La araucana tercera parte: 021

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CANTO XXX
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La araucana tercera parte

no con tan suelta voz y atrevimiento
que el más libre y osado no temiese,
y del menor edicto y mandamiento
cuanto una sola mínima excediese:
que era tanto el castigo y escarmiento
que no se vio jamás quien se atreviese
a reprobar el orden por él dado
según era temido y respetado.

Pero temiendo al fin como prudente
el revolver del hado incontrastable
y la poca obediencia de su gente,
viéndole ya en estado miserable,
que la buena fortuna fácilmente
lleva siempre tras sí la fe mudable
y un mal suceso y otro cada día
la más ardiente devoción resfría,

quiso, dando otro tiento a la fortuna,
que del todo con él se declarase,
y no dejar remedio y cosa alguna
que para su descargo no intentase.
Entre muchas, al fin, resuelto en una,
antes que su intención comunicase,
con la presteza y orden que convino
de municiones y armas se previno.

No dando, pues, lugar con la tardanza
a que el miedo el peligro examinase
y algún suceso y súbita mudanza
los ánimos del todo resfriase,
con animosa muestra y confianza
mandó que de la gente se aprestase
al tiempo y hora del silencio mudo,
el más copioso número que pudo.

Hizo una larga plática al Senado,
en la cual resolvió que convenía
dar el asalto al fuerte por el lado
de la posta de Ongolmo al mediodía,
que de cierto espión era avisado
cómo la gente que en defensa había,
demás de estar segura y descuidada,
era poca, bisoña y desarmada;



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