paso a la furiosa muerte,
que con irreparable furia horrenda
todo ya en su figura lo convierte,
naciendo del mortal y fiero estrago,
de espesa y negra sangre un ancho lago.

Rengo orgulloso, que al siniestro lado
iba siempre avivando la pelea,
de la roedora afrenta estimulado
que en Mataquito recibió de Andrea,
el ronco tono y brazo levantado
discurre todo el campo y lo rodea
acá y allá por una y otra mano,
llamando el enemigo nombre en vano.

Andrea, pues, asimesmo procurando
fenecer la quistión, le deseaba;
mas lo que el uno y otro iba buscando,
la dicha de los dos lo desviaba,
que el italiano mozo, peleando
en el otro escuadrón, distante andaba,
haciendo por su estraña fuerza cosas
que, aunque lícitas, eran lastimosas.

Mata de un golpe a Trulo y endereza
la dura punta y a Pinol barrena,
y sin brazo a Teguán una gran pieza
le arroja dando vueltas por la arena;
lleva de un golpe a Changle la cabeza
y por medio del cuerpo a Pon cercena;
hiende a Norpo hasta el pecho, y a Brancolo
como grulla le deja en un pie solo.

Veis, pues, aquí a Orompello, el cual haciendo
venía por esta parte mortal guerra,
que al gran tumulto y voces acudiendo,
vio cubierta de muertos la ancha tierra;
y al ginovés gallardo conociendo,
como cebado tigre con él cierra,
alta la maza y encendido el gesto,
sobre las puntas de los pies enhiesto.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Fue de la maza el ginovés cogido
en el alto crestón de la celada,
que todo lo abolló y quedó sumido
sobre la estofa de algodón colchada.
Estuvo el italiano adormecido,
gomita sangre, la color mudada,
y vio, dando de manos por el suelo,
vislumbres y relámpagos del cielo.

Redobla otro gallardo mozo luego
con más furor y menos bien guiado,
que a no ser a soslayo, el fiero juego
del todo entre los dos fuera acabado.
El ginovés, desatinado y ciego,
fue un poco de través, mas recobrado,
se puso en pie con priesa no pensada,
levantando a dos manos la ancha espada.

Y con la estrema rabia y fuerza rara
sobre el joven la cala de manera
que si el ferrado leño no cruzara,
de arriba a bajo en dos le dividiera:
tajó el tronco cual junco o tierna vara,
y si la espada el filo no torciera,
penetrara tan honda la herida
que privara al mancebo de la vida.

Viéndose el araucano, pues, sin maza,
no por eso amainó al furor la vela,
antes con gran presteza de la plaza
arrebata un pedazo de rodela,
y al punto sin perder tiempo lo embraza
y, como aquel que daño no recela,
con sólo el trozo de bastón cortado
aguija al enemigo confiado.

Hirióle en la cabeza, y a una mano
saltó con ligereza y diestro brío
hurtando el cuerpo, así que el italiano
con la espada azotó el aire vacío.
Quiso hacello otra vez, mas salió en vano,
que entrando recio al tiempo del desvío,
fue el ginovés tan presto que no pudo
sino cubrirse con el roto escudo.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Echó por tierra la furiosa espada
del defensivo escudo una gran pieza,
bajando con rigor a la celada,
que defender no pudo la cabeza.
Hasta el casco caló la cuchillada,
quedando el mozo atónito una pieza,
pero en sí vuelto, viéndole tan junto,
le echó los fuertes brazos en un punto.

El bravo ginovés, que al fiero Marte
pensara desmembrar, recio le asía
pero salió engañado, que en este arte
ninguno al diestro joven le excedía.
Revuélvense por una y otra parte,
el uno el pie del otro rebatía,
intricando las piernas y rodillas
con diestras y engañosas zancadillas.

Don García de Mendoza no paraba,
antes como animoso y diligente
unas veces airado peleaba,
otras iba esforzando allí la gente.
Tampoco Juan Remón ocioso estaba,
que de soldado y capitán prudente
con igual diciplina y ejercicio
usaba en sus lugares el oficio.

Santillán y don Pedro de Navarra,
Ávalos, Viezma, Cáceres, Bastida,
Galdámez, don Francisco Ponce, Ybarra,
dando muerte, defienden bien su vida;
el fator Vega y contador Segarra
habían echado aparte una partida,
siguiéndolos Velázquez y Cabrera,
Verdugo, Ruyz, Riberos y Ribera.

Pasáronlo, pues, mal al otro lado
según la mucha gente que acudía,
si don Felipe, don Simón, y Prado,
don Francisco Arias, Pardo y Alegría,
Barrios, Diego de Lira, Coronado
y don Iuan de Pineda en compañía,
con valeroso esfuerzo combatiendo,
no fueran los contrarios reprimiendo.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



También acrecentaban el estrago,
Florencio de Esquivel y Altamirano,
Villarroel, Dorán, Vergara, Lago,
Godoy, Gonzalo Hernández, y Andicano.
Si de todos aquí mención no hago,
no culpen la intención sino la mano,
que no puede escrebir lo que hacían
tantas como allí a un tiempo combatían.

Sonaba a la sazón un gran ruido
en el otro escuadrón de mediodía
y era que el fiero Rengo embravecido,
llevado de su esfuerzo y valentía
se había por la batalla así metido
que volver a los suyos no podía,
y de menuda gente rodeado
andaba muy herido y acosado:

aunque se envuelve entre ellos de manera
al un lado y al otro golpeando
que en rueda los hacía tener afuera,
muchos en daño ajeno escarmentando,
pero la turba acá y allá ligera
le va por todas partes aquejando
con tiros, palos y armas enastadas
como a fiera, de lejos arrojadas.

Uno deja tullido y otro muerto,
sin valerles defensa ni armadura;
a quien acierta el golpe en descubierto
del todo le deshace y desfigura;
y el de menos efeto y más incierto
quebranta brazo, pierna o coyuntura;
vieran arneses rotos y celadas
junto con las cabezas machucadas.

Mas aunque, como digo, combatiendo
mostraba esfuerzo y ánimo invencible,
le van a tanto estrecho reduciendo
que poder escapar era imposible;
y por más que se esfuerza resistiendo,
al fin era de carne, era sensible,
y el furioso y continuo movimiento
la fuerza le ahogaba y el aliento.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Estaba ya en el suelo una rodilla
que aun apenas así se sustentaba,
y la gente solícita, en cuadrilla
sin dejarle alentar le fatigaba,
cuando de la otra parte por la orilla
de la alta loma Tucapel llegaba,
haciendo con la usada y fuerte maza,
por dondequiera que iba larga plaza.

Como el toro feroz desjarretado
cuando brama, la lengua ya sacada,
que de la turbamulta rodeado
procura cada cual probar su espada,
y en esto de repente al otro lado
la cerviz yerta y frente levantada,
asoma otro famoso de Jarama,
que deshace la junta y la derrama,

así el famoso Rengo ya en el suelo
hincada una rodilla combatía
en medio del montón que sin recelo
poco a poco cerrándole venía,
cuando el sangriento y bravo Tucapelo
que por allí la grita le traía,
viéndole así tratar, sin poner duda,
rompe por el tropel a darle ayuda.

Dejó por tierra cuatro o seis tendidos,
que estrecha plaza y paso le dejaron,
y los otros en círculo esparcidos
del fatigado Rengo se arredraron,
y contra Tucapel embravecidos,
las armas y la grita enderezaron;
mas él daba de sí tan buen descargo,
que los hacía tener bien a lo largo.

Llegóse a Rengo y dijo: «Aunque enemigo,
esfuerza, esfuerza Rengo, y ten hoy fuerte,
que el impar Tucapel está contigo
y no puedes tener siniestra suerte;
que el favorable cielo y hado amigo
te tiene aparejada mejor muerte,
pues está cometida al brazo mío,
si cumples a su tiempo el desafío».



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Rengo le respondió: «Si ya no fuera
por ingrato en tal tiempo reputado,
contigo y con mi débito cumpliera,
que no estoy, como piensas, tan cansado».
En esto más ligero que si hubiera
diez horas en el lecho reposado,
se puso en pie y a nuestra gente asalta,
firme el membrudo cuerpo y la maza alta.

Tucapel replicó: «Sería bajeza
y cosa entre varones condenada
acometerte, vista tu flaqueza,
con fuerza y en sazón aventajada.
Cobra, cobra tu fuerza y entereza,
que el tiempo llegará que esta ferrada
te dé la pena y muerte merecida,
como hoy te ha dado claro aquí la vida».

No se dijeron más y por la vía
los dos competidores araucanos,
haciéndose amistad y compañía,
iban como si fueran dos hermanos.
Guardaba el uno al otro y defendía,
y así con diligencia y prestas manos,
abriendo el escuadrón gallardamente,
llegaron a juntarse con su gente.

En esto a todas partes la batalla
andaba muy reñida y sanguinosa,
con tal furia y rigor, que no se halla
persona sin herida, ni arma ociosa;
cubre la tierra la menuda malla,
y en la remota Turcia cavernosa
por fuerza arrebatados de los vientos,
hieren los duros y ásperos acentos.

Era el rumor del uno y otro bando
y de golpes la furia apresurada,
como ventosa y negra nube, cuando
de vulturno o del céfiro arrojada
lanza una piedra súbita, dejando
la rama de sus hojas despojada,
y los muros, los techos y tejados
son con priesa terrible golpeados.



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CANTO XXV
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La araucana segunda parte



Pues de aquella manera y más furiosas
las homicidas armas descargaban,
y con hondas heridas rigurosas
los sanguinosos cuerpos desangraban.
El gran rumor y voces espantosas
en los vecinos montes resonaban;
el mar confuso al fiero són retrujo
de sus hinchadas olas el reflujo.

Pero la parte que a la izquierda mano
la batalla primera había trabado,
donde por su valor Caupolicano
contrastaba al furor del duro hado,
a pura fuerza el escuadrón cristiano
del contrario tesón sobrepujado,
comenzó poco a poco a perder tierra
hacia la espesa falda de la sierra.

Fue tan grande la priesa desta hora,
y el ímpetu del bárbaro violento,
que por el araucano en voz sonora
se cantó la vitoria y vencimiento.
Mas la misma Fortuna burladora
dio la vuelta a la rueda en un momento,
en contra de la parte mejorada,
barajando la suerte declarada.

Que el último escuadrón, donde estribaba
nuestro postrer remedio y esperanza
metido en el contrario peleaba
haciendo fiero estrago y gran matanza,
que ni el valor de Ongolmo allí bastaba,
ni del fuerte Lincoya la pujanza,
ni yo basto a contar de una vez tanto,
que es fuerza diferirlo al otro canto.



