La araucana tercera parte: 049

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CANTO XXXI
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La araucana tercera parte



Marinero jamás tan diligente
de entre la vedijosa bernia salta
cuando los gritos del piloto siente
y la borrasca súbita le asalta,
como nosotros, que ligeramente,
oyendo de Andresillo la voz alta,
de los toldos con ímpetu salimos
y a las vecinas armas acudimos.

Quién al usado peto arremetía,
quién encaja la gola y la celada
quién ensilla el caballo y quién salía
con arcabuz, con lanza o con espada;
fue en un punto la gruesa artillería
a las abiertas puertas asestada,
llenos de tiros mil, de mil maneras,
los traveses, cortinas y troneras.

Puesta en orden la plaza y encargado
según el puesto a cada cual su oficio,
el silencio importante encomendado
trabó las lenguas y aquietó el bullicio,
quedando aquel presidio tan callado,
que la gente extramuros de servicio,
visto el sosiego y gran quietud, juzgaba
que todo en igual sueño reposaba.

No fue Pran en el curso negligente,
pues apenas estábamos armados,
cuando los enemigos de repente
se descubrieron cerca por dos lados.
Venían tan escondida y sordamente,
bajas las armas y ellos inclinados,
que entraran, si la vista ya no fuera
más presta que el oído y más ligera.



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