La araucana tercera parte: 028

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CANTO XXX
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La araucana tercera parte



Tenemos hoy la prueba aquí en la mano
de Rengo y Tucapel, que peleando
por sólo presunción y orgullo vano
como fieras se están despedazando;
y con protervia y ánimo inhumano
de llegarse a la muerte trabajando,
estaban ya los dos tan cerca della
cuanto lejos de justa su querella.

Digo que los combates, aunque usados,
por corrupción del tiempo introducidos,
son de todas las leyes condenados
y en razón militar no permitidos,
salvo en algunos casos reservados
que serán a su tiempo referidos,
materia a los soldados importante
según que lo veremos adelante.

Déjolo aquí indeciso, porque viendo
el brazo en alto a Tucapel alzado,
me culpo, me castigo y reprehendo
de haberle tanto tiempo así dejado;
pero a la historia y narración volviendo,
me oísteis ya gritar a Rengo airado,
que bajaba sobre él la fiera espada
por el gallardo brazo gobernada:

el cual viéndose junto, y que no pudo
huir del grave golpe la caída,
alzó con ambas manos el escudo,
la persona debajo recogida;
no se detuvo en él el filo agudo,
ni bastó la celada aunque fornida,
que todo lo cortó, y llegó a la frente
abriendo una abundante y roja fuente.

Quedó por grande rato adormecido
y en pie difícilmente se detuvo,
que, del recio dolor desvanecido,
fuera de acuerdo vacilando anduvo;
pero volviendo a tiempo en su sentido,
visto el último término en que estuvo,
de manera cerró con Tucapelo
que estuvo en punto de batirle al suelo.




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