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



En este canto se trata el fin de la batalla y retirada de los
araucanos; la obstinación y pertinacia de Galbarino y su muerte.
asimismo se pinta el jardín y estancia del mago Fitón

Nadie puede llamarse venturoso
hasta ver de la vida el fin incierto,
ni está libre del mar tempestuoso
quien surto no se ve dentro del puerto.
Venir un bien tras otro es muy dudoso,
y un mal tras otro mal es siempre cierto;
jamás próspero tiempo fue durable
ni dejó de durar el miserable.

El ejemplo tenemos en las manos,
y nos muestra bien claro aquí la historia
cuán poco les duró a los araucanos
el nuevo gozo y engañosa gloria,
pues llevando de rota a los cristianos
y habiendo ya cantado la vitoria,
de los contrarios hados rebatidos,
quedaron vencedores los vencidos

que, como os dije, el escuadrón postrero
adonde por testigo yo venía,
ganando tierra siempre más entero
al bárbaro enemigo retraía;
que aunque el fuerte Lincoya el delantero
a la adversa fortuna resistía,
no pudo resistir últimamente,
el ímpetu y la furia de la gente.

Por una espesa y áspera quebrada
que en medio de dos lomas se hacía,
la bárbara canalla, quebrantada
la dañosa soberbia y osadía,
ya del torpe temor señoreada,
esforzadas espaldas revolvía,
huyendo de la muerte el rostro airado,
que clara a todos ya se había mostrado.



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



Siguen los nuestros la vitoria apriesa
que aun no quieren venir en el partido,
y de la inculta breña y selva espesa
inquieren lo secreto y escondido;
el gran estrago y mortandad no cesa,
suena el destrozo y áspero ruido,
tirando a tiento golpes y estocadas
por la espesura y matas intricadas.

Jamás de los monteros en ojeo
fue caza tan buscada y perseguida,
cuando con ancho círculo y rodeo
es a término estrecho reducida,
que con impacientísimo deseo
atajados los pasos y huida,
arrojan en las fieras montesinas
lanzas, dardos, venablos, jabalinas,

como los nuestros hasta allí cristianos,
que los términos lícitos pasando,
con crueles armas y actos inhumanos,
iban la gran vitoria deslustrando,
que ni el rendirse, puestas ya las manos,
la obediencia y servicio protestando,
bastaba aquella gente desalmada
a reprimir la furia de la espada.

Así el entendimiento y pluma mía,
aunque usada al destrozo de la guerra,
huye del gran estrago que este día
hubo en los defensores de su tierra;
la sangre, que en arroyos ya corría
por las abiertas grietas de la sierra,
las lástimas, las voces y gemidos
de los míseros bárbaros rendidos.

Los de la izquierda mano, que miraron
su mayor escuadrón desbaratado,
perdiendo todo el ánimo dejaron
la tierra y el honor que habían ganado;
así, la trompa a retirar tocaron
y con paso, aunque largo, concertado,
altas y campeando las banderas,
se dejaron calar por las laderas.



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



No será bien pasar calladamente
la braveza de Rengo sin medida,
pues que, desbaratada ya su gente
y puesta en rota y mísera huida,
fiero, arrogante, indómito, impaciente,
sin mirar al peligro de la vida
dando más furia a la ferrada maza,
solo sustenta la ganada plaza.

Y allí como invencible y valeroso
solo estuvo gran rato peleando
pero viendo el trabajo infrutuoso
y gente ya ninguna de su bando,
con paso tardo, grave y espacioso,
volviendo el rostro atrás de cuando en cuando
tomó a la mano diestra una vereda,
hasta entrar en un bosque y arboleda

donde ya de la gente destrozada
había el temor algunos escondido,
pero viendo de Rengo la llegada
cobrando luego el ánimo perdido,
con nuevo esfuerzo y muestra confiada,
en escuadrón formado y recogido,
vuelven el rostro y pechos esforzados
a la corriente de los duros hados.

Yo, que de aquella parte discurriendo
a vueltas del rumor también andaba,
la grita y nuevo estrépitu sintiendo
que en el vecino bosque resonaba,
apresuré los pasos, acudiendo
hacia donde el rumor me encaminaba,
viendo al entrar del bosque detenidos
algunos españoles conocidos.

Estaba a un lado Iuan Remón gritando:
«Caballeros, entrad, que todo es nada»,
mas ellos, el peligro ponderando,
dificultaban la dudosa entrada.
Yo, pues, a la sazón a pie arribando
donde estaba la gente recatada,
Iuan Remón, que me vio luego de frente,
quiso obligarme allí públicamente,



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



diciendo: «¡Oh don Alonso! quien procura
ganar estimación y aventajarse,
éste es el tiempo y ésta es coyuntura
en que puede con honra señalarse.
No impida vuestra suerte esta espesura
donde quieren los indios entregarse,
que el que abriere la entrada defendida,
le será la vitoria atribuida».

Oyendo, pues, mi nombre conocido
y que todos volvieron a mirarme,
del honor y vergüenza compelido,
no pudiendo del trance ya escusarme,
por lo espeso del bosque y más temido
comencé de romper y aventurarme,
siguiéndome Arias Pardo, Maldonado,
Manrique, don Simón y Coronado.

Los cuales, de vivir desesperados,
los obstinados indios embistieron,
que en una espesa muela bien cerrados
las españolas armas atendieron.
En esto ya al rumor por todos lados
de nuestra gente muchos acudieron,
comenzando con furia presurosa
una guerra sangrienta y peligrosa.

Renuévase el destrozo, reduciendo
a término dudoso el vencimiento,
el menos animoso acometiendo
el más dificultoso impedimento.
¿Cuál será aquel que pueda ir escribiendo
de los brazos la furia y movimiento
y déste y de aquel otro la herida,
y quién a cuál allí quitó la vida?

Unos hienden por medio, otros barrenan
de parte a parte los airados pechos;
por los muslos y cuerpo otros cercenan,
otros miembro por miembro caen deshechos.
Los duros golpes todo el bosque atruenan,
andando de ambas partes tan estrechos
que vinieron algunos de impacientes
a los brazos, a puños y a los dientes.



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



Pero la muerte allí difinidora
de la cruda batalla porfiada,
ayudando a la parte vencedora
remató la contienda y gran jornada;
que la gente araucana en poca de hora
en aquel sitio estrecho destrozada,
quiso rendir al hierro antes la vida,
que al odioso español quedar rendida.

Tendidos por el campo amontonados
los indómitos bárbaros quedaron,
y los demás con pasos ordenados,
como ya dije atrás, se retiraron;
de manera que ya nuestros soldados,
recogiendo el despojo que hallaron
y un número copioso de prisiones
volvieron a su asiento y pabellones.

Fueron entre estos presos escogidos
doce, los más dispuestos y valientes,
que en las nobles insignias y vestidos
mostraban ser personas preeminentes;
éstos fueron allí constituidos
para amenaza y miedo de las gentes,
quedando por ejemplo y escarmiento
colgados de los árboles al viento.

Yo a la sazón al señalar llegando,
de la cruda sentencia condolido,
salvar quise uno dellos, alegando
haberse a nuestro ejército venido;
mas él luego los brazos levantando
que debajo del peto había escondido,
mostró en alto la falta de las manos
por los cortados troncos aún no sanos.

Era, pues, Galbarino este que cuento,
de quien el canto atrás os dio noticia,
que porque fuese ejemplo y escarmiento
le cortaron las manos por justicia,
el cual con el usado atrevimiento,
mostrando la encubierta inimicicia,
sin respeto ni miedo de la muerte habló,
mirando a todos, desta suerte:



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



«¡Oh gentes fementidas, detestables,
indignas de la gloria deste día!
Hartad vuestras gargantas insaciables
en esta aborrecida sangre mía.
Que aunque los fieros hados variables,
trastornen la araucana monarquía,
muertos podremos ser, mas no vencidos,
ni los ánimos libres oprimidos.

No penséis que la muerte rehusamos,
que en ella estriba ya nuestra esperanza;
que si la odiosa vida dilatamos
es por hacer mayor nuestra venganza.
Que cuando el justo fin no consigamos
tenemos en la espada confianza
que os quitará, en nosotros convertida,
la gloria de poder darnos la vida.

Sús, pues, ya ¿qué esperáis o qué os detiene
de no me dar mi premio y justo pago?
La muerte y no la vida me conviene,
pues con ella a mi deuda satisfago;
pero si algún disgusto y pena tiene
este importante y deseado trago,
es no veros primero hechos pedazos
con estos dientes y troncados brazos».

De tal manera el bárbaro esforzado,
la muerte en alta voz solicitaba
de la infelice vida ya cansado,
que largo espacio a su pesar duraba;
y en el gentil propósito obstinado
diciéndonos injurias, procuraba
un fin honroso de una honrosa espada
y rematar la mísera jornada.

Yo, que estaba a par dél, considerando
el propósito firme y osadía,
me opuse contra algunos, procurando
dar la vida a quien ya la aborrecía;
pero al fin los ministros, porfiando
que a la salud de todos convenía,
forzado me aparté y él fue llevado
a ser con los caciques justiciado.



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



A la entrada de un monte, que vecino
está de aquel asiento, en un repecho
por el cual atraviesa un gran camino
que al valle de Lincoya va derecho,
con gran solennidad y desatino
fue el insulto y castigo injusto hecho,
pagando allí la deuda con la vida,
en muchas opiniones no debida.

Por falta de verdugo, que no había,
quien el oficio hubiese acostumbrado,
quedó casi por uso de aquel día
un modo de matar jamás usado.
Que a cada indio de aquella compañía
un bastante cordel le fue entregado
diciéndole que el árbol eligiese
donde a su voluntad se suspendiese.

No tan presto los pláticos guerreros
del cierto asalto la señal tocando,
por escalas, por picas y maderos
suben a la muralla gateando
cuanto aquellos caciques, que ligeros
por los más grandes árboles trepando,
en un punto a las cimas arribaron
y de las altas ramas se colgaron.

Mas uno dellos, algo arrepentido
de su ligera priesa y diligencia,
a nuestra devoción ya reducido,
vuelto pidió, para hablar, licencia;
y habiéndosela todos concedido,
con voz algo turbada y aparencia,
los ánimos cristianos comoviendo,
habló contritamente así diciendo:

«Valerosa nación, invicta gente,
donde el estremo de virtud se encierra,
sabed que soy cacique y decendiente
del tronco más antiguo desta tierra:
no tengo padre, hermano, ni pariente,
que todos son ya muertos en la guerra
y pues se acaba en mí la decendencia,
os ruego uséis conmigo de clemencia».



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



Quisiera proseguir, si Galbarino,
que le miraba con airada cara,
de súbito saliéndole al camino,
la doméstica voz no le atajara
diciendo: «Pusilánime, mezquino,
deslustrador de la progenie clara,
¿por qué a tan gran bajeza así te mueve,
el miedo torpe de una muerte breve?

Dime, infame traidor, de fe mudable,
¿tienes por más partido y mejor suerte
el vivir en estado miserable
que el morir como debe un varón fuerte?
Sigue el hado, aunque adverso, tolerable,
que el fin de los trabajos es la muerte,
y es poquedad que un afrentoso medio
te saque de la mano este remedio».

Apenas la razón había acabado,
cuando el noble cacique arrepentido
al cuello el corredizo lazo echado,
quedó de una alta rama suspendido;
tras él fue el audaz bárbaro obstinado,
aun a la misma muerte no rendido
y los robustos robles desta prueba
llevaron aquel año fruta nueva.

Habida la vitoria, como cuento,
y el enemigo roto retirado,
dejando el infelice alojamiento
todo de cuerpos bárbaros sembrado,
llegamos sin desmán ni impedimento
a la bajada y sitio desdichado
do Valdivia fundó la casa fuerte
y le dieron después infame muerte.

Levantamos un muro brevemente
que el sitio de la casa circundaba,
donde el bagaje, chusma y remanente
con menos daño y más seguro estaba.
De allí el contorno y tierra inobediente,
sin poderlo estorbar se salteaba,
haciendo siempre instancia y diligencia
de traerla sin sangre a la obediencia.



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



Una mañana al comenzar del día
saliendo yo a correr aquella tierra,
donde por cierto aviso se tenía
que andaba gente bárbara de guerra,
dejando un trecho atrás la compañía,
cerca de un bosque espeso y alta sierra
sentí cerca una voz envejecida,
diciendo: «¿Dónde vais?, que no hay salida».

Volví el rostro y las riendas hacia el lado
donde la estraña voz había salido,
y vi a Fitón el mágico arrimado
al tronco de un gran roble carcomido
sobre el herrado junco recostado,
que como fue de mí reconocido,
del caballo salté ligeramente,
saludándole alegre y cortésmente.

Él me dijo: «Por cierto, bien pudiera
tomar de vos legítima venganza
y en esa vuestra gente que anda fuera,
que habéis hecho en los nuestros tal matanza;
pero aunque más razón y causa hubiera,
haciendo vos de mí tal confianza,
no quiero ni será justo dañaros,
antes en lo que es lícito ayudaros.

Que es orden de los cielos que padezca
esta indómita gente su castigo
y antes que contra Dios se ensoberbezca
le abaje la soberbia el enemigo
y aunque vuestra ventura agora crezca,
no durará gran tiempo porque os digo
que, como a los demás, el duro hado
os tiene su descuento aparejado.

Si la fortuna así a pedir de boca
os abre el paso próspero a la entrada,
grandes trabajos y ganancia poca
al cabo sacaréis desta jornada;
y porque a mí decir más no me toca,
me quiero retirar a mi morada,
que también desta banda tiene puerta
pero a todos oculta y encubierta».



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



Yo de le ver así, maravillado,
y más de la siniestra profecía,
mi caballo en un líbano arrendado,
le quise hacer un rato compañía:
y al fin de muchos ruegos acetado,
siendo el viejo decrépito la guía,
hendimos la espesura y breña estraña
hasta llegar al pie de la montaña.

En un lado secreto y escondido,
donde no había resquicio ni abertura,
con el potente báculo torcido
blandamente tocó en la peña dura;
y luego con horrísono ruido,
se abrió una estrecha puerta y boca escura
por do tras él entré, erizado el pelo,
pisando a tiento el peñascoso suelo.

Salimos a un hermoso verde prado,
que recreaba el ánimo y la vista,
do estaba en ancho cuadro fabricado
un muro de belleza nunca vista,
de vario jaspe y pórfido escacado
y al fin de cada escaque una amatista;
en las puertas de cedro barreadas
mil sabrosas historias entalladas.

Abriéronse en llegando el mago a punto
y en un jardín entramos espacioso,
do se puede decir que estaba junto
todo lo natural y artificioso.
Hoja no discrepaba de otra un punto,
haciendo cuadro o círculo hermoso,
en medio un claro estanque, do las fuentes
murmurando enviaban sus corrientes.



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CANTO XXVI
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La araucana segunda parte



No produce natura tantas flores
cuando más rica primavera envía
ni tantas variedades de colores
como en aquel jardín vicioso había;
los frescos y suavísimos olores,
las aves y su acorde melodía
dejaban las potencias y sentidos
de un ajeno descuido poseídos.

De mi fin y camino me olvidara,
según suspenso estuve una gran pieza,
si el anciano Fitón no me llamara
haciéndome señal con la cabeza.
Metióme por la mano en una clara
bóveda de alabastro, que a la pieza
del milagroso globo respondía,
adonde ya otra vez estado había.

Quisiera ver la bola, mas no osaba
sin licencia del mago avecinarme,
mas él, que mis deseos penetraba,
teniendo voluntad de contentarme,
asido por la mano me acercaba,
y comenzando él mesmo a señalarme,
el mundo me mostró, como si fuera
en su forma real y verdadera.

Pero para decir por orden cuanto
vi dentro de la gran poma lucida,
es, cierto, menester un nuevo canto
y tener la memoria recogida.
Así, Señor, os ruego que entretanto
que refuerzo la voz enflaquecida,
perdonéis si lo dejo en este punto,
que no puedo deciros tanto junto.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



En este canto se pone la descripción de muchas provincias,
montes, ciudades famosas por natura y por guerras. Cuéntase
también como los españoles levantaron un fuerte en el valle de
Tucapel; y como don Alonso de Ercilla halló a la hermosa Glaura


Siempre la brevedad es una cosa
con gran razón de todos alabada
y vemos que una plática es gustosa
cuanto más breve y menos afectada;
y aunque sea la prolija provechosa,
nos importuna, cansa y nos enfada,
que el manjar más sabroso y sazonado
os deja, cuando es mucho, empalagado.

Pues yo que en un peligro tal me veo,
de la larga carrera arrepentido,
¿cómo podré llevar tan gran rodeo,
y ser sabroso al gusto y al oído?
Pero aunque de agradar es mi deseo,
estoy ya dentro en la ocasión metido;
que no se puede andar mucho en un paso
ni encerrar gran materia en chico vaso.

Cuando a alguno, Señor, le pareciere
que me voy en el curso deteniendo,
el estraño camino considere
y que más que una posta voy corriendo.
En todo abreviaré lo que pudiere
y así a nuestro propósito volviendo,
os dije como el indio mago anciano
señalaba la poma con la mano.

Era en grandeza tal que no podrían
veinte abrazar el círculo luciente,
donde todas las cosas parecían
en su forma distinta y claramente:
las campos y ciudades se veían,
el tráfago y bullicio de la gente,
las aves, animales, lagartijas,
hasta las más menudas sabandijas.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



El mágico me dijo: «Pues en este
lugar nadie nos turba ni embaraza,
sin que un mínimo punto oculto reste
verás del universo la gran traza:
lo que hay del norte al sur, del leste al oeste,
y cuanto ciñe el mar y el aire abraza,
ríos, montes, lagunas, mares, tierras
famosas por natura y por las guerras.

Mira al principio de Asia a Calcedonia
junto al Bósforo enfrente de la Tracia;
a Lidia, Caria, Licia y Licaonia,
a Panfilia, Bitinia y a Galacia;
y junto al Ponto Euxino a Paflagonia;
la llana Capadocia y la Farnacia
y la corriente de Éufrates famoso,
que entra en el mar de Persia caudaloso.

Mira la Syria, vees allá la indina
tierra de promisión de Dios privada,
y a Nazarén dichosa en Palestina,
do a María Gabriel dio la embajada.
Vees las sacras reliquias y ruina
de la ciudad por Tito desolada,
do el Autor de la vida escarnecido
a vergonzosa muerte fue traído.

Mira el tendido mar Mediterrano
que la Europa del África separa,
y el mar Bermejo en punta a la otra mano,
que abrió Moisén sus aguas con la vara;
mira el golfo de Ormuz y mar Persiano,
y aunque a partes la tierra no está clara,
verás hacia la banda descubierta,
las dos Arabias, Félix y Desierta.

Mira a Persia y Carmania, que confina
con Susiana al lado del poniente,
donde el forjado acero se fulmina
de pasta y temple fino y excelente,
Drangiana y Gedrosía, que camina
hasta el mar de India y ferias del Oriente
y adelante siguiendo aquella vía
verás la calurosa Aracosía.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



Dentro y fuera del Gange mira tanta
tierra de India, al Levante prolongada;
vees el Catay y su ciudad de Canta
que sobre el Indo mar está fundada;
la China y el Maluco y toda cuanta
mar se estiende del leste y la apartada
Trapobana famosa, antiguamente
término y fin postrero del Oriente.

Vees la Hircania, Tartaria y los albanos,
hacia la Trapisonda dilatados,
y otros reinos pequeños comarcanos
tributarios de Persia y aliados:
los yberos que llaman gorgianos,
y los pobres circasos derramados,
que su lunada tierra en parte angosta
toma del mar Mayor toda la costa.

Vees el revuelto Cirro caudaloso,
que la Iberia y Albania así rodea,
y el alto monte Cáucaso fragoso,
que su cumbre gran tierra señorea:
mira el reino de Colcos, tan famoso
por la isla nombrada de Medea,
adonde el trabajado Jasón vino
en busca del dorado vellocino.

Mira la grande Armenia memorable
por su ciudad de Tauris señalada;
y al sur la religiosa y venerable
Soltania, sin respeto arruinada
por la tártara furia irreparable
de grande Taborlán, que de pasada
cuanto encontró lo puso por el suelo,
cual ira o rayo súbito del cielo.

Mira a Tigris y Éufrates, que poniendo
punto a Mesopotamia, en compañía
hasta el golfo de Persia van corriendo
dejando a un lado a Egypto y a Suría;
vees la Patria y la Media, que torciendo
su corva costa, abraza al mediodía
el Caspio mar, por otro nombre Hircano,
que en forma oval se estiende al subsolano.



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CANTO XXVII
Pág. 194 de 229
La araucana segunda parte



Mira la Asiria y su ciudad famosa,
donde la confusión de lenguas vino,
que sus muros, labor maravillosa,
hizo Semiramís, madre de Nino:
donde la acelerada y presurosa
muerte a Alexandre le salió al camino,
cortándole en su próspera corrida
el hilo de los hados y la vida.

Mira en África, el sur, los estendidos
reinos del Preste Juan, donde parece
que entre los más insignes y escogidos
Sceva en sus edificios resplandece.
Tres frutos da en el año repartidos,
y tres veces se agosta y reverdece;
tiene en veinte y dos grados su postura
al antártico polo por la altura.

Vees a Gogia y sus montes levantados,
que a todos sobrepujan en grandeza,
canos siempre de nieve los collados
y abajo peñascales y aspereza,
que forman un gran muelle, rodeados
de breñales espesos y maleza,
morada de osos, puercos y leones,
tigres, panteras, grifos y dragones.

Destos peñascos ásperos pendientes,
llamados hoy el monte de la Luna,
nacen del Nilo las famosas fuentes,
y dellos ríos sin nombre y fama alguna,
que aunque tuercen y apartan sus corrientes
se vienen a juntar a una laguna
tan grande, que sus senos y laderas
baten de tres provincias las riberas:

a Gogia y Beguemedros al oriente,
y a Dambaya al poniente; del cual lado
hay islas donde habita varia gente
y todo el ancho círculo es poblado.
De aquí el famoso Nilo mansamente
nace, y después más grande y reforzado
parte a Gogia de Amara y va tendido
sin ser de las riberas restringido



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



hasta un angosto paso peñascoso
que le va los costados estrechando,
de donde con estrépito furioso
se va en las cataratas embocando;
después más ancho, grave y espacioso
llega a Méroe, gran isla, costeando,
que contiene tres reinos eminentes
en leyes y costumbres diferentes.

Mira al Cayro, que incluye tres ciudades
y el palacio real de Dultibea,
las torres, los jardines y heredades,
que su espacioso círculo rodea;
las pirámides mira y vanidades
de los ciegos antiguos, que aunque sea
señal de sus riquezas la hechura,
fue más que el edificio la locura.

Mira los despoblados arenosos
de la desierta y seca Libia ardiente;
Garamanta y los pueblos calurosos,
donde habita la bruta y negra gente;
mira los trogloditas belicosos,
y los que baña Gambra en su corriente:
mandingos, monicongos, y los feos
zapes, biafras, gelofos y guineos.

Vees de la costa de África el gran trecho,
los puertos señalados y lugares
de las bocas del Nilo hasta el estrecho
por do se comunican los dos mares.
Apolonia, las Sirtes y derecho
Trípol, Túnez y junto si mirares,
verás aun las reliquias y el estrago
de la ciudad famosa de Cartago.

Mira a Sicilia fértil y abundosa,
a Cerdeña y a Córcega de frente,
y en la costa de Italia la viciosa
tierra que va corriendo hacia el poniente;
mira la ilustre Nápoles famosa
y a Roma, que gran tiempo altivamente
se vio del universo apoderada
y de cada nación después hollada.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



Mira en Toscana a Sena y a Florencia
y dejando la costa al mediodía,
a Bolonia, Ferrara y la eminencia
de la isleña ciudad y señoría;
Padua, Mantua, Carmona y a Placencia,
Milán, la tierra y parque de Pavía,
adonde en una rota de importancia
Carlos prendió a Francisco, rey de Francia.

Mira a Alexandria, y por Liguria entrando
a la soberbia Génova y Saona;
y el Piamonte y Saboya atravesando,
a León, a Tolosa y a Bayona;
y sobre el viento coro volteando,
Burdeos, Putiers, Orliens, París, Perona,
Flandes, Brabante, Güeldres, Frisia, Olanda,
Ingalterra, Escocia, Ybernia, Yrlanda;

a Dinamarca, Dacia y a Noruega
hacia el mar de Dantisco y costa helada,
y a Suecia, que al confín de Gocia llega
que está en torno del mar fortificada,
de donde a la Xelandia se navega;
y mira allá a Grolandia desviada
del solar curso y la zodiaca vía,
do hay seis meses de noche y seis de día.

Mira al norte a Moscovia, que es tenida
por última región de lo poblado,
que rematan su término y medida
las rifeas montañas por un lado,
y de las fuentes del Tanays tendida
llega al monte Hyperbóreo y mar helado,
confina con Sarmacia y Tartaría
y corre por el Austro hasta Rusía.

Mira a Livonia, Prusia, Lituania,
Samogocia, Podolia y a Rusía,
a Polonia, Silesia y a Germania,
a Moravia, Bohemia, Austria y Vngría,
a Corvacia, Moldavia, Trasilvania,
Valaquia, Vulgaría, Esclavonía,
a Macedonia, Grecia, la Morea,
a Candia, Chipre, Rodas y Iudea.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



Mira al poniente a España y la aspereza
de la antigua Vizcaya, de do es cierto
que procede y estiende la nobleza,
por todo lo que vemos descubierto;
mira a Bermeo cercado de maleza,
cabeza de Vizcaya, y sobre el puerto
los anchos muros del solar de Ercilla,
solar antes fundado que la villa.

Vees a Burgos, Logroño y a Pamplona;
y bajando al poniente, a la siniestra,
Zaragoza, Valencia, Barcelona;
a León y a Galicia de la diestra.
Vees la ciudad famosa de Lisbona,
Coymbra y Salamanca, que se muestra
felice en todas ciencias, do solía
enseñarse también nigromancía.

Mira a Valladolid, que en llama ardiente
se irá como la fénix renovando,
y a Medina del Campo casi enfrente,
que las ferias la van más ilustrando;
mira a Segovia y su famosa puente,
y el bosque y la Fonfrida atravesando
al Pardo y Aranjuez, donde natura
vertió todas sus flores y verdura.

Mira aquel sitio inculto montuoso
al pie del alto puerto algo apartado,
que aunque le vees desierto y pedregoso
ha de venir en breve a ser poblado:
allí el Rey don Felipe vitorioso,
habiendo al franco en San Quintín domado,
en testimonio de su buen deseo,
levantará un católico trofeo.

Será un famoso templo incomparable
de sumptuosa fábrica y grandeza,
la máquina del cual hará notable,
su religioso celo y gran riqueza.
Será edificio eterno y memorable,
de inmensa majestad y gran belleza,
obra, al fin, de un tal rey, tan gran cristiano,
y de tan larga y poderosa mano.



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La araucana segunda parte



Mira luego a Madrid, que buena suerte
le tiene el alto cielo aparejada;
y a Toledo, fundada en sitio fuerte,
sobre el dorado Tajo levantada;
mira adelante a Córdoba, y la muerte
que airada amenazando está a Granada,
esgrimiendo el cuchillo sobre tantas
principales cabezas y gargantas.

Mira a Sevilla, vees la realeza
de templos, edificios y moradas,
el concurso de gente y la grandeza
del trato de las Indias apartadas,
que de oro, plata, perlas y riqueza
dos flotas en un año entran cargadas
y salen otras dos de mercancía
con gente, munición y artillería.

Mira a Cádiz donde Hércules famoso
sobre sus hados prósperos corriendo,
fijó las dos colunas vitorioso,
Nihil ultra en el mármol escribiendo;
mas Fernando católico glorioso,
los mojonados términos rompiendo,
del ancho y Nuevo Mundo abrió la vía,
porque en un mundo solo no cabía.

Mira por el Océano bajando
entre el húmido Noto y el Poniente
las islas de Canaria, reparando
en aquella del Hierro especialmente,
que falta de agua, la natura obrando,
las aves, animales y la gente
beben la que de un árbol se distila
en una bien labrada y ancha pila.

Mira a la banda diestra las Terceras
que están de portugueses ocupadas,
y corriendo al sudueste, las primeras
islas que descubrió Colón, pobladas
de gentes nunca vistas estranjeras,
entre las cuales son más señaladas,
los Lucayos, San Iuan, la Dominica,
Santo Domingo, Cuba y Iamaíca.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



Vees de Bahama la canal angosta,
y siguiendo al poniente la Florida,
la tierra inútil y lucida costa
hasta la Nueva España proseguida
donde Cortés, con no pequeña costa
y gran trabajo y riesgo de la vida,
sin término ensanchó por su persona
los límites de España y la corona.

Mira a Ialisco y Mechoacán, famosa
por la raíz medicinal que tiene;
y a México abundante y populosa,
que el indio nombre antiguo aun hoy retiene;
vees al sur la poblada y montuosa
tierra, que en punta prolongarse viene,
que los dos anchos mares por los lados
la van adelgazando los costados.

«A Panamá y al Nombre de Dios mira,
que sus estrechos términos defienden
a dos contrario mares, que con ira
romper la tierra y anegar pretenden.
Vees la fragosa sierra de Capira,
Cartagena y las tierras que se estienden
de Santa Marta y cabo de la Vela
hasta el lago y ciudad de Venezuela;

a Bogotá y Cartama, que confina
con Arma y Cali, tierra prolongada,
Popayán, Pasto y Quito, que vecina
está a la equiniocial línea templada.
Mira allá a Puerto Viejo, do la mina
de ricas esmeraldas fue hallada,
y las tierras que corren por la vía
del Euro, del Volturno y Mediodía.

Vees Guayaquil, que abunda de madera
por sus espesos montes y sombríos;
Túmbez, Payta y su puerto, que es primera
escala donde surgen los navíos.
Piura, Loxa, la Zarza y Cordillera,
de do nacen y bajan tantos ríos
que riegan bien dos mil millas de suelo,
donde jamás cayó lluvia del cielo.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



Mira los grandes montes y altas sierras
bajo la zona tórrida nevadas,
los Mojos, Bracamoros y las tierras
de incultos chachapoyas habitadas.
Caxamarca y Truxillo, que en las guerras
fueron famosas siempre y señaladas,
y la ciudad insigne de los Reyes,
silla de las Audiencias y virreyes.

Y a Guánuco, Guamanga y el templado
terreno de Arequipa, y los mojones
del Cuzco, antiguo pueblo y señalado
asiento de los Ingas y orejones.
Mira el solsticio y trópico pasado,
del austral Capricornio las regiones,
de varias gentes bárbaras estrañas
los ríos, lagunas, valles y montañas.

Mira allá a Chuquiabo, que metido
está a un lado la tierra al sur marcada,
y adelante el riquísimo y crecido
cerro de Potosí, que de cendrada
plata de ley y de valor subido
tiene la tierra envuelta y amasada,
pues de un quintal de tierra de la mina
las dos arrobas son de plata fina.

Vees la villa de Plata, la postrera
por el levante a la siniestra mano,
y atravesando la alta cordillera,
Calchaquí, Pilcomayo y Tucomano,
los iuries, los diaguitas y ribera
de los comechingones y el gran llano
y frutífero término remoto,
hasta la fortaleza de Gaboto.

Vees, volviendo a la costa, los collados
que corren por la banda de Atacama,
y a la diestra la costa y despoblados
do no hay ave, animal, yerba ni rama.
Ves los copayapós, indios granados,
que de grandes flecheros tienen fama,
Coquimbo, Mapachó, Cauquén y el río
de Maule y el de Ytata y Biobío.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



Vees la ciudad de Penco y el pujante
Arauco, estado libre y poderoso;
Cañete, la Imperial, y hacia el levante
la Villa Rica y el volcán fogoso;
Valdivia, Osorno, el lago y adelante
las islas y archipiélago famoso
y siguiendo la costa al sur derecho
Chiloé, Coronados y el estrecho

»por donde Magallanes con su gente
al Mar del Sur salió desembocando,
y tomando la vuelta del poniente
al Maluco guió noruesteando.
Vees las islas de Acaca y Zabú enfrente,
y a Matán, do murió al fin peleando;
Bruney, Bohol, Gilolo, Terrenate,
Machián, Mutir, Badán, Tidore y Mate.

Vees las manchas de tierras, tan cubiertas
que pueden ser apenas divisadas:
son las que nunca han sido descubiertas
ni de estranjeros pies jamás pisadas,
las cuales estarán siempre encubiertas
y de aquellos celajes ocupadas
hasta que Dios permita que parezcan
porque más sus secretos se engrandezcan.

Y como vees en forma verdadera
de la tierra la gran circunferencia,
pudieras entender, si tiempo hubiera,
de los celestes cuerpos la excelencia,
la máquina y concierto de la esfera,
la virtud de los astros y influencia,
varias revoluciones, movimientos
los cursos naturales y violentos.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



Mas aunque quiera yo de parte mía
dejarte más contento y satisfecho,
ha mucho rato que declina el día
y tienes hasta el sitio largo trecho».
Así, haciéndome el mago compañía
me trujo hasta ponerme en el derecho
camino, do encontré luego mi gente,
que me andaba a buscar confusamente.

Llegamos al asiento en punto cuando
entraban a la guardia los amigos,
donde gastamos tiempo, procurando
reducir a la paz los enemigos
unas veces por bien, acariciando;
otras por amenazas y castigos,
haciendo sin parar corredurías,
por los vecinos pueblos y alquerías.

Mas no bastando diligencia en esto
ni las promesas, medios y partidos,
que en su protervo intento y presupuesto
estaban siempre más endurecidos.
Vista, pues, la importancia de aquel puesto
por estar en la tierra más metidos,
con maduro consejo fue acordado
sustentar el lugar fortificado.

Y proveyendo al esperado daño
de algunos bastimentos que faltaban,
que aunque era fértil y abundante el año,
los campos en cogollo y berza estaban,
don Miguel de Velasco y Avendaño
con los que más a punto se hallaban,
haciéndoles yo escolta y compañía,
tomamos de Cautén la recta vía.



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CANTO XXVII
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La araucana segunda parte



Aunque con riesgo, sin contraste alguno
los peligrosos términos pasamos
y en tiempo aparejado y oportuno
a la Imperial ciudad salvos llegamos,
donde a los moradores de uno en uno
con palabras de amor los obligamos
no sólo a dar graciosa la comida
pero a ofrecer también hacienda y vida.

Así que alegres, sin rumor de guerra,
con pan, frutas, semillas y ganados,
dimos presto la vuelta por la tierra
de pacíficos indios y alterados;
y al descubrir de la purena sierra
hallamos una escolta de soldados,
digo de nuestra gente, que venía
a asegurar la peligrosa vía.

El sol ya derribado al ocidente
había en el mar los rayos zabullido
dando la noche alivio a nuestra gente
del cansancio y trabajo padecido,
pero al romper del alba, alertamente
se comenzó a marchar con gran ruido,
el cargado bagaje y el ganado
de todas las escuadras rodeado.

Iba yo en la avanguardia descubriendo
por medio de una espesa y gran quebrada,
cuando vi de través salir corriendo
una mujer, al parecer turbada;
yo tras ella los prestos pies batiendo,
luego de mi caballo fue alcanzada;
el que saber el fin desto desea,
atentamente el otro canto lea.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Cuenta Glaura sus desdichas y la causa de su venida. Asaltan
los araucanos a los españoles en la quebrada de Purén; pasa
entre ellos una recia batalla; saquean los enemigos el bagaje;
retíranse alegres, aunque desbaratados


Quien tiene libre y sosegada vida
le conviene vivir más recatado,
que siempre es peligrosa la caída
del que está del peligro descuidado;
y vemos muchas veces convertida
la alegre suerte en miserable estado,
en dura sujeción las libertades
y tras prosperidad adversidades.

Es Fortuna tan varia, es tan incierta,
ya que se muestre alguna vez amiga,
que no ha llamado el bien a nuestra puerta
cuando el mal dentro en casa nos fatiga;
y pues sabemos ya por cosa cierta,
que nunca hay bien a quien un mal no siga,
roguemos que no venga y si viniere,
que sea pequeño el mal que le siguiere.

Que yo, de acuchillado en esto, siento
que es de temer en parte la ventura;
el tiempo alegre pasa en un momento
y el triste hasta la muerte siempre dura;
y porque viene bien a nuestro cuento,
a la bárbara oíd, que en la espesura
alcancé, como os dije, que en su traje
mostraba ser persona de linaje.

Era mochacha grande, bien formada,
de frente alegre y ojos estremados,
nariz perfeta, boca colorada,
los dientes en coral fino engastados;
espaciosa de pecho y relevada,
hermosas manos, brazos bien sacados,
acrecentando más su hermosura
un natural donaire y apostura.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Yo, queriendo saber a qué venía
sola por aquel bosque y aspereza,
con más seguridad que prometía
su bello rostro y rara gentileza,
la aseguré del miedo que traía;
la cual, dando un sospiro que a terneza
al más rebelde corazón moviera,
comenzó su razón en tal manera:

«No sé si ya me queje desdichada
o agradezca a los hados y a mi suerte,
que me abren puerta y que me dan entrada
para que pueda recebir la muerte;
pero si ya la historia desastrada,
quieres saber y mi dolor, tan fuerte
que aun le agravia mi poco sentimiento,
te ruego que al proceso estés atento.

Mi nombre es Glaura, en fuerte hora nacida,
hija del buen cacique Quilacura,
de la sangre de Friso esclarecida,
rica de hacienda, pobre de ventura;
respetada de muchos y servida
por mi linaje y vana hermosura
mas, ¡ay de mí!, ¡cuánto mejor me fuera
ser una simple y pobre ganadera!

En casa de mi padre a mi contento,
como única heredera yo vivía,
que su felicidad y pensamiento,
en sólo darme gusto lo ponía.
Mi voluntad en todo y mandamiento
como inviolable ley se obedecía,
no habiendo de contento y gusto cosa
que fuese para mí dificultosa.

Mas presto el invidioso amor tirano,
turbador del sosiego, adredemente
trujo a mi tierra y casa a Fresolano,
mozo de fuerzas y ánimo valiente,
de mi infelice padre primo hermano
y mucho más amigo que pariente,
a quien la voluntad tenía rendida,
no habiendo entre los dos cosa partida.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Mi padre, como amigo aficionado,
que yo le regalase me mandaba
y así yo con llaneza y gran cuidado,
por hacerle placer, lo procuraba;
mas él, luego, el propósito estragado,
cuya fidelidad ya vacilaba,
corrompió la amistad, salió de tino,
echando por ilícito camino.

O fue el trato que tuvo allí conmigo
o por mejor decir, mi desventura,
que ésta sería más cierto, como digo,
que no la mal juzgada hermosura:
que ingrato al hospedaje del amigo,
del deudo y deuda haciendo poca cura,
me comenzó de amar y buscar medio
de dar a su cuidado algún remedio.

«Visto yo que por muestras y rodeo
muchas veces su pena descubría,
conocí que su intento y mal deseo
de los honestos límites salía
mas, ¡ay!, que en el que yo padezco, veo
lo que el mísero entonces padecía,
que a término he llegado al pie del palo
que aun no puedo decir mal de lo malo.

Hallábale mil veces sospirando
en mí los engañados ojos puestos;
otras andaba tímido tentando
entrada a sus osados presupuestos;
yo la ocasión dañosa desviando,
con gravedad y términos honestos
(que es lo que más refrena la osadía)
sus erradas quimeras deshacía.

Estando sola en mi aposento un día,
temerosa de algún atrevimiento,
ante mí de rodillas se ponía
con grande turbación y desatiento,
diciéndome temblando: -¡Oh Glaura mía!,
ya no basta razón ni sufrimiento,
ni de fuerza una mínima me queda
que a la del fuerte amor resistir pueda.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Tú, señora, sabrás que el día primero
de mi felice y próspera venida,
me trujo amor al término postrero
desta penosa y desdichada vida;
mas ya que por tu amor y causa muero
quiero saber si dello eres servida,
porque siéndolo tú, no sé yo cosa
que pueda para mí ser tan dichosa.

Viéndole al parecer determinado
a cualquiera violencia y desacato,
disimuladamente por un lado
salí dél, sin mostrar algún recato,
diciéndole de lejos: -¡Oh malvado,
incestuoso, desleal, ingrato,
corrompedor de la amistad jurada,
y ley de parentesco conservada!...

Iba estas y otras cosas yo diciendo
que el repentino enojo me mostraba,
cuando con priesa súbita y estruendo
un cristiano escuadrón nos salteaba,
que en cerrado tropel arremetiendo,
nuestra alta casa en torno rodeaba,
saltando Fresolano en mi presencia,
a la debida y justa resistencia

«diciendo: -¡Oh fiera tigre endurecida,
inhumana y cruel con los humanos!
Vuelve, acaba de ser tú la homicida,
no dejes que hacer a los cristianos,
vuelve, verás que acabo aquí la vida
pues no puedo a las tuyas, a sus manos;
que aunque no sea la muerte tan honrosa,
a lo menos será más piadosa.

Así furioso, sin mirar en nada
se arroja en medio de la armada gente,
donde luego una bala arrebatada
le atravesó el desnudo pecho ardiente;
cayó, ya la color y voz turbada,
diciendo: -¡Glaura, Glaura!, últimamente
recibe allá mi espíritu, cansado
de dar vida a este cuerpo desdichado.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Llegó mi padre en esto al gran ruido,
sólo armado de esfuerzo y confianza
mas luego en el costado fue herido
de una furiosa y atrevida lanza;
cayó el cuerpo mortal descolorido
y vista mi fortuna y malandanza,
por el postigo de una falsa puerta
salí a mi parecer, más que ellos muerta.

«Acá y allá turbada al fin por una
montaña comencé luego a emboscarme,
dejándome llevar de mi fortuna
que siempre me ha guiado a despeñarme;
así que, ya sin tino y senda alguna
procuraba, ¡cuitada!, de alejarme,
que con el gran temor me parecía
que yendo a más correr, no me movía.

Mas como suele acontecer contino,
que huyendo el peligro y mal presente
se suele ir a parar en un camino
que nos coge y anega la creciente,
así a mí, desdichada, pues, me avino
que por salvar la vida impertinente,
de un mal en otro mal, de lance en lance
vine a mayor peligro y mayor trance.

Iba, pues, siempre mísera corriendo
por espinas, por zarzas, por abrojos,
aquí y allí y acá y allá volviendo
a cada paso los atentos ojos,
cuando por unos árboles saliendo
vi dos negros cargados de despojos,
que luego en el instante que me vieron
a la mísera presa arremetieron.

Fui dellos prestamente despojada
de todo cuanto allí venía vestida,
aunque yo triste no estimaba en nada
el perder los vestidos y la vida;
pero el honor y castidad preciada
estuvo a punto ya de ser perdida,
mas mis voces y quejas fueron tantas
que a lástima y piedad movía las plantas.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Usó el cielo conmigo de clemencia
guiando a Cariolán a mis clamores,
que visto el acto inorme y la insolencia
de aquellos enemigos violadores,
corrió con provechosa diligencia,
diciendo: ¡Perros, bárbaros, traidores!
Dejad, dejad al punto la doncella
si no la vida dejaréis con ella.

Fueron sobre él los dos en continente
mas él, flechando el arco que traía,
al más adelantado y diligente
la flecha hasta las plumas le escondía.
Hízose atrás dos pasos diestramente
y al otro la segunda flecha envía
con brújula tan cierta y diestro tino,
que al bruto corazón halló el camino.

Cayó muerto, y el otro mal herido
cerró con él furioso y emperrado,
mas Cariolán, valiente y prevenido,
en el arte de la lucha ejercitado,
aunque el negro era grande y muy fornido,
de su destreza y fuerzas ayudado,
alzándole en los brazos hacia el cielo
le trabucó de espaldas en el suelo

y sacando una daga acicalada,
queriendo a hierro rematar la cuenta,
por el desnudo vientre y por la ijada,
tres veces la metió y sacó sangrienta.
Huyó por allí la alma acelerada
y libre Cariolán de aquella afrenta,
se vino para mí con gran crianza,
pidiéndome perdón de la tardanza.

Supo decir allí tantas razones
(haciendo amor conmigo así el oficio)
que medrosa de andar en opiniones,
que es ya dolencia de honra y ruin indicio,
por evitar al fin murmuraciones
y no mostrarme ingrata al beneficio
en tal sazón y tiempo recebido,
le tomé por mi guarda y mi marido.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Y temiendo que gente acudiría,
por el espeso monte nos metimos,
donde sin rastro ni señal de vía,
un gran rato perdidos anduvimos;
pero, señor, al declinar del día
a la ribera de Lauquén salimos
por do venía una escuadra de cristianos
con diez indios atrás presas las manos.

Descubriéronnos súbito en saliendo,
que en todo al fin nos perseguía la suerte,
sobre nosotros de tropel corriendo,
-¡Aguarda, aguarda!, ¡ten!, gritando fuerte.
Pero mi nuevo esposo allí temiendo
mucho más mi deshonra que su muerte,
me rogó que en el bosque me escondiese
mientras que él con morir los detuviese.

Luego el temor, a trastornar bastante
una flaca mujer inadvertida,
me persuadió poniéndome delante
la horrenda muerte y la estimada vida.
Así cobarde, tímida, inconstante,
a los primeros ímpetus rendida,
me entré, viéndolos cerca, a toda priesa,
por lo más agrio de la senda espesa.

Y en lo hueco de un tronco, que tejido
de zarzas y maleza en torno estaba,
me escondí sin aliento ni sentido,
que aun apenas de miedo resollaba;
de donde escuché luego un gran ruido
que el bosque cerca y lejos atronaba
de espadas, lanzas y tropel de gente
como que combatiesen fuertemente.

Fue poco a poco, al parecer, cesando
aquel rumor y grita que se oía,
cuando la obligación ya calentando
la sangre que el temor helado había,
revolví sobre mí, considerando
la maldad y tradición que cometía
en no correr con mi marido a una
un peligro, una muerte, una fortuna.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



»Salí de aquel lugar, que a Dios pluguiera
que en él quedara viva sepultada,
corriendo con presteza a la ribera
adonde le dejé desatinada;
mas cuando no vi rastro ni manera
de le poder hallar, sola y cuitada,
podrás ver qué sentí, pues era cierto
que no pudo escapar de preso o muerto.

Solté ya sin temor la voz en vano,
llamando al sordo cielo, injusto y crudo;
preguntaba: -¿Dó está mi Cariolano?
Y todo al responder lo hallaba mudo.
Ya entraba en la espesura, ya en lo llano
salía corriendo, que el dolor agudo,
en mis entrañas siempre más furioso,
no me daba momento de reposo.

No te quiero cansar ni lastimarme
en decirte las bascas que sentía;
no sabiendo qué hacer ni aconsejarme
frenética y furiosa discurría.
Muchas veces propuse de matarme
mas por torpeza y gran maldad tenía
que aquel dolor en mí tan poco obrase
que a quitarme la vida no bastase.

En tanta pena y confusión envuelta,
de contrarios y dudas combatida,
al cabo ya de le buscar resuelta
pues no daba el dolor fin a mi vida,
hacia el campo español he dado vuelta
de noche, y desde lejos escondida,
por el honor, que mal me le asegura
mi poca edad y mucha desventura.

Y teniendo noticia que esta gente
era la vuelta de Cautén pasada,
también que había de ser forzosamente
por este paso estrecho la tornada,
quise venir en traje diferente,
pensando que entre tantos, disfrazada,
alguna nueva o rastro hallaría
deste que la fortuna me desvía.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



¿Qué remedio me queda ya captiva,
sujeta al mando y voluntad ajena,
que para que mayor pena reciba,
aun la muerte no viene, porque es buena?
Pero aunque el cielo cruel quiera que viva
al fin me ha de acabar ya tanta pena,
bien que el estado en que me toma es fuerte
mas nadie escoge el tiempo de su muerte».

Así la bella joven lastimada
iba sus desventuras recontando,
cuando una gruesa bárbara emboscada
que estaba a los dos lados aguardando,
alzó al cielo una súbita algarada
las salidas y pasos ocupando,
creciendo indios así, que parecían
que de las yerbas bárbaros nacían.

Llegó al instante un yanacona mío,
ganado no había un mes, en buena guerra,
diciéndome: «Señor, échate al río,
que yo te salvaré, que sé la tierra;
que pensar resistir es desvarío
a la gente que cala de la sierra.
Bien puedes, ¡oh señor!, de mí fiarte,
que me verás morir por escaparte».

Yo, que al mancebo el rostro revolvía
a agradecer la oferta y buen deseo,
vi a Glaura que sin tiento arremetía
diciendo: «¡Oh justo Dios!, ¿qué es lo que veo?
¿Eres mi dulce esposo? ¡Ay, vida mía!
En mis brazos te tengo y no lo creo:
¿Qué es esto? ¿Estoy soñando o estoy despierta?
¡ Ay, que tan grande bien no es cosa cierta!»

Yo atónito de tal acaecimiento,
alegre tanto dél como admirado,
visto de Glaura el mísero lamento
en felice suceso rematado,
no habiendo allí lugar de cumplimiento
por ser revuelto el tiempo y limitado,
dije: «Amigos, a Dios; y lo que puedo,
que es daros libertad, yo os la concedo».



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Sin otro ofrecimiento ni promesa
piqué al caballo, que salió ligero,
pero aunque más los indios me den priesa,
quiero, Señor, que aquí sepáis primero
cómo a la entrada de la selva espesa
Cariolán vino a ser mi prisionero,
cuando medrosa de perder la vida
en el tronco quedó Glaura escondida.

Sabed, sacro Señor, que yo venía
con algunos amigos y soldados,
después de haber andado todo el día
en busca de enemigos desmandados;
mas ya que a nuestro asiento me volvía
con diez prisiones bárbaros atados,
a la entrada de un monte y fin de un llano
descubrimos muy cerca a Cariolano.

Corrió luego sobre él toda la gente
pensando que alas le prestara el miedo,
pero con gran desprecio y alta frente,
apercibiendo el arco estuvo quedo.
Llegando, pues, a tiro diestramente
hirió a Francisco Osorio y Acebedo,
arrancando una daga, desenvuelto
el largo manto al brazo ya revuelto.

Tanta fue la destreza, tanto el arte
del temerario bárbaro araucano,
que no fue el gran tropel de gente parte
a que dejase un sólo paso el llano;
que saltando de aquella y desta parte
todos los golpes hizo dar en vano,
unos hurtando el cuerpo desmentidos,
otras del manto y daga rebatidos.

Yo, que ver tal batalla no quisiera,
al animoso mozo aficionado,
en medio me lancé diciendo: «¡Afuera,
caballeros, afuera, haceos a un lado!,
que no es bien que el valiente mozo muera,
antes merece ser remunerado,
y darle así la muerte ya sería
no esfuerzo ni valor, mas villanía».



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Todos se detuvieron conociendo
cuán mal el acto infame les estaba;
sólo el indio no cesa, pareciendo
que de alargar la vida le pesaba.
Al fin la daga y paso recogiendo,
pues ya la cortesía le obligaba,
revuelto a mí me dijo: «¿Qué te importa
que sea mi vida larga o que sea corta?

Pero de mí será reconocida
la obra pía y voluntad humana:
pía por la intención, pero entendida
se puede decir impía y inhumana,
que a quien ha de vivir mísera vida
no le puede estar mal muerte temprana,
así que en no matarme, como digo,
cruel misericordia usas conmigo.

Mas porque no me digan que ya niego
haber de ti la vida recebido,
me pongo en tu poder y así me entrego
a mi fortuna mísera rendido».
Esto dicho la daga arrojó luego
doméstico el que indómito había sido,
quedando desde allí siempre conmigo
no en figura de siervo, mas de amigo.

Ya el ejercicio y belicoso estruendo
de las armas y voces resonaban.
Unos van en montón allá corriendo,
otros acá socorro demandaban.
Era la senda estrecha y no pudiendo
ir atrás ni adelante, reparaban
que el bagaje, la chusma y el ganado
tenía impedido el paso y ocupado.

Es el camino de Purén derecho
hacia la entrada y paso del Estado;
después va en forma oblica largo trecho
de dos ásperos cerros apretado,
y vienen a ceñirle en tanto estrecho
que apenas pueden ir dos lado a lado,
haciendo aun más angosta aquella vía
un arroyo que lleva en compañía.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Así a trechos en partes del camino
revueltos unos y otros voceando,
andaban en confuso remolino,
la tempestad de tiros reparando.
No basta de la pasta el temple fino,
grebas, petos, celadas abollando
la furia que zumbaba a la redonda
de galga, lanza, dardo, flecha y honda.

Unos al suelo van descalabrados
sin poder en las sillas sostenerse;
otros, cual rana o sapo, aporreados
no pueden aunque quieren removerse;
otros a gatas, otros derrengados,
arrastrando procuran acogerse
a algún reparo o hueco de la senda
que de aquel torbellino los defienda;

que en este paso estrecho el enemigo,
la gente y munición por orden puesta,
tenía a nuestros soldados, como digo,
de ventaja las piedras y la cuesta
donde puedo afirmar como testigo
que era la lluvia tan espesa y presta
de las piedras, que, cierto, parecía
que el cerro abajo en piezas se venía.

Como cuando se vee el airado cielo
de espesas nubes lóbregas cerrado
querer hundir y arruinar el suelo,
de rayos, piedra y tempestad cargado;
las aves mata en medio de su vuelo,
la gente, bestias fieras y ganado
buscan, corriendo acá y allá perdidas,
los reparos, defensas y guaridas,

así los españoles constreñidos
de aquel granizo y tempestad furiosa
buscan por todas partes mal heridos
algún árbol o peña cavernosa,
do reparados algo y defendidos
con la virtud antigua generosa,
cobrando nuevo esfuerzo y esperanza,
a la vitoria aspiran y venganza.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Y desde allí con la presteza usada
las apuntadas miras asestando,
les comienzan a dar una rociada,
muchos en poco tiempo derribando.
Ya por la áspera cuesta derrumbada
venían cuerpos y peñas volteando
con un furor terrible y tan estraño
que muertos aun hacían notable daño.

Así andaba la cosa entre tanto
que en esta estrecha plaza peleaban,
con no menor revuelta al otro canto
donde mayores voces resonaban.
Se habían los indios desmandado tanto
que ya el bagaje y cargas saqueaban,
haciendo grande riza y sacrificio
en la gente de guarda y de servicio.

Quién con carne, con pan, fruta o pescado
sube ligeramente a la alta cumbre;
quién de petaca o de fardel cargado
corre sin embarazo y pesadumbre.
Del alto y bajo, de uno y otro lado
al saco acude allí la muchedumbre,
cual banda de palomas al verano
suele acudir al derramado grano.

Viéndonos ya vencidos sin remedio
por la gran multitud que concurría,
procuré de tentar el postrer medio
que en nuestra vida y salvación había;
y así rompiendo súbito por medio
de la revuelta y empachada vía,
llegué do estaban hasta diez soldados
en un hueco del monte arrinconados,

diciéndoles el punto en que la guerra
andaba de ambas partes tan reñida
que, ganada la cumbre de la sierra,
la vitoria era nuestra conocida;
porque toda la gente de la tierra
andaba ya en el saco embebecida,
y sólo en ver así ganado el alto
los bastaba a vencer el sobresalto.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Luego, resueltos a morir de hecho,
todos los once juntos, de cuadrilla
los caballos lanzamos al repecho,
cada cual solevado alto en la silla;
y aunque el fragoso cerro era derecho,
por la tendida y áspera cuchilla
llegamos a la cumbre deseada,
de breña espesa y árboles poblada.

Saltamos a pie todos al momento,
que ya allí los caballos no prestaban,
que llenos de sudor, faltos de aliento,
no pudiendo moverse, ijadeaban;
donde sin dilación ni impedimento
al lado que los indios más cargaban,
en un derecho y gran derrumbadero,
nos pusimos a vista y caballero,

dándoles una carga de repente
de arcabuces y piedras, que os prometo
que aunque llevó de golpe mucha gente,
hizo el súbito miedo más efeto.
Y así remolinando torpemente,
les pareció, según el grande aprieto,
moverse en contra dellos cielo y tierra,
viendo por alto y bajo tanta guerra.

Luego con animosa confianza
en nuestra ayuda algunos arribaron
que, deseosos de áspera venganza,
el daño y miedo en ellos aumentaron
tanto que ya perdida la esperanza,
a retirarse algunos comenzaron
poniendo prestos pies en la huida,
remedio de escapar la ropa y vida.



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CANTO XXVIII
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La araucana segunda parte



Cuál por aquella parte, cuál por ésta,
cargado de fardel o saco guía;
cuál por lo más espeso de la cuesta
arrastrando el ganado se metía.
Cuál con hambre y codicia deshonesta
por sólo llevar más se detenía,
costando a más de diez allí la vida
la carga y la codicia desmedida.

Así la fiesta se acabó, quedando
saqueados en parte y vencedores
la vitoria y honor solennizando
con trompetas, clarines y atambores,
al rumor de las cuales caminando
con buena guardia y diestros corredores,
llegamos al real todos heridos
donde fuimos con salva recebidos.

Los bárbaros a un tiempo retirados
por un áspero risco y monte espeso
se fueron a gran paso, consolados
con el sabroso robo, del suceso;
y adonde estaba el General llegados,
(que sabido el desorden y el exceso
que rindió la vitoria al enemigo)
hizo de algunos ejemplar castigo.

Y habiendo en Talcamávida juntado
del destrozado campo el remanente,
a consultar las cosas del Estado
llamó a la principal y digna gente
donde, después de haber allí tratado
de lo más importante y conveniente,
les dijo libremente todo cuanto
podrá ver quien leyere el otro canto.



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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Entran los araucanos en nuevo consejo; tratan de quemar sus
haciendas. Pide Tucapel que se cumpla el campo que tiene aplazado
con Rengo; combaten los dos en estacado brava y animosamente


¡Oh, cuánta fuerza tiene!; ¡oh cuánto incita
el amor de la patria, pues hallamos
que en razón nos obliga y necesita
a que todo por él lo pospongamos!
Cualquier peligro y muerte facilita:
al padre, al hijo, a la mujer dejamos
cuando en trabajo a nuestra patria vemos,
y como a más parienta la acorremos.

Buen testimonio desto nos han sido
las hazañas de antiguos señaladas,
que por la cara patria han convertido
en sus mismas entrañas las espadas,
y su gloriosa fama han estendido
las plumas de escritores celebradas,
Mario, Casio, Filón, Cosdro Ateniense
Régulo, Agesilao y el Uticense.

Entrar, pues, en el número merece
esta araucana gente, que con tanta
muestra de su valor y ánimo ofrece
por la patria al cuchillo la garganta,
y en el firme propósito parece
que ni rigor de hado y toda cuanta
fuerza pone en sus golpes la fortuna
en los ánimos hace mella alguna.

Que habiendo en sólo tres meses perdido
cuatro grandes batallas de importancia,
no con ánimo triste ni abatido
mas con valor grandísimo y constancia
estaban, como atrás habéis oído,
en consejo de guerra, haciendo instancia
en darnos otro asalto; mas la mano
tomó diciendo así Caupolicano:



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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



«Conviene, ¡oh gran Senado religioso!,
que vencer o morir determinemos,
y en sólo nuestro brazo valeroso
como último remedio confiemos.
Las casas, ropa y mueble infrutuoso
que al descanso nos llaman, abrasemos,
que habiendo de morir, todo nos sobra
y todo con vencer después se cobra.

En necesario y justo que se entienda
la grande utilidad que desto viene:
que no es bien que haya asiento en la hacienda
cuando el honor aún su lugar no tiene,
ni es razón que soldado alguno atienda
a más de aquello que a vencer conviene
ni entibie las ardientes voluntades
el amor de las casas y heredades.

Así que en esta guerra tan reñida
quien pretende descanso, como digo,
piense que no hay más honra, hacienda y vida
de aquella que quitare al enemigo;
que a virtud del brazo conocida
será el rescate y verdadero amigo
pues no ha de haber partido ni concierto,
sino sólo matar o quedar muerto».

Oído allí por los caciques esto,
muchos suspensos sin hablar quedaron
y algunos dellos, con turbado gesto
enarcando las cejas, se miraron;
pero rompiendo aquel silencio puesto,
sobre ello un rato dieron y tomaron,
hallando en su favor tantas razones
que se llevó tras sí las opiniones.

Así el valiente Ongolmo, no esperando
que otro en tal ocasión le precediese,
aprueba a voces la demanda, instando
en que por obra luego se pusiese.
Siguió este parecer Purén, jurando
de no entrar en poblado hasta que viese
sin medio ni concierto, a fuerza pura,
su patria en libertad y paz segura.



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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Lincoya y Caniomangue, pues, no fueron
en jurar el decreto perezosos,
que aun más de lo posible prometieron,
según eran gallardos y animosos.
También Rengo y Gualemo se ofrecieron
y los demás caciques orgullosos,
Talcaguán, Lemolemo y Orompello:
hasta el buen Colocolo vino en ello.

Resueltos pues, en esto y decretado
según que aquí lo habemos referido,
Tucapelo, que a todo había callado
con gran sosiego y con atento oído,
después del alboroto sosegado
y aquel arduo negocio definido,
puesto en pie levantó la voz ardiente
que jamás hablar pudo blandamente,

diciendo: «Capitanes: yo el primero
en lo que el General propone vengo
por parecerme justo; y así quiero
que se abrase y asuele cuanto tengo;
en lo demás, al brazo me refiero,
que si un mes en su fuerza le sostengo,
pienso escoger después a mi contento
el mayor y mejor repartimiento.

Y si algún miserable no concede
lo que tan justamente le es pedido,
por enemigo de la patria quede
y del militar orden escluido:
que ya por nuestra parte no se puede
venir a ningún medio ni partido
sin dejar de perder, pues la contienda
es sobre nuestra libertad y hacienda.

Así que yo también determinado
de seguir vuestros votos y opiniones,
aunque parece en tiempo tan turbado
que muevo nuevas causas y quistiones,
del natural honor estimulado
y por otras legítimas razones
no puedo ya dejar por ningún arte
de echar del todo un gran negocio a parte.



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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Ya tendréis en memoria el desafío
que Rengo y yo tenemos aplazado;
asimismo el que tuve con su tío
que quiso más morir desesperado.
Viendo el gran deshonor y agravio mío
y cuánto a mi pesar se ha dilatado
quiero, sin esperar a más rodeo,
cumplir la obligación y mi deseo.

Que asaz gloria y honor Rengo ha ganado
entre todas las gentes, pues se trata
que conmigo ha de entrar en estacado
y así vanaglorioso lo dilata;
mas yo, de tanta dilación cansado,
pues que cada ocasión lo desbarata,
pido que nuestro campo se fenezca,
que no es bien que mi crédito padezca.

Pues ya Peteguelén, viejo imprudente,
con aparencia de ánimo engañosa,
a morir se arrojó entre tanta gente
por parecerle muerte más piadosa,
y así se me escapó mañosamente,
que fue puro temor y no otra cosa,
pues si ambición de gloria le moviera
de mi brazo la muerte pretendiera.

También Rengo, de industria, cauteloso,
anda en los enemigos muy metido,
buscando algún estorbo o modo honroso
que le escuse cumplir lo prometido,
y debajo de muestra de animoso
procura de quedar manco o tullido
y para combatir no habilitado,
glorioso con me haber desafiado».

Así hablaba el bárbaro arrogante,
cuando el airado Rengo, echando fuego,
sin guardar atención, se hizo adelante
diciendo: «La batalla quiero luego,
que ni tu muestra y fanfarrón semblante
me puede a mí causar desasosiego;
las armas lo dirán y no razones
que son de jatanciosos baladrones».



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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Arremetiera Tucapel, si en esto
Caupolicán, que a tiempo se previno,
con presta diligencia en medio puesto,
la voz no le atajara y el camino,
y con severa muestra y grave gesto
reprehendiendo el loco desatino,
por rematar entre ellos la porfía
concedió a Tucapel lo que pedía.

Pues el campo y el plazo señalado
que fue para de aquel en cuatro días,
nacieron en el pueblo alborozado
sobre el dudoso fin muchas porfías.
Quién apostaba ropa, quién ganado,
quién tierras de labor, quién granjerías;
algunos, que ganar no deseaban,
las usadas mujeres apostaban.

Cercaron una plaza de tablones
en un esento y descubierto llano,
donde los dos indómitos varones
armados combatiesen mano a mano,
publicando en pregón las condiciones
por el estilo y término araucano,
para que a todos manifiesto fuese
y ninguno inorancia pretendiese.

Llegado el plazo, al despuntar del día
con gran gozo de muchos esperado,
luego la bulliciosa compañía
comenzó a rodear el estacado.
Era tal el aprieto, que no había
árbol, pared, ventana ni tejado
de donde descubrirse algo pudiese
que cubierto de gente no estuviese.

El sol algo encendido y perezoso
apenas del oriente había salido,
cuando por una parte el animoso
Tucapel asomó con gran ruido;
por otra, pues, no menos orgulloso,
al mismo tiempo aparecer se vido
el fantástico Rengo muy gallardo,
ambos con fiera muestra y paso tardo.



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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Las robustas personas adornadas
de fuertes petos dobles relevados,
escarcelas, brazales y celadas,
hasta el empeine de los pies armados;
mazas cortas de acero barreadas
gruesos escudos de metal herrados,
y al lado izquierdo cada cual ceñido
un corvo y ancho alfanje guarnecido.

Tenía, Señor, la plaza a cada parte
puertas como palenque de torneo,
por las cuales el uno y otro Marte
entran en ancho círculo y rodeo.
Después que con vistoso y gentil arte
su término acabaron y paseo,
airoso cada cual quedó a su lado
dentro de la gran plaza y estacado.

Hecho por los padrinos el oficio,
cual se requiere en actos semejantes,
quitando todo escrúpulo y indicio
de ventaja y cautelas importantes,
cesó luego el estrépito y bullicio
en todos los atentos circunstantes,
oyendo el són de la trompeta en esto
que robó la color de más de un gesto.

Luego los dos famosos combatientes
que la tarda señal sólo atendían,
con bizarros y airosos continentes
en paso igual a combatir movían;
y descargando a un tiempo los valientes
brazos, de tales golpes se herían,
que estuvo cada cual por una pieza
sobre el pecho inclinada la cabeza.

Redoblan los segundos de manera
que aunque fueron pesados los primeros,
si tal reparo y prevención no hubiera,
no llegara el combate a los terceros,
¡Quién por estilo igual decir pudiera
el furor destos bárbaros guerreros,
viendo el valor del mundo en ellos junto
y la encendida cólera en su punto!



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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Fue de tal golpe Tucapel cargado
sobre el escudo en medio de la frente,
que quedó por un rato embelesado,
suspensos los sentidos y la mente.
Llegó Rengo con otro apresurado
pero salió el efeto diferente,
que el estruendo del golpe y dolor fiero
le despertó del sueño del primero.

Serpiente no se vio tan venenoso
defendiendo a los hijos en su nido,
como el airado bárbaro furioso,
más del honor que del dolor sentido;
así fuera de término rabioso,
de soberbia diabólica movido,
sobre el gallardo Rengo fue en un punto,
descargando la rabia y maza junto.

Salióle al fiero Rengo favorable
aquel furor y acelerado brío;
que la ferrada maza irreparable
el grueso estremo descargó en vacío;
fue el golpe, aunque furioso, tolerable,
quitándole la fuerza el desvarío,
que a cogerle de lleno, yo creyera
que con él el combate feneciera.

Mas aunque fue al soslayo, el araucano
se fue un poco al través desvaneciendo;
al fin puso en el suelo la una mano,
sostener la gran carga no pudiendo;
pero viendo el peligro no liviano,
sobre el fuerte contrario revolviendo,
con su desenvoltura y maza presta
le vuelve aun más pesada la respuesta.

Era cosa admirable la fiereza
de los dos en valor al mundo raros,
la providencia, el arte, la destreza,
las entradas, heridas y reparos;
tanto que temo ya de mi torpeza
no poder por sus términos contaros
la más reñida y singular batalla,
que en relación de bárbaros se halla.



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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Así el fiero combate igual andaba
y el golpear de un lado y de otro espeso,
que el más templado golpe no dejaba
de magullar la carne o romper hueso;
el aire cerca y lejos retumbaba
lleno de estruendo y de un aliento grueso,
que era tanto el rumor y batería
que un ejército grande parecía.

Dio el fuerte Rengo un golpe a Tucapelo,
batiéndole de suerte la celada,
que vio lleno de estrellas todo el suelo
y la cabeza le quedó atronada;
pero en sí vuelto, blasfemando al cielo,
con aquella pujanza aventajada
hirió tan presto a Rengo al desviarse
que no tuvo lugar de repararse.

Cayó el pesado golpe en descubierto,
cargando a Rengo tanto la cabeza
que todos le tuvieron ya por muerto
y estuvo adormecido una gran pieza;
mas del peligro y del dolor despierto
la abollada celada se endereza
y sobre Tucapel furioso aguija,
que la maza rompió por la manija.

Mas viéndole sin maza en esta guerra
(que en dos trozos saltó lejos quebrada),
la suya con desprecio arroja en tierra,
poniendo mano a la fornida espada;
en esto Tucapel otra vez cierra,
la suya fuera en alto levantada
mas Rengo, hurtando el cuerpo a la una mano,
hizo que descargase el golpe en vano.

Llegó el cuchillo al suelo y gran pedazo
aunque era duro, en él quedó enterrado,
y en este impedimento y embarazo
fue Tucapel herido por un lado
de suerte que el siniestro guardabrazo
con la carne al través cayó cortado,
y procurando segundar no pudo,
que vio calar el gran cuchillo agudo.



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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Debajo del escudo recogido
Rengo el desaforado golpe espera,
el cual fue en dos pedazos dividido
con la cresta de acero y la mollera.
El bárbaro quedó desvanecido
y por poco en el suelo se tendiera,
mas el esfuerzo raro y ardimiento
venció al grave dolor y desatiento.

No por esto medroso se retira
antes hacer cruda venganza piensa
y así lleno de rabia, ardiendo en ira
acrecentada por la nueva ofensa,
furioso de revés un golpe tira
con la estrema pujanza y fuerza inmensa,
que a no topar tan fuerte la armadura,
le dividiera en dos por la cintura.

Metióse tan adentro que no pudo
salir del enemigo ya vecino
por lo cual, arrojando el roto escudo,
valerse de los brazos le convino.
Tucapel, que robusto era y membrudo,
al mismo tiempo le salió al camino,
echándole los suyos de manera
que un grueso y duro roble deshiciera.

Pero topó con Rengo, que ninguno
le llevaba ventaja en la braveza:
de diez, de seis, de dos él era el uno
de más agilidad y fortaleza.
Llegados a las presas, cada uno
con viva fuerza y con igual destreza,
tientan y buscan de una y de otra parte
el modo de vencer la industria y arte.

Así que pecho a pecho forcejando
andaban con furioso movimiento,
tanto los duros brazos añudando
que apenas recebir pueden aliento,
y al arte nuevas fuerzas ayuntando,
aspira cada cual al vencimiento,
procurando por fuerza, como digo,
de poner en el suelo al enemigo.



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La araucana segunda parte



Era, cierto, espectáculo espantoso
verlos tan recia y duramente asidos,
llenos de sangre y de un sudor copioso
los rostros y los ojos encendidos;
el aliento ya grueso y presuroso,
el forcejar, gimir y los ronquidos
sin descansar un punto en todo el día
ni haber ventaja alguna o mejoría.

Mas Tucapel ardiendo en viva saña,
teniéndose por flojo y afrentado,
ara y revuelve toda la campaña,
cargando recio deste y de aquel lado.
Rengo con gran destreza y cauta maña,
recogido en su fuerza y reportado,
su opinión y propósito sostiene
y en igual esperanza se mantiene.

Viendo, pues, al contrario algo metido,
le quiso rebatir el pie derecho
mas Tucapel, a tiempo recogido,
lo suspende de tierra sobre el pecho,
y entre los duros músculos ceñido
le estremece, sacude y tiene estrecho
tanto, que con el recio apretamiento
no le deja tomar tierra ni aliento.

Creyendo de aquel modo, fácilmente
dar fin al hecho y rematar la guerra,
Rengo, que era destrísimo y valiente,
hizo con fuerza pie cobrando tierra,
y de rabiosa cólera impaciente
de un fuerte rodeón se desafierra,
llevándose en las manos apretado
cuanto en la dura presa había agarrado.

Fue Tucapel un rato descompuesto
dando al un lado y otro zancadillas,
y Rengo de la fuerza que había puesto
hincó en el suelo entrambas las rodillas.
Ambos corrieron a las armas presto,
rajando los escudos en astillas
con tempestad de golpes presurosos,
más fuertes que al principio y más furiosos.


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CANTO XXIX
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La araucana segunda parte



Estaban los presentes admirados
de aquel duro tesón y valentía,
viéndolos en mil partes ya llagados
y la sangre que el suelo humedecía;
los arneses y escudos destrozados
y que ningún partido y medio había
sino sólo quedar el uno muerto
aunque morir los dos era más cierto.

Dio Rengo a Tucapel una herida,
cogiéndole al soslayo la rodela
que, aunque de gruesos cercos guarnecida,
entró como si fuera blanda suela.
No quedó allí la espada detenida,
que gran parte cortó de la escarcela
y un doble zaragüel de ñudo grueso,
penetrando la carne hasta el hueso.

No se vio corazón tan sosegado
que no diese en el pecho algún latido
viendo la horrenda muestra y rostro airado
del impaciente bárbaro ofendido
que, el roto escudo lejos arrojado,
de un furor infernal ya poseído,
de suerte alzó la espada que yo os juro
que nadie allí pensó quedar seguro.

¡Guarte, Rengo, que baja, guarda, guarda,
con gran rigor y furia acelerada
el golpe de la mano más gallarda
que jamás gobernó bárbara espada!
Mas quien el fin deste combate aguarda
me perdone si dejo destroncada
la historia en este punto, porque creo
que así me esperará con más deseo.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE



